Lo aprendido de la crisis financiera (II)
Tal vez la incógnita más relevante sobre la actual crisis es la duración y, en particular, la capacidad de las medidas para estimular una salida de la misma.
Habría que iniciar por preguntarse, ¿tienen sentido los programas de ayuda hasta ahora emprendidos? Si bien la fuerte inyección de liquidez al sistema financiero y el abaratamiento del precio del dinero (la Fed redujo la tasa a una banda entre 0 y 0.25%), es lo más conocido del paquete de medidas adoptadas (que sin duda está envuelto por un innegable problema de riesgo moral), en efecto estas medidas han incluido elementos de la experiencia de la crisis del 1929. Esto es así, ya que parte fundamental del paquete contiene el otorgamiento de garantías fiscales a la nueva deuda y al capital que requerirán levantar los bancos desde el sector privado, y la ampliación de la cobertura de los seguros estatales a los depósitos bancarios.
En cuanto a la necesidad de mayor regulación, los hechos parecen evidenciar que lo que ha ocurrido es la no aplicación de la regulación existente aunados a la relajación de estándares en la otorgación de crédito. Si bien mucho se ha argumentado que la innovación financiera permitió distribuir el riesgo asumido a otros agentes, la misma no debió representar un problema sustancial si se hubiera complementado con una correcta gestión de riesgos.
Finalmente, ¿son esos los elementos que implicarán una crisis más aguda que la de 1929? Es indudable que en un contexto de restricciones de liquidez se tiene que las áreas donde mayor afectación de los países se tendrá es en los mercados y en los componentes de la demanda más sensibles a las condiciones crediticias. Este es un elemento latente. No obstante, a diferencia de 1929, el crecimiento del sector no financiero es cercano al 10% y no del 0.5%. Es difícil saber cuándo acabará la crisis; sin embargo, hasta el momento nuestro país ha reaccionado bien y pareciera que contamos con elementos que nos permitirán amortiguar la mayor parte de los "shocks" externos, por lo que pareciese que podemos contar con un prudente optimismo.
En conclusión, mi impresión es que la principal lección de los eventos recientes no es que necesitemos más simplicidad de los sistemas financieros o mayores y complejas estructuras regulatorias, sino que necesitamos un mejor entendimiento de la complejidad de los mercados financieros. Esa complejidad no desaparecerá, y necesitamos personas que entiendan cómo ciertos riesgos están asociados a otros riesgos y cómo el valor de ciertos activos está asociado al valor de otros activos. Los cursos introductorios y la percepción ya no son suficientes para entender los nuevos y más complejos paradigmas que estamos afrontando. En este sentido, tanto en este como en otros temas trascendentes, deberemos especializarnos más para asumir estos complejos temas con los que sin duda seguiremos conviviendo.
[La primera entrega fue publicada el 4 de enero].