Libertad y resentimiento
EN EL FANTÁSTICO mundo de la filosofía -apetecible para los hombres y mujeres que desean y quieren pensar de una manera distinta al vulgo, al común de los mortales- existe un escenario en donde respecto a los bienes de la vida: libertad, justicia, bien común, solidaridad humana, orden, debido proceso, la vida en sí, etc.- se debaten principios o ideas que son, fácilmente, ubicables en corrientes que expresan un determinismo, un pesimismo o un optimismo. Se trata del nivel propio de la ontología. En ese orden de ideas, precisa observar que el optimismo es, por esencia, generalmente reconciliador. El pesimista, cónsono con sus ¿predicados? adopta, por compromiso fundamental, una reticencia, una clara actitud de negación al creer.
Por otra parte, tenemos que ya D. José Ortega y Gasset definía el pesimismo filosófico como "una negación al saber" lo cual constituye por sí ya un acto de creencia o la adopción de una posición intelectual. Son, los pesimistas, en el buen decir del precitado filósofo español, auténticos "suicidas intelectuales". Para los deterministas, al decir de Peter E. Strawson en su obra Libertad y Resentimiento conceptos tales como obligación y responsabilidad social, moral o ética, etc., no tienen sentido ni razón alguna de ser. Es claro, dado que en un intento de comprender a los deterministas, habría que considerar que si "todo está ya determinado por un destino" y que de nada vale todo cuanto hagamos o digamos por cambiar ese destino, el resultado o el final siempre será el mismo. Luego, exigir obligaciones o cumplimientos morales, sociales, éticos, espirituales, carecen de sentido y de alcance entre los deterministas.
Sin embargo, aplicando lo anterior a nuestra realidad nacional, tenemos que esos deterministas son los que en el discurso social se enquistan para sembrar el desánimo, el desaliento, opacar ideas o pensamientos constructivos, plagados de sugerencias concretas. Los deterministas son pues, en mucha medida pesimistas y la línea de pensamiento que es común a ambas posiciones no es otra que la terquedad al cambio, a admitir el concepto de que sí le es al hombre dable cambiar ese "destino". Luego, entonces, si concluimos que el hombre está en condiciones de cambiar su entorno social, su medio, el escenario en que desarrolla "su vida" y que los gobiernos se encuentran en la obligante responsabilidad política de empujar ese cambio, de producirlo en beneficio de los gobernados, debemos admitir que todos estamos solidariamente obligados a generar el cambio.
No descartamos que en la población haya quienes no se encuentran en condiciones de producir cambio alguno, sobre todo los alienados y quienes viven en condiciones de pobreza extrema, los enfermos radicales, y también los mal intencionados -especie perversa de alienis juris- , entre otros y que están propensos a que se produzca el cambio que, enhorabuena, merecidamente los beneficie o puedan sacar provecho, alternativamente. Sin embargo, los que disponemos de salud, inteligencia, buenas intenciones, comprendemos desde una perspectiva optimista, divorciada del pesimismo filosófico e intelectual, que en el devenir de la cuestión nacional tenemos que impulsar mediante positivas ideas y nobles sugerencias todo cuanto beneficie a la sociedad panameña.
De manera tal que, en el discurso de la clase política, que es la que más se pronuncia respecto a los problemas nacionales, la libertad y el resentimiento son elementos que influyen en dicho discurso. Ejemplos permanentes de ello los advertimos a diario. Quienes manejan la tesis del resentimiento conjeturan el fracaso de las políticas de Estado y de Gobierno, aupando teorías vetustas y alimentando aporías que nada dicen del verdadero conflicto nacional. Por otra parte, los que nos posesionamos en el polo de la libertad, en no pocas ocasiones, cometemos el error de abusar de la misma para elaborar lo irrealizable, lo inasequible, lo inaccesible por demás que utópico. De manera tal que, para muestra un botón: ¿Qué sugieren los sectores obreros o quienes dicen representarlos en nuestro medio, frente a la crisis del Seguro Social? Críticas y más críticas, lloviendo sobre mojado.
El pueblo sabe lo que ha acontecido con el Seguro Social, del desgreño administrativo en pasadas direcciones y gobiernos; del uso arbitrario de sus fondos, etc.; sin embargo, nada se dice de las eventuales propuestas de solución, de reformas. El discurso se agota en la crítica por la crítica, en el argumento ab absurdum, y nos quedamos estacionados en la contemplación del problema, a veces hasta embelecidos sin reaccionar entre tanto la crisis se acentúa o agudiza. Lo mismo ocurre o puede ser predicado frente a otros tipos de problemas, v.gr. el de la administración de justicia; de la seguridad ciudadana; de la ampliación o no del Canal de Panamá; el tema relativo a los puertos nacionales; la alta ola de criminalidad juvenil; la desintegración familiar generada por la pobreza; el desempleo rampante que pulula en nuestra economía, etc.
