Los 89 años del prisionero 46664
TODOS los seres humanos cumplimos un ciclo biológico. Algunos hacen mucho más: trazan un punto de quiebre en los tiempos. Transforman la vida de sus pueblos y, con ello, el destino de la humanidad. Son los esenciales. Nelson Mandela es un hombre así. Estaba destinado por herencia a ser consejero de los reyes de una de las etnias que conforman la nación sudafricana. Pero hombres así se empinan sobre su existencia inmediata para influir en la de los demás. Así, terminó por echar abajo un sistema oprobioso y convertirse, él mismo, en icono viviente y justamente reverenciado.
El sólo hecho de permanecer en prisión durante casi tres décadas por una razón de Estado - el apartheid- hizo de él un símbolo de la lucha contra el racismo. No obstante, Mandela fue mucho más que el prisionero 46664. Si abrazó la causa del Congreso Nacional Africano, y apoyó campañas armadas de la organización, especialmente a partir de la masacre de Shaperville, lo hizo al considerar que todas las demás vías para luchar contra el régimen separatista de Pretoria estaban agotadas. Pero ha creído siempre en que la justicia necesita de la paz para evitar la destrucción que consigo trae la violencia generalizada. En esto ha coincido siempre con Gandhi. Y eso le ahorró a Sudáfrica desgarramientos suicidas. Como el mahatma, Mandela conquistó el liderazgo moral en virtud de un ejemplo personal que ha encarnado sin contradicción alguna en su discurso político. Como los grandes pacifistas, él ha enseñado siempre que hace falta más valor para defender la vida que enfrentar la muerte.
El que llegaría a ser el padre de la nueva Sudáfrica recibió de un pastor metodista el nombre de Nelson. A los siete años fue el primero de trece hermanos en ir a la escuela. Alcanzó el grado de maestro de educación básica. Posteriormente cursó el bachillerato en artes en la Universidad de Fort Hare y luego los de leyes en la Universidad de Witwatersrand. En estos años conocerá a otros grandes combatientes contra el régimen del Partido Nacional Sudafricano como Walter Sisulu, Thabo Mbeki y Oliver Tambo. Con este último ejercerá la abogacía en defensa de los perseguidos por haber tomado parte en las campañas de desobediencia civil de 1952 y 1955. Mbeki será presidente al concluir el Mandela su mandato.
La victoria sobre el régimen fue resultado de una complejísima lucha de pareceres y de intereses a lo interno de las fuerzas opositoras que iba desde el extremismo radical hasta la conciliación temerosa. Mientras tanto, el gobierno de minoría blanca se empecinaba en sostenerse a perpetuidad sobre un esquema separatista, así fuera a sangre y fuego, como llegó a hacerlo. Todo terminó por converger, tras experiencias angustiosas y lacerantes, en la conducción ideológica del prisionero 46664.
Pocos estadistas pueden permitirse ejercer un liderazgo con una convocatoria como la de Mandela tras apartarse del gobierno de un país, incluyendo el de naciones poderosas. Él lo hace al sumar su voz a las causas más significativas de su tiempo, como la lucha contra el SIDA. Y lo hace, además, con una credibilidad de abuelo querendón. Mandela esplende simpatía porque su naturaleza está hecha con las fibras más sensibles de la condición humana. Y es que él viene de la marginación, de la segregación, del odio, de la violencia. Y sólo grandes espíritus saben emerger, de elementos así, dispuestos a la esperanza: convencidos de la trascendencia de la vida. De allí la fuerza de su presencia; el poder su llamado.
Ha recibido los premios y las condecoraciones más importantes del mundo. Y está bien que esto se de en vida porque a título póstumo tales homenajes cumplen el oficio de ofrendas florales tardías.
Nelson Rolihlahla Mphakanyiswa -Mandela- ha cumplido 89 años. Entre las actividades con que se festeja ese hecho en sí mismo biológico, destacan el homenaje que lo mejor del fútbol mundial le rinde para honrar al preso número 46664 que exorcizaba los demonios de la prisión de Robben -donde pasó 18 de aquellos 27 años- jugando a la pelota con sus compañeros de prisión. De la cárcel saldría para convertirse en el primer presidente negro de su país y en uno de los líderes mundiales más inspiradores.
