Llega el Papa a Cuba
Para la tarde de hoy está previsto el arribo del Papa Juan Pablo II a La Habana, Cuba, donde será recibido por el presidente cubano, Fidel Castro, como inicio de una histórica visita, la primera que hace a la isla titular alguno del Vaticano desde la toma violenta del poder por el dirigente cubano en enero de 1959.
La gira ha despertado tremendas expectativas en el mundo, ante la posibilidad que la misma pueda repercutir favorablemente en las rotas relaciones comerciales y diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.
Hasta la fecha, sucesivos gobiernos norteamericanos no han introducido variante alguna a su política de abierta hostilidad hacia el régimen castrista, caracterizada por un riguroso bloqueo económico que se intentó extender por la fuerza a terceros países que comercian con la isla.
En un inicio, tal política pareció explicarse como parte de una estrategia de aislamiento del comunismo en la época más cruda de la Guerra Fría. Pero el Muro de Berlín tiene más de ocho años de haber sido demolido; y los vientos de renovación democrática acabaron barriendo todo cuanto quedaba de la antigua órbita soviética.
De ese modo, el antiguo papel de Cuba como punta de lanza del comunismo en América ha perdido su razón de ser; y ahora sin el respaldo de su padrino soviético, no representa ningún peligro, debiendo dedicar todas sus fuerzas y energías a la propia sobrevivencia en un mundo en que hasta las otrora revolucionarias China y Viet Nam se están integrando a las nuevas reglas de la globalización y liberalización económica.
Nada sustenta pues la insistencia norteamericana en el bloqueo, cuando la isla es cada vez más abierta tanto interna como externamente. Al fin y al cabo, Castro y su régimen son pasajeros, pero Cuba y su pueblo no. Para bien o para mal está enclavada en el corazón del Caribe y a 12 millas de Estados Unidos. Tan sólo esta consideración debiera conducir a la revisión de una política que no ha rendido más frutos que el resentimiento.
En ese contexto, la visita del Papa busca sacudir el status quo tanto en Cuba como en Estados Unidos. El mundo y América no se pueden permitir, en un mundo unipolar, más relaciones fundadas en el bloqueo del más fuerte sobre el más débil, cualquiera sean las razones que se invoque para ello.
Pero del mismo modo, no es permisible una sociedad sin libertad de religión y pensamiento, sin el derecho abierto de disentir y discrepar. Castro, en este sentido, tendrá que aguantar callado la reprimenda papal. Si quiere cambios, tendrá que empezar cambiando él. Igual vale para los Estados Unidos. Ojalá entiendan que la integración de una Cuba democrática a América, pero sin imposiciones, es inevitable.
La gira ha despertado tremendas expectativas en el mundo, ante la posibilidad que la misma pueda repercutir favorablemente en las rotas relaciones comerciales y diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.
Hasta la fecha, sucesivos gobiernos norteamericanos no han introducido variante alguna a su política de abierta hostilidad hacia el régimen castrista, caracterizada por un riguroso bloqueo económico que se intentó extender por la fuerza a terceros países que comercian con la isla.
En un inicio, tal política pareció explicarse como parte de una estrategia de aislamiento del comunismo en la época más cruda de la Guerra Fría. Pero el Muro de Berlín tiene más de ocho años de haber sido demolido; y los vientos de renovación democrática acabaron barriendo todo cuanto quedaba de la antigua órbita soviética.
De ese modo, el antiguo papel de Cuba como punta de lanza del comunismo en América ha perdido su razón de ser; y ahora sin el respaldo de su padrino soviético, no representa ningún peligro, debiendo dedicar todas sus fuerzas y energías a la propia sobrevivencia en un mundo en que hasta las otrora revolucionarias China y Viet Nam se están integrando a las nuevas reglas de la globalización y liberalización económica.
Nada sustenta pues la insistencia norteamericana en el bloqueo, cuando la isla es cada vez más abierta tanto interna como externamente. Al fin y al cabo, Castro y su régimen son pasajeros, pero Cuba y su pueblo no. Para bien o para mal está enclavada en el corazón del Caribe y a 12 millas de Estados Unidos. Tan sólo esta consideración debiera conducir a la revisión de una política que no ha rendido más frutos que el resentimiento.
En ese contexto, la visita del Papa busca sacudir el status quo tanto en Cuba como en Estados Unidos. El mundo y América no se pueden permitir, en un mundo unipolar, más relaciones fundadas en el bloqueo del más fuerte sobre el más débil, cualquiera sean las razones que se invoque para ello.
Pero del mismo modo, no es permisible una sociedad sin libertad de religión y pensamiento, sin el derecho abierto de disentir y discrepar. Castro, en este sentido, tendrá que aguantar callado la reprimenda papal. Si quiere cambios, tendrá que empezar cambiando él. Igual vale para los Estados Unidos. Ojalá entiendan que la integración de una Cuba democrática a América, pero sin imposiciones, es inevitable.