Lo importante
La designación de la Comisión de la Verdad, es un paso importante en dilucidar la responsabilidad que le cabe al Estado en las actuaciones que desembocaron en las desapariciones forzadas y de homicidios agravados que reúnen los caracteres propios de la ejecución extrajudicial. Lo importante es que la Comisión deberá -en forma responsable y veraz-, hacer del conocimiento público los autores de esos crímenes que han logrado escapar a la investigación y al juzgamiento. Este hecho pone de manifiesto no sólo la ineficacia de los poderes públicos sino también, la indiferencia de mucho ciudadanos ante las acometidas contra las garantías fundamentales. La impunidad actual no sólo pone de manifiesto culpables fallas por parte del Estado. Ello también revela, y hay que decirlo un grave deterioro de la conciencia pública.
Lo importante es que se lleven a cabo las investigaciones y el juzgamiento penal de los actos de violencia perpetrados por agentes del Estado y por miembros de la Guardia Nacional.
" Lo importante- como nos dice Savater- es saber si un Estado respeta los Derechos Humanos y la ciudadanía política de todos los que en él viven, si es capaz de renunciar a parte de su soberanía para colaborar con otros países al afrontar retos mundiales, si ofrece protección razonable contra la miseria y la violencia..."
También es muy importante que tengamos presente que la Declaración Universal de Derechos Humanos, se fundamenta en la consideración de que " la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana".
Lo importante es que la Comisión de la Verdad deje grabado sobre piedra en este país, que por su origen, por su propia constitución y por su fin, todo panameño, todo ser humano tiene una excelencia ontológica en la cual se fundan unos derechos inherentes. Lo importante es que no permitamos que tantos compatriotas continúen siendo atropellados en su dignidad. La misma Declaración proclama y nos enseña que todos los seres humanos "deben comportarse fraternalmente los unos con los otros", pero tanto en el orden mundial como en el nacional nos enfrentamos a dramáticos indicadores de que las relaciones de los pueblos y de las personas entre sí están lejos de ser generosas, solidarias y pacíficas.
Lo importante es que no olvidemos que en Panamá a diario crece el número de hombres, mujeres y niños sumidos en la pobreza absoluta. Cada día aumenta el contraste entre la abundancia de unos y la miseria de otros. Proliferan el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, el desempleo, las situaciones opresivas y los mecanismos de explotación. Y aquí en Panamá con el inhumano aumento de las tarifas y del costo de la vida, con el desprecio e insulto con el que los directivos del Ente Regulador se expresan y tratan al pueblo panameño, se están creando más barreras de las ya existentes para evitar que se establezcan las condiciones necesarias para reconocer a los panameños -como personas humanas- su condición esencial de punto culminante del derecho, de sujeto y fin de las instituciones sociales, de centro de la vida económica y de protagonista del desarrollo.
Lo importante -y en ello hay que ser insistentes y reiterativos- es que la designación y la labor de la Comisión de la Verdad sirva para que entendamos que hoy, como nunca antes, millones de personas en los cinco continentes tienen una conciencia plena, despierta y comprometida de la dignidad de todo miembro del género humano. Y esta conciencia, como lo ha reconocido Juan Pablo II, se expresa "en una viva preocupación por el respeto de los derechos humanos y en el más decidido rechazo de sus violaciones".
En cada lugar de la Tierra hay personas que valerosamente se oponen a la injusticia y a la brutalidad, incluso bajo el riesgo de ser asesinadas por sus actividades en favor de los derechos fundamentales. En cada lugar de la Tierra hay labios que denuncian los crímenes y los atestiguan contra los criminales. Cada vez reina menos silencio en torno de los delitos de lesa humanidad, y ello demuestra que algo ha empezado a cambiar.
Lo importante es que con la labor que desarrolle la Comisión de la verdad, Panamá empiece a cambiar. Y a cambiar de verdad. No en beneficio de un partido político, ni de un grupo de privilegiados o de allegados. Que cambie para que muchos entiendan que: "la igualdad es una necesidad vital del alma humana. Consiste en el reconocimiento público, general, efectivo, expresado realmente por las instituciones y las costumbres, de que la misma cantidad de respeto y de atención se debe a todo ser humano, porque el respeto se debe al ser humano como tal y no tiene grados".
Lo importante es que se lleven a cabo las investigaciones y el juzgamiento penal de los actos de violencia perpetrados por agentes del Estado y por miembros de la Guardia Nacional.
" Lo importante- como nos dice Savater- es saber si un Estado respeta los Derechos Humanos y la ciudadanía política de todos los que en él viven, si es capaz de renunciar a parte de su soberanía para colaborar con otros países al afrontar retos mundiales, si ofrece protección razonable contra la miseria y la violencia..."
También es muy importante que tengamos presente que la Declaración Universal de Derechos Humanos, se fundamenta en la consideración de que " la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana".
Lo importante es que la Comisión de la Verdad deje grabado sobre piedra en este país, que por su origen, por su propia constitución y por su fin, todo panameño, todo ser humano tiene una excelencia ontológica en la cual se fundan unos derechos inherentes. Lo importante es que no permitamos que tantos compatriotas continúen siendo atropellados en su dignidad. La misma Declaración proclama y nos enseña que todos los seres humanos "deben comportarse fraternalmente los unos con los otros", pero tanto en el orden mundial como en el nacional nos enfrentamos a dramáticos indicadores de que las relaciones de los pueblos y de las personas entre sí están lejos de ser generosas, solidarias y pacíficas.
Lo importante es que no olvidemos que en Panamá a diario crece el número de hombres, mujeres y niños sumidos en la pobreza absoluta. Cada día aumenta el contraste entre la abundancia de unos y la miseria de otros. Proliferan el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, el desempleo, las situaciones opresivas y los mecanismos de explotación. Y aquí en Panamá con el inhumano aumento de las tarifas y del costo de la vida, con el desprecio e insulto con el que los directivos del Ente Regulador se expresan y tratan al pueblo panameño, se están creando más barreras de las ya existentes para evitar que se establezcan las condiciones necesarias para reconocer a los panameños -como personas humanas- su condición esencial de punto culminante del derecho, de sujeto y fin de las instituciones sociales, de centro de la vida económica y de protagonista del desarrollo.
Lo importante -y en ello hay que ser insistentes y reiterativos- es que la designación y la labor de la Comisión de la Verdad sirva para que entendamos que hoy, como nunca antes, millones de personas en los cinco continentes tienen una conciencia plena, despierta y comprometida de la dignidad de todo miembro del género humano. Y esta conciencia, como lo ha reconocido Juan Pablo II, se expresa "en una viva preocupación por el respeto de los derechos humanos y en el más decidido rechazo de sus violaciones".
En cada lugar de la Tierra hay personas que valerosamente se oponen a la injusticia y a la brutalidad, incluso bajo el riesgo de ser asesinadas por sus actividades en favor de los derechos fundamentales. En cada lugar de la Tierra hay labios que denuncian los crímenes y los atestiguan contra los criminales. Cada vez reina menos silencio en torno de los delitos de lesa humanidad, y ello demuestra que algo ha empezado a cambiar.
Lo importante es que con la labor que desarrolle la Comisión de la verdad, Panamá empiece a cambiar. Y a cambiar de verdad. No en beneficio de un partido político, ni de un grupo de privilegiados o de allegados. Que cambie para que muchos entiendan que: "la igualdad es una necesidad vital del alma humana. Consiste en el reconocimiento público, general, efectivo, expresado realmente por las instituciones y las costumbres, de que la misma cantidad de respeto y de atención se debe a todo ser humano, porque el respeto se debe al ser humano como tal y no tiene grados".