Hombres como él hacen mucho más que cumplir años. Ellos mismos son una celebración de la vida. Mandela lo ha sido por casi nueve décadas. ¡Que cumpla muchos más en felicidad y respeto! La memoria de los hombres, o la gloria, póstuma al fin de cuenta, vendrá después de todo.
El sólo hecho de permanecer en prisión durante casi tres décadas por una razón de Estado - el apartheid- hizo de él un símbolo de la lucha contra el racismo. No obstante, Mandela fue mucho más que el prisionero 46664. Si abrazó la causa del Congreso Nacional Africano, y apoyó campañas armadas de la organización, especialmente a partir de la masacre de Shaperville, lo hizo al considerar que todas las demás vías para luchar contra el régimen separatista de Pretoria estaban agotadas. Pero ha creído siempre en que la justicia necesita de la paz para evitar la destrucción que consigo trae la violencia generalizada. En esto ha coincido siempre con Gandhi. Y eso le ahorró a Sudáfrica desgarramientos suicidas. Como el mahatma, Mandela conquistó el liderazgo moral en virtud de un ejemplo personal que ha encarnado sin contradicción alguna en su discurso político. Como los grandes pacifistas, él ha enseñado siempre que hace falta más valor para defender la vida que enfrentar la muerte.
El que llegaría a ser el padre de la nueva Sudáfrica recibió de un pastor metodista el nombre de Nelson. A los siete años fue el primero de trece hermanos en ir a la escuela. Alcanzó el grado de maestro de educación básica. Posteriormente cursó el bachillerato en artes en la Universidad de Fort Hare y luego los de leyes en la Universidad de Witwatersrand. En estos años conocerá a otros grandes combatientes contra el régimen del Partido Nacional Sudafricano como Walter Sisulu, Thabo Mbeki y Oliver Tambo. Con este último ejercerá la abogacía en defensa de los perseguidos por haber tomado parte en las campañas de desobediencia civil de 1952 y 1955. Mbeki será presidente al concluir el Mandela su mandato.
La victoria sobre el régimen fue resultado de una complejísima lucha de pareceres y de intereses a lo interno de las fuerzas opositoras que iba desde el extremismo radical hasta la conciliación temerosa. Mientras tanto, el gobierno de minoría blanca se empecinaba en sostenerse a perpetuidad sobre un esquema separatista, así fuera a sangre y fuego, como llegó a hacerlo. Todo terminó por converger, tras experiencias angustiosas y lacerantes, en la conducción ideológica del prisionero 46664.
Pocos estadistas pueden permitirse ejercer un liderazgo con una convocatoria como la de Mandela tras apartarse del gobierno de un país, incluyendo el de naciones poderosas. Él lo hace al sumar su voz a las causas más significativas de su tiempo, como la lucha contra el SIDA. Y lo hace, además, con una credibilidad de abuelo querendón. Mandela esplende simpatía porque su naturaleza está hecha con las fibras más sensibles de la condición humana. Y es que él viene de la marginación, de la segregación, del odio, de la violencia. Y sólo grandes espíritus saben emerger, de elementos así, dispuestos a la esperanza: convencidos de la trascendencia de la vida. De allí la fuerza de su presencia; el poder su llamado.
Ha recibido los premios y las condecoraciones más importantes del mundo. Y está bien que esto se de en vida porque a título póstumo tales homenajes cumplen el oficio de ofrendas florales tardías.
Nelson Rolihlahla Mphakanyiswa -Mandela- ha cumplido 89 años. Entre las actividades con que se festeja ese hecho en sí mismo biológico, destacan el homenaje que lo mejor del fútbol mundial le rinde para honrar al preso número 46664 que exorcizaba los demonios de la prisión de Robben -donde pasó 18 de aquellos 27 años- jugando a la pelota con sus compañeros de prisión. De la cárcel saldría para convertirse en el primer presidente negro de su país y en uno de los líderes mundiales más inspiradores.
Hombres como él hacen mucho más que cumplir años. Ellos mismos son una celebración de la vida. Mandela lo ha sido por casi nueve décadas. ¡Que cumpla muchos más en felicidad y respeto! La memoria de los hombres, o la gloria, póstuma al fin de cuenta, vendrá después de todo.