Libia: inmunidad a bajo precio
El pasado 11 de agosto, el coronel libio Muanmar Gadafi aceptó el pago de una indemnización de 2,700 millones de dólares a las familias de las 270 víctimas del atentado de Lockerbie. Así, Libia reconocía su responsabilidad en la masacre que el 21 de diciembre de 1988 provocó la explosión en pleno vuelo del Boeing 747 de la Pan Am. El compromiso firmado con Inglaterra y Estados Unidos (EU) para el pago de las reparaciones supone el inicio del levantamiento de las sanciones internacionales (establecidas contra Libia en 1992) y el principio del fin de su asilamiento internacional. A través de esta nueva maniobra, Gadafi no sólo se garantiza cierta inmunidad sino que además consigue devolver a la primera plana internacional a un país aislado y olvidado y completa su estrategia, iniciada en 2000, para cambiar el "rol" de la política exterior libia. Desde entonces, tanto Gadafi como su hijo Saïf al-Islam han mediado ante organizaciones radicales (como el filipino Frente Moro de Liberación o los argelinos del Frente Salafista de Liberación y Combate) para solucionar distintos casos de secuestros de turistas occidentales.
Independiente desde 1951, el país norteafricano ha sido dirigido por el coronel Gadafi desde el golpe de Estado de 1969. Situado en el norte de África, dentro de una de las zonas más áridas del desierto del Sahara, Libia es un país con ciertas peculiaridades sociales y económicas. Según Naciones Unidas, su esperanza de vida es de 71 años y la tasa de alfabetización superior al 80%. Pero su verdadera riqueza se encuentra en el petróleo. Miembro de la Organización de Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP), su producción supera el 1,320,000 barriles al día y el coste de extracción es uno de los más baratos del mundo. A pesar de esta ingente fuente de riqueza y del tímido giro económico que el gobierno ha dado en los últimos años, décadas de totalitarismo socialista han tenido graves consecuencias. Una economía dependiente del petróleo (de los $11,187 millones que Libia ingresó el pasado año por exportaciones 10,880 provenían de la venta de crudo) e incapaz de diversificarse ha empeorado aún más las situación y el desempleo alcanza ya el 30 %. Por otro lado, a la ausencia total de libertades se une el problema de la inmigración masiva: Libia es un país de poco más de 5 millones de habitantes que conviven con más de un millón de inmigrantes, en su mayoría africanos.
Sin embargo, si por algo es conocida Libia es por su agresiva política internacional y su apoyo al terrorismo. En su habitual estrategia de magnificación del enemigo, el Departamento de Estados de los EU consideró durante años a Gadafi como la amenaza mundial. Sin embargo, el coronel libio se empeñaba en ajustarse al perfil. Al patrocinio reconocido a las actividades terroristas de la Irish Republican Army (IRA)y de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se suma una política colonial en África. Su historial es aterrador: apoyó a una de las facciones en la guerra civil en Chad- principios de los ochenta- y estableció después una presencia militar masiva en el territorio del país vecino; subvencionó y ayudó a Charles Taylor durante su guerra contra Samuel Doe; financió a los rebeldes del RUF en Sierra Leona; patrocinó a diversos grupos criminales en la República Democrática del Congo y organizó y dio soporte logístico a varias tentativas de golpe de Estado en la República Centroafricana. Y todo esto sin olvidar su participación en la guerra civil de Sudán y su presencia militar en otros países africanos.
La política interior no es menos agresiva. Desde los inicios del régimen se ha ido construyendo una sólida red de represión física e intelectual. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en su último informe, publicado en febrero de este año, denuncia toda clase de violaciones de los derechos básicos: arrestos arbitrarios, pena de muerte, juicios sin garantías, encarcelamientos sin juicios, tortura, castigos colectivos e incluso secuestros y asesinatos de opositores en el extranjero. La liberación, a finales de agosto de 2002, de algunos presos de conciencia no esconde la existencia, aún, de cientos de presos políticos. Además, el gobierno controla cualquier forma de expresión y aplica la censura sobre todos los medios de comunicación.
Cuesta entender el acuerdo al que se ha llegado con Gadafi (a la espera de ser ratificado por una resolución el Consejo de Seguridad de la ONU). La suma acordada para cada víctima es de $10 millones, cuyo pago se dará al tiempo que Libia se integra en la sociedad internacional: cuatro millones de dólares cuando se dé el levantamiento de las sanciones de la ONU contra Libia, otros cuatro millones cuando EU ponga fin a su bloqueo y los dos millones restantes una vez que el país haya sido borrado de la lista estadounidense de países que apoyan el terrorismo. El precedente que crea este acuerdo es peligroso. Como afirma el diario francés Le Monde: "de esta manera, con la colaboración de unos abogados muy bien remunerados, un estado puede deshacerse de sus responsabilidades criminales reconociendo sólo su responsabilidad civil".
