Lo que nadie ha podido resolver
La inmoralidad corrompe y pudre la conciencia de una sociedad. En tanto se ha concluido en que la consolidación social e institucional pasa por los desplazamientos sociales que garantiza la educación, lo cierto es que el concepto casi siempre se remite a las aulas de clase, y no a la energía con que el propio Estado debe ampliar las leyes que garantizan el pacto social.
Así, el Estado parece más una piedra inamovible que un propiciador de buenas costumbres. Por ejemplo, nuestros niños, nuestras mujeres y los propios ciudadanos varones, son ofendidos cotidianamente por irresponsables y cínicos que se hacen aguas en cualquier esquina de la ciudad o del país. Ya se ha hecho una costumbre ante la cual los ciudadanos sólo tienen como defensa tratar de ignorar lo que es a todas luces un hábito de los peores.
Lo más degradante es, sin embargo, que no hay sanciones, y si las hay nadie las aplica, en defensa de la honorabilidad y el respeto que merecen quienes habitamos en este país.
Parece un santificado acto de complicidad frente al que las autoridades bien harían en esmerarse por arrestar y multar a cada troglodita de estos que les importa un comino la moral pública.
En algún momento alguien habló de tomar el tema en sus manos, pero parece que el final fue derrotado.