Linda Watt y Panamá
Uno de los valores fundamentales de todo ser humano es el conjunto de habilidades y conocimientos de que dispone para resolver problemas. Nuestra vida está rodeada de muchas situaciones alrededor de nuestro trabajo cotidiano, la familia y las relaciones personales de toda índole. En cada lugar debemos tomar iniciativas, resolver situaciones y enseñar a los demás a trabajar, a crear una mejor convivencia y a llevar una vida mejor. Aquel que tiene más elementos a su alcance, está en condiciones de cumplir con esta tarea de manera eficaz, pues este valor no consiste en acumular conocimientos para ser un erudito, sino para servir.
En el caso de la señora Linda Watt, Embajadora de los Estados Unidos, ocasionalmente encontramos a personas con la habilidad de obtener conclusiones casi instantáneamente, teniendo una respuesta y explicación para cualquier asunto, en fin, como si todo lo supieran. El asombro es más grande cuando aparece opinando sobre la administración pública y de temas que existen a nivel de percepción en un país que no es el propio y cuyo objetivo de su estancia en Panamá es representar al suyo ante el nuestro en asuntos diplomáticos. Sin antes advertir las repercusiones que pueda desencadenar su discurso sobre cultura democrática dentro y fuera de nuestro país. Además, asumió un derecho no contemplado en nuestra Constitución. Y aún así, debe evitar hacer comentarios sobre nuestros asuntos internos. Sin quitarle mérito a sus aptitudes personales, lo fundamental es la capacidad de relacionar hechos, conocimientos y experiencias para tener un criterio bien formado y criticar de manera oportuna y acertada.
Esto nos pasa por nuestra incapacidad. Nos convertimos en dependientes de las circunstancias, de las personas y de países potenciales, en la búsqueda de culpables y eludiendo responsabilidades.
No es mi intención analizar el discurso, pero me gustaría preguntarle a la diplomática, cómo hace su país para resolver sus problemas internos y los de su política exterior. Le recuerdo a la señora Watt, que aún hoy continúan los esfuerzos por hacer realidad lo que se acordó en el mes de mayo del año 2001, fecha en la que se llevó a cabo el II Foro Global de la Lucha contra la Corrupción por Salvaguardar la Integridad, en La Haya, Holanda. Aquí se dieron cita miles de representantes de gobiernos, organizaciones internacionales y delegados de la sociedad civil de 190 países; casi todos los países del mundo unidos para combatir la corrupción, lo que indica que el tema es un mal que aqueja a muchos.
Hasta ahora parece que la conferencia de La Haya quedará como una más de las celebradas sobre la lucha contra la corrupción. Ningún país está protegido de este mal que no respeta a ninguna nación por grande o pequeña que sea, que según Transparencia Internacional (TI) hay dos culpables: las élites políticas corruptas y los empresarios e inversionistas corruptos.
Debo aceptar que me es doloroso reconocer como ciudadana panameña muchos de los acontecimientos actuales señalados por la señora embajadora y, mucho más doloroso son las repercusiones que tienen para nuestra sociedad y la familia en concreto. ¿Por qué ahora se habla de falta de liderazgo, corrupción, inseguridad jurídica, etc.? Podríamos llenar de ejemplos y la conclusión sería la misma. Es necesario observar y analizar más... para comprender y reconocer mejor lo que sucede en Panamá y en el mundo, para dejar de pensar que todo es obra de la casualidad o producto del empeño de unos cuantos. El valor de observar, analizar, comprender, reconocer y rectificar nos convierte en personas con herramientas para avanzar en la vida y para ser mejores ciudadanos. Debemos preocuparnos por profundizar. Cuando no estamos humana y profesionalmente preparados, somos incapaces de prevenir y resolver problemas.
Sabemos que las injusticias provocadas por la corrupción ponen en juego la credibilidad de un gobierno, de la autoridad política que tiene a su cargo una nación, por lo que genera la ingobernabilidad de un país y ocasiona problemas sociales como la delincuencia.
Por lo que es preciso que la sociedad asegure la justicia social y se proteja la integridad no solo al atender los desórdenes políticos y económicos sino los sociales.
Así que todas las personas somos responsables del engaño, del error, del abuso. Y el fundamento para luchar por ello es el respeto a la dignidad de las personas.
No me identifico necesariamente con lo que dijo y como interpreta la señora embajadora nuestros errores, pero lo juzgo de interés, precisamente para reflexionar sobre lo que pasa y cómo habrá que afrontar los viejos y nuevos fenómenos que van apareciendo en nuestra historia ¿Es preciso lamentarnos o regocijarnos? Hay que verle el lado positivo al asunto. Estar a favor de una cultura democrática es cosa de toda persona honesta.