El proceso es perfectamente lógico. Incluso durante el período de aislamiento, Libia ha sido uno de los principales distribuidores de petróleo en Europa. Numerosas empresas europeas y norteamericanas (sobre todo, el emporio texano Oasis Consortium) luchan por el control de los recursos: unas reservas estimadas de 36,000 millones de barriles están en juego. Poco importa un pasado criminal y la continua violación de derechos humanos.
*Agencia de Información Solidaria
(brot32@yahoo.es)
Independiente desde 1951, el país norteafricano ha sido dirigido por el coronel Gadafi desde el golpe de Estado de 1969. Situado en el norte de África, dentro de una de las zonas más áridas del desierto del Sahara, Libia es un país con ciertas peculiaridades sociales y económicas. Según Naciones Unidas, su esperanza de vida es de 71 años y la tasa de alfabetización superior al 80%. Pero su verdadera riqueza se encuentra en el petróleo. Miembro de la Organización de Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP), su producción supera el 1,320,000 barriles al día y el coste de extracción es uno de los más baratos del mundo. A pesar de esta ingente fuente de riqueza y del tímido giro económico que el gobierno ha dado en los últimos años, décadas de totalitarismo socialista han tenido graves consecuencias. Una economía dependiente del petróleo (de los $11,187 millones que Libia ingresó el pasado año por exportaciones 10,880 provenían de la venta de crudo) e incapaz de diversificarse ha empeorado aún más las situación y el desempleo alcanza ya el 30 %. Por otro lado, a la ausencia total de libertades se une el problema de la inmigración masiva: Libia es un país de poco más de 5 millones de habitantes que conviven con más de un millón de inmigrantes, en su mayoría africanos.
Sin embargo, si por algo es conocida Libia es por su agresiva política internacional y su apoyo al terrorismo. En su habitual estrategia de magnificación del enemigo, el Departamento de Estados de los EU consideró durante años a Gadafi como la amenaza mundial. Sin embargo, el coronel libio se empeñaba en ajustarse al perfil. Al patrocinio reconocido a las actividades terroristas de la Irish Republican Army (IRA)y de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se suma una política colonial en África. Su historial es aterrador: apoyó a una de las facciones en la guerra civil en Chad- principios de los ochenta- y estableció después una presencia militar masiva en el territorio del país vecino; subvencionó y ayudó a Charles Taylor durante su guerra contra Samuel Doe; financió a los rebeldes del RUF en Sierra Leona; patrocinó a diversos grupos criminales en la República Democrática del Congo y organizó y dio soporte logístico a varias tentativas de golpe de Estado en la República Centroafricana. Y todo esto sin olvidar su participación en la guerra civil de Sudán y su presencia militar en otros países africanos.
La política interior no es menos agresiva. Desde los inicios del régimen se ha ido construyendo una sólida red de represión física e intelectual. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en su último informe, publicado en febrero de este año, denuncia toda clase de violaciones de los derechos básicos: arrestos arbitrarios, pena de muerte, juicios sin garantías, encarcelamientos sin juicios, tortura, castigos colectivos e incluso secuestros y asesinatos de opositores en el extranjero. La liberación, a finales de agosto de 2002, de algunos presos de conciencia no esconde la existencia, aún, de cientos de presos políticos. Además, el gobierno controla cualquier forma de expresión y aplica la censura sobre todos los medios de comunicación.
Cuesta entender el acuerdo al que se ha llegado con Gadafi (a la espera de ser ratificado por una resolución el Consejo de Seguridad de la ONU). La suma acordada para cada víctima es de $10 millones, cuyo pago se dará al tiempo que Libia se integra en la sociedad internacional: cuatro millones de dólares cuando se dé el levantamiento de las sanciones de la ONU contra Libia, otros cuatro millones cuando EU ponga fin a su bloqueo y los dos millones restantes una vez que el país haya sido borrado de la lista estadounidense de países que apoyan el terrorismo. El precedente que crea este acuerdo es peligroso. Como afirma el diario francés Le Monde: "de esta manera, con la colaboración de unos abogados muy bien remunerados, un estado puede deshacerse de sus responsabilidades criminales reconociendo sólo su responsabilidad civil".
El proceso es perfectamente lógico. Incluso durante el período de aislamiento, Libia ha sido uno de los principales distribuidores de petróleo en Europa. Numerosas empresas europeas y norteamericanas (sobre todo, el emporio texano Oasis Consortium) luchan por el control de los recursos: unas reservas estimadas de 36,000 millones de barriles están en juego. Poco importa un pasado criminal y la continua violación de derechos humanos.
*Agencia de Información Solidaria
(brot32@yahoo.es)