Lo cortés y lo valiente
Con ocasión de la reciente Cumbre del Milenio, Fidel Castro no dudó en hacer cola entre distintos mandatarios asistentes que se turnaban para saludar al presidente anfitrión, Bill Clinton. De regreso a su país explicó que se trataba de un acto de digna cortesía con su irreconciliable adversario.
Un gesto similar y más sorprendente hizo décadas atrás el presidente egipcio Anwar Sadat tras infligir su primera derrota militar a Israel, que le permitió recuperar el Canal de Suez y empujar al invasor hacia Sinaí. Despojándose entonces de la arrogancia de vencedor, manifestó que, pese a su victoria, no dudaría en viajar a Tel Aviv a negociar la paz con su derrotado enemigo.
El resto es historia, Golda Meir, su homóloga enemiga, tomó su palabra. A las pocas semanas, Sadat se hallaba recorriendo las calles de la capital israelí, homenajeado por el pueblo que enarboló banderitas de ambas naciones, como muestra de respeto hacia un contrincante leal. Meses después firmaron la paz.
La historia del mundo está lleno de gestos similares. Recordemos la valentía del presidente electo de Colombia, Andrés Pastrana, cuando desobedeciendo el consejo de sus asesores, se internó en la selva para entrevistarse con los dirigentes de las temibles FARC, para iniciar conversaciones de paz.
Panamá tiene justificados reclamos frente a Estados Unidos por razón de la contaminación remanente de los polígonos de tiro a orillas del Canal. Por eso ha iniciado una serie de demandas por distinta vía, al nivel de sus embajadas, cancillerías e incluso durante una entrevista personal entre mandatarios de ambos países el año pasado.
En esencia los contactos han sido bilaterales, como aconseja el diestro manejo de este tipo de asuntos. Pero no ha pasado siquiera un año de la reversión y ya estamos columpiándonos a la ONU, la máxima instancia internacional, sin hacer el indispensable trabajo previo de tejer con paciencia una sólida red de apoyo, la misma que hizo Torrijos para lograr un favorable tratado en 1977. En este tipo de lucha desigual, no hay camino corto a la victoria.
Entiéndase. Fuimos de los primeros en propugnar la limpieza de los polígonos como la nueva epopeya de la lucha republicana de cara al nuevo siglo. Pero ello exige desplegar la máxima habilidad, ganando apoyo, generación tras generación, al mismo tiempo que estrechamos los lazos de amistad con nuestra contraparte, "estrechando abrazos y con el mazo dando", si se quiere. Esas son elementales reglas del tratamiento diplomático en la difícil relación entre una nación pequeña y una superpotencia.
Ganarnos al Grupo de Río, sumar simpatías en Latinoamérica, hacer igual con los grupos ambientalistas y los partidos "verdes", querellarnos en cuanta oficina de la ONU en materia de agujeros en el ozono y similares, asistir a todos los foros sobre el tema ecológico; y así, in cresendo, sin cesar la comunicación en los vericuetos del Gobierno norteamericano, haciendo "loby", sumando simpatías por nuestra causa, se hace el camino. Y solo cuando hayamos ganado suficiente apoyo y simpatía internacional, estaremos en condiciones de desafiar al campeón por el título, ante la ONU, La Haya, o donde sea, no antes, salvo que seamos suicidas.
Un gesto similar y más sorprendente hizo décadas atrás el presidente egipcio Anwar Sadat tras infligir su primera derrota militar a Israel, que le permitió recuperar el Canal de Suez y empujar al invasor hacia Sinaí. Despojándose entonces de la arrogancia de vencedor, manifestó que, pese a su victoria, no dudaría en viajar a Tel Aviv a negociar la paz con su derrotado enemigo.
El resto es historia, Golda Meir, su homóloga enemiga, tomó su palabra. A las pocas semanas, Sadat se hallaba recorriendo las calles de la capital israelí, homenajeado por el pueblo que enarboló banderitas de ambas naciones, como muestra de respeto hacia un contrincante leal. Meses después firmaron la paz.
La historia del mundo está lleno de gestos similares. Recordemos la valentía del presidente electo de Colombia, Andrés Pastrana, cuando desobedeciendo el consejo de sus asesores, se internó en la selva para entrevistarse con los dirigentes de las temibles FARC, para iniciar conversaciones de paz.
Panamá tiene justificados reclamos frente a Estados Unidos por razón de la contaminación remanente de los polígonos de tiro a orillas del Canal. Por eso ha iniciado una serie de demandas por distinta vía, al nivel de sus embajadas, cancillerías e incluso durante una entrevista personal entre mandatarios de ambos países el año pasado.
En esencia los contactos han sido bilaterales, como aconseja el diestro manejo de este tipo de asuntos. Pero no ha pasado siquiera un año de la reversión y ya estamos columpiándonos a la ONU, la máxima instancia internacional, sin hacer el indispensable trabajo previo de tejer con paciencia una sólida red de apoyo, la misma que hizo Torrijos para lograr un favorable tratado en 1977. En este tipo de lucha desigual, no hay camino corto a la victoria.
Entiéndase. Fuimos de los primeros en propugnar la limpieza de los polígonos como la nueva epopeya de la lucha republicana de cara al nuevo siglo. Pero ello exige desplegar la máxima habilidad, ganando apoyo, generación tras generación, al mismo tiempo que estrechamos los lazos de amistad con nuestra contraparte, "estrechando abrazos y con el mazo dando", si se quiere. Esas son elementales reglas del tratamiento diplomático en la difícil relación entre una nación pequeña y una superpotencia.
Ganarnos al Grupo de Río, sumar simpatías en Latinoamérica, hacer igual con los grupos ambientalistas y los partidos "verdes", querellarnos en cuanta oficina de la ONU en materia de agujeros en el ozono y similares, asistir a todos los foros sobre el tema ecológico; y así, in cresendo, sin cesar la comunicación en los vericuetos del Gobierno norteamericano, haciendo "loby", sumando simpatías por nuestra causa, se hace el camino. Y solo cuando hayamos ganado suficiente apoyo y simpatía internacional, estaremos en condiciones de desafiar al campeón por el título, ante la ONU, La Haya, o donde sea, no antes, salvo que seamos suicidas.