Libertad de opinión y artículos de cachiporra
LA LIBERTAD ES un derecho universal basado en la facultad del ser humano de obrar responsablemente como mejor estime conveniente. Libertad y responsabilidad, pues, son dos atributos inseparables. No se puede ejercer ese derecho individual si no respetamos el derecho ajeno o si desde el punto de vista político o económico no se cumple con las leyes y reglas fundamentales para el normal funcionamiento del sistema. Libertad sin responsabilidad significa anarquía. Dejar librada a los designios del destino, del azar o de una mano invisible la conducta de los hombres, es tan utópico como creer en una sociedad que no necesite de leyes, de penas ni condenas.
Pero la libertad tiene sus propios límites y estos son cada vez más estrechos cuanto más específicas sean las acciones a ejecutar. Uno es libre de creer en lo que le plazca. La libertad de credo es pues, extraordinariamente amplia, pero mi derecho a viajar libremente está limitado por mis posibilidades físicas y económicas, por mis responsabilidades sociales y por las leyes que lo regulen.
Expresarnos sin impedimentos legales es también un derecho inalienable consagrado por la ley natural y por la jurisprudencia universal. Pero la libre exposición de ideas requiere que primero se pueda pensar con corrección y conocimiento. En este sentido y aunque en la historia del pensamiento humano ha habido numerosos locos egregios y algún que otro idiota ilustrado, el primer impedimento a la libertad de expresión es la falta de acceso a una educación adecuada. En la reciente reunión de Cartagena, Luis Barcia denunció: "Cuando los jóvenes no tienen acceso al potencial del idioma, tienen cercenada su libertad de expresión".
Es entonces a nosotros, los mayores, que nos toca tomar la pluma como en otros tiempos nuestros antepasados empuñaron el machete: para abrir la trocha allí donde el matorral impide el paso del progreso con justicia y libertad. Nadie, ningún ser humano mínimamente dotado debiera abstenerse de opinar. Sarmiento afirmaba que uno no debía considerar su vida realizada si no había criado un hijo, plantado un árbol o escrito un libro.
Lo de criar un hijo viene bien para una sociedad que acaricia y cuida más a una mascota que a un adolescente perdido en la turba del vicio. Un mercado cuya oferta criminal crea la compulsiva demanda de esa misma juventud ya consumida por el desamor y el abandono.
Sociedad que también desconoce la maravilla de ver brotar de las entrañas de la tierra ese retoño que con el tiempo florecerá rutilante en un guayacán vestido de abril.
Los grandes conglomerados editoriales hacen nacer libros como el mago saca palomas de la galera. Después de cada atracón comercial vomitan toda clase de textos, algunos francamente ilegibles. Escribir un libro es cosa seria, demasiado seria para dejárselo a los editores, particularmente a aquellos que se conforman con palabras de diez centavos la página e ideas de a real el ciento.
Leí por ahí que la literatura panameña adolece de retardo estilístico, que aquí se escribe como en el siglo XIX. Un aserto empalagado en el gusto mediático de la complaciente crítica vernácula. El periódico "El Atleta", publicado en 1912 y dirigido por Arnulfo Cano tenía por lema: "Si no sabéis censurar a los amigos y elogiar a los contrarios cuando lo merecen, romped la pluma". Tal vez tampoco han leído el estudio de la profesora Isabel Barragán de Turner y hayan resuelto tirar por la ventana esa época de oro para aclamar, en cambio, esta corriente plagiadora de la Historia, que a mi modo de ver se caracteriza precisamente -salvo escasas y honrosas excepciones- por no tener imaginación, ni personalidad, ni estilo.
Seamos sinceros, en nuestro parnaso actual muy pocos pueden competir con autores del ochocientos, aunque para ello se tenga que hacer morir nuevamente a Justo Arosemena, a Gil Colunge y a Amelia Denis de Icaza.
No me parece saludable para la literatura que todo bípedo deba escribir un libro. Simplemente opinemos con el sólo objeto de que nuestras ideas sean recogidas por algún muchacho inquieto y las convierta con fría contundencia en un argumento irrebatible.
Tampoco hacen falta leyes mordaza. Quienes se sirven de un código penal para regular la conciencia del que opina con responsabilidad, estarán gastando inútilmente tinta, tiempo y dinero. Quien use la ley para evitar una denuncia pública, estará fomentando la peor de las violencias, porque lo que no se puede decir con palabras se termina por explicar a los tiros. Y aquellos que en nombre de la libertad escriben sin poder sostener lo que dicen, no sólo estarán bien condenados por el escarnio público, sino que serán condecorados por sus colegas, con la secreta orden universal de la charlatanería.
No se engañen tampoco los funcionarios que suelen protegerse con las palabras ambiguas de la anfibología judicial. Porque para una revuelta popular no hace falta pedir permiso ni tampoco necesita estar amparada en la Constitución Nacional. Nuestros padres fundadores pelearon con la sentencia de muerte sobre sus cabezas y las leyes de las nuevas repúblicas fueron escritas con el filo de las espadas, y sus opiniones no se escribían con tinta, se pactaban con sangre.