Cuando la libertad se emplea para cometer desafueros, ésta pierde su esencia como tuteladora de los actos creativos de la inteligencia humana. Por otra parte, cuando el resentimiento amarra o encadena las ideas buenas y nobles que anidan en el corazón de los hombres, todo nos parece condenado al fracaso, y el pesimismo termina haciendo gala, tanto así que la mediocridad queda teniendo más prosélitos que los defensores de las libertades. En este último caso el genio termina siendo objeto del desprecio y la humillación.
(stekrakri@hotmail.com)
Por otra parte, tenemos que ya D. José Ortega y Gasset definía el pesimismo filosófico como "una negación al saber" lo cual constituye por sí ya un acto de creencia o la adopción de una posición intelectual. Son, los pesimistas, en el buen decir del precitado filósofo español, auténticos "suicidas intelectuales". Para los deterministas, al decir de Peter E. Strawson en su obra Libertad y Resentimiento conceptos tales como obligación y responsabilidad social, moral o ética, etc., no tienen sentido ni razón alguna de ser. Es claro, dado que en un intento de comprender a los deterministas, habría que considerar que si "todo está ya determinado por un destino" y que de nada vale todo cuanto hagamos o digamos por cambiar ese destino, el resultado o el final siempre será el mismo. Luego, exigir obligaciones o cumplimientos morales, sociales, éticos, espirituales, carecen de sentido y de alcance entre los deterministas.
Sin embargo, aplicando lo anterior a nuestra realidad nacional, tenemos que esos deterministas son los que en el discurso social se enquistan para sembrar el desánimo, el desaliento, opacar ideas o pensamientos constructivos, plagados de sugerencias concretas. Los deterministas son pues, en mucha medida pesimistas y la línea de pensamiento que es común a ambas posiciones no es otra que la terquedad al cambio, a admitir el concepto de que sí le es al hombre dable cambiar ese "destino". Luego, entonces, si concluimos que el hombre está en condiciones de cambiar su entorno social, su medio, el escenario en que desarrolla "su vida" y que los gobiernos se encuentran en la obligante responsabilidad política de empujar ese cambio, de producirlo en beneficio de los gobernados, debemos admitir que todos estamos solidariamente obligados a generar el cambio.
No descartamos que en la población haya quienes no se encuentran en condiciones de producir cambio alguno, sobre todo los alienados y quienes viven en condiciones de pobreza extrema, los enfermos radicales, y también los mal intencionados -especie perversa de alienis juris- , entre otros y que están propensos a que se produzca el cambio que, enhorabuena, merecidamente los beneficie o puedan sacar provecho, alternativamente. Sin embargo, los que disponemos de salud, inteligencia, buenas intenciones, comprendemos desde una perspectiva optimista, divorciada del pesimismo filosófico e intelectual, que en el devenir de la cuestión nacional tenemos que impulsar mediante positivas ideas y nobles sugerencias todo cuanto beneficie a la sociedad panameña.
De manera tal que, en el discurso de la clase política, que es la que más se pronuncia respecto a los problemas nacionales, la libertad y el resentimiento son elementos que influyen en dicho discurso. Ejemplos permanentes de ello los advertimos a diario. Quienes manejan la tesis del resentimiento conjeturan el fracaso de las políticas de Estado y de Gobierno, aupando teorías vetustas y alimentando aporías que nada dicen del verdadero conflicto nacional. Por otra parte, los que nos posesionamos en el polo de la libertad, en no pocas ocasiones, cometemos el error de abusar de la misma para elaborar lo irrealizable, lo inasequible, lo inaccesible por demás que utópico. De manera tal que, para muestra un botón: ¿Qué sugieren los sectores obreros o quienes dicen representarlos en nuestro medio, frente a la crisis del Seguro Social? Críticas y más críticas, lloviendo sobre mojado.
El pueblo sabe lo que ha acontecido con el Seguro Social, del desgreño administrativo en pasadas direcciones y gobiernos; del uso arbitrario de sus fondos, etc.; sin embargo, nada se dice de las eventuales propuestas de solución, de reformas. El discurso se agota en la crítica por la crítica, en el argumento ab absurdum, y nos quedamos estacionados en la contemplación del problema, a veces hasta embelecidos sin reaccionar entre tanto la crisis se acentúa o agudiza. Lo mismo ocurre o puede ser predicado frente a otros tipos de problemas, v.gr. el de la administración de justicia; de la seguridad ciudadana; de la ampliación o no del Canal de Panamá; el tema relativo a los puertos nacionales; la alta ola de criminalidad juvenil; la desintegración familiar generada por la pobreza; el desempleo rampante que pulula en nuestra economía, etc.
Cuando la libertad se emplea para cometer desafueros, ésta pierde su esencia como tuteladora de los actos creativos de la inteligencia humana. Por otra parte, cuando el resentimiento amarra o encadena las ideas buenas y nobles que anidan en el corazón de los hombres, todo nos parece condenado al fracaso, y el pesimismo termina haciendo gala, tanto así que la mediocridad queda teniendo más prosélitos que los defensores de las libertades. En este último caso el genio termina siendo objeto del desprecio y la humillación.
(stekrakri@hotmail.com)