Es hora de pedir con claridad, coherencia en las diversas esferas de la actuación pública. Coherencia -se entiende- con el bien objetivo y cierto, no con lo consensuado pero ciertamente injusto. Además, la coherencia es un valor siempre y cuando esté referida a un valor real, no a impresiones, percepciones, sentimientos informales o, debido a un propósito real y definido de una diplomática recién llegada a nuestro país.
En el caso de la señora Linda Watt, Embajadora de los Estados Unidos, ocasionalmente encontramos a personas con la habilidad de obtener conclusiones casi instantáneamente, teniendo una respuesta y explicación para cualquier asunto, en fin, como si todo lo supieran. El asombro es más grande cuando aparece opinando sobre la administración pública y de temas que existen a nivel de percepción en un país que no es el propio y cuyo objetivo de su estancia en Panamá es representar al suyo ante el nuestro en asuntos diplomáticos. Sin antes advertir las repercusiones que pueda desencadenar su discurso sobre cultura democrática dentro y fuera de nuestro país. Además, asumió un derecho no contemplado en nuestra Constitución. Y aún así, debe evitar hacer comentarios sobre nuestros asuntos internos. Sin quitarle mérito a sus aptitudes personales, lo fundamental es la capacidad de relacionar hechos, conocimientos y experiencias para tener un criterio bien formado y criticar de manera oportuna y acertada.
Esto nos pasa por nuestra incapacidad. Nos convertimos en dependientes de las circunstancias, de las personas y de países potenciales, en la búsqueda de culpables y eludiendo responsabilidades.
No es mi intención analizar el discurso, pero me gustaría preguntarle a la diplomática, cómo hace su país para resolver sus problemas internos y los de su política exterior. Le recuerdo a la señora Watt, que aún hoy continúan los esfuerzos por hacer realidad lo que se acordó en el mes de mayo del año 2001, fecha en la que se llevó a cabo el II Foro Global de la Lucha contra la Corrupción por Salvaguardar la Integridad, en La Haya, Holanda. Aquí se dieron cita miles de representantes de gobiernos, organizaciones internacionales y delegados de la sociedad civil de 190 países; casi todos los países del mundo unidos para combatir la corrupción, lo que indica que el tema es un mal que aqueja a muchos.
Hasta ahora parece que la conferencia de La Haya quedará como una más de las celebradas sobre la lucha contra la corrupción. Ningún país está protegido de este mal que no respeta a ninguna nación por grande o pequeña que sea, que según Transparencia Internacional (TI) hay dos culpables: las élites políticas corruptas y los empresarios e inversionistas corruptos.
Debo aceptar que me es doloroso reconocer como ciudadana panameña muchos de los acontecimientos actuales señalados por la señora embajadora y, mucho más doloroso son las repercusiones que tienen para nuestra sociedad y la familia en concreto. ¿Por qué ahora se habla de falta de liderazgo, corrupción, inseguridad jurídica, etc.? Podríamos llenar de ejemplos y la conclusión sería la misma. Es necesario observar y analizar más... para comprender y reconocer mejor lo que sucede en Panamá y en el mundo, para dejar de pensar que todo es obra de la casualidad o producto del empeño de unos cuantos. El valor de observar, analizar, comprender, reconocer y rectificar nos convierte en personas con herramientas para avanzar en la vida y para ser mejores ciudadanos. Debemos preocuparnos por profundizar. Cuando no estamos humana y profesionalmente preparados, somos incapaces de prevenir y resolver problemas.
Sabemos que las injusticias provocadas por la corrupción ponen en juego la credibilidad de un gobierno, de la autoridad política que tiene a su cargo una nación, por lo que genera la ingobernabilidad de un país y ocasiona problemas sociales como la delincuencia.
Por lo que es preciso que la sociedad asegure la justicia social y se proteja la integridad no solo al atender los desórdenes políticos y económicos sino los sociales.
Así que todas las personas somos responsables del engaño, del error, del abuso. Y el fundamento para luchar por ello es el respeto a la dignidad de las personas.
No me identifico necesariamente con lo que dijo y como interpreta la señora embajadora nuestros errores, pero lo juzgo de interés, precisamente para reflexionar sobre lo que pasa y cómo habrá que afrontar los viejos y nuevos fenómenos que van apareciendo en nuestra historia ¿Es preciso lamentarnos o regocijarnos? Hay que verle el lado positivo al asunto. Estar a favor de una cultura democrática es cosa de toda persona honesta.
Es hora de pedir con claridad, coherencia en las diversas esferas de la actuación pública. Coherencia -se entiende- con el bien objetivo y cierto, no con lo consensuado pero ciertamente injusto. Además, la coherencia es un valor siempre y cuando esté referida a un valor real, no a impresiones, percepciones, sentimientos informales o, debido a un propósito real y definido de una diplomática recién llegada a nuestro país.