¿Qué artículo del nuevo Código Penal le cabría hoy a Don Mariano Arosemena, periodista, editor y poeta, cuando desde su imprenta se soliviantaba el ánimo patriota en las vísperas de noviembre de 1821?
Pero la libertad tiene sus propios límites y estos son cada vez más estrechos cuanto más específicas sean las acciones a ejecutar. Uno es libre de creer en lo que le plazca. La libertad de credo es pues, extraordinariamente amplia, pero mi derecho a viajar libremente está limitado por mis posibilidades físicas y económicas, por mis responsabilidades sociales y por las leyes que lo regulen.
Expresarnos sin impedimentos legales es también un derecho inalienable consagrado por la ley natural y por la jurisprudencia universal. Pero la libre exposición de ideas requiere que primero se pueda pensar con corrección y conocimiento. En este sentido y aunque en la historia del pensamiento humano ha habido numerosos locos egregios y algún que otro idiota ilustrado, el primer impedimento a la libertad de expresión es la falta de acceso a una educación adecuada. En la reciente reunión de Cartagena, Luis Barcia denunció: "Cuando los jóvenes no tienen acceso al potencial del idioma, tienen cercenada su libertad de expresión".
Es entonces a nosotros, los mayores, que nos toca tomar la pluma como en otros tiempos nuestros antepasados empuñaron el machete: para abrir la trocha allí donde el matorral impide el paso del progreso con justicia y libertad. Nadie, ningún ser humano mínimamente dotado debiera abstenerse de opinar. Sarmiento afirmaba que uno no debía considerar su vida realizada si no había criado un hijo, plantado un árbol o escrito un libro.
Lo de criar un hijo viene bien para una sociedad que acaricia y cuida más a una mascota que a un adolescente perdido en la turba del vicio. Un mercado cuya oferta criminal crea la compulsiva demanda de esa misma juventud ya consumida por el desamor y el abandono.
Sociedad que también desconoce la maravilla de ver brotar de las entrañas de la tierra ese retoño que con el tiempo florecerá rutilante en un guayacán vestido de abril.
Los grandes conglomerados editoriales hacen nacer libros como el mago saca palomas de la galera. Después de cada atracón comercial vomitan toda clase de textos, algunos francamente ilegibles. Escribir un libro es cosa seria, demasiado seria para dejárselo a los editores, particularmente a aquellos que se conforman con palabras de diez centavos la página e ideas de a real el ciento.
Leí por ahí que la literatura panameña adolece de retardo estilístico, que aquí se escribe como en el siglo XIX. Un aserto empalagado en el gusto mediático de la complaciente crítica vernácula. El periódico "El Atleta", publicado en 1912 y dirigido por Arnulfo Cano tenía por lema: "Si no sabéis censurar a los amigos y elogiar a los contrarios cuando lo merecen, romped la pluma". Tal vez tampoco han leído el estudio de la profesora Isabel Barragán de Turner y hayan resuelto tirar por la ventana esa época de oro para aclamar, en cambio, esta corriente plagiadora de la Historia, que a mi modo de ver se caracteriza precisamente -salvo escasas y honrosas excepciones- por no tener imaginación, ni personalidad, ni estilo.
Seamos sinceros, en nuestro parnaso actual muy pocos pueden competir con autores del ochocientos, aunque para ello se tenga que hacer morir nuevamente a Justo Arosemena, a Gil Colunge y a Amelia Denis de Icaza.
No me parece saludable para la literatura que todo bípedo deba escribir un libro. Simplemente opinemos con el sólo objeto de que nuestras ideas sean recogidas por algún muchacho inquieto y las convierta con fría contundencia en un argumento irrebatible.
Tampoco hacen falta leyes mordaza. Quienes se sirven de un código penal para regular la conciencia del que opina con responsabilidad, estarán gastando inútilmente tinta, tiempo y dinero. Quien use la ley para evitar una denuncia pública, estará fomentando la peor de las violencias, porque lo que no se puede decir con palabras se termina por explicar a los tiros. Y aquellos que en nombre de la libertad escriben sin poder sostener lo que dicen, no sólo estarán bien condenados por el escarnio público, sino que serán condecorados por sus colegas, con la secreta orden universal de la charlatanería.
No se engañen tampoco los funcionarios que suelen protegerse con las palabras ambiguas de la anfibología judicial. Porque para una revuelta popular no hace falta pedir permiso ni tampoco necesita estar amparada en la Constitución Nacional. Nuestros padres fundadores pelearon con la sentencia de muerte sobre sus cabezas y las leyes de las nuevas repúblicas fueron escritas con el filo de las espadas, y sus opiniones no se escribían con tinta, se pactaban con sangre.
¿Qué artículo del nuevo Código Penal le cabría hoy a Don Mariano Arosemena, periodista, editor y poeta, cuando desde su imprenta se soliviantaba el ánimo patriota en las vísperas de noviembre de 1821?