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Los abuelos y los nietos


Estamos ante una novedad, pero que pudiera llamarse antigua, y disculpen la discrepancia de términos. Es novedoso, porque la expectativa de vida ha aumentado y vemos así la gran cantidad de personas de la tercera edad que antes no veíamos. Por otro lado, antes nuestros abuelos se consideraban viejos antes de tiempo y disminuía su actividad, porque no eran propias de la edad. Hoy vemos a esas personas que bailan, viajan, van y vienen, hacen ejercicios y se desenvuelven en una serie de actividades que parecieran de gente más joven.
Es agradable ver cómo esa gente de tercera edad se busca entre sí para llenar su tiempo con movimiento, matando la inactividad. Tienen sus grupos y hacen turismo que les hace un bien increíble. Lo que reciben de su jubilación lo estiran y lo utilizan en su propio beneficio. Sin embargo, esas personas que vemos alegres y despreocupados son sólo un grupo reducido. A otros los vemos sufriendo violencia de parte de sus hijos y nietos con despego, aprovechando, muchas veces las entradas pecuniarias de esos viejos para su uso personal, sin decir una palabra agradable a esos padres.
Lo que veíamos antes, esa relación que existía entre nosotros y nuestros abuelos, padres y tíos, no se aprecia hoy. La diferencia generacional que vemos es grande y pocos son los puntos que tenemos en común las generaciones. Me pregunto si los padres hacemos lo suficiente por los hijos cuando ellos lo necesitan como para que así lo retribuyan. No quisiera culpar totalmente a los hijos por ese mal comportamiento, pero ellos deben pensar en lo que significa el cambio de edad, de sensibilidad, de manera de ver la vida, del deseo de libertad, pero con necesidad de depender de los jóvenes. Es allí donde los hijos y nietos tienen que ser comprensivos y tolerantes.
Me decía un amigo que quien no ha conocido a los abuelos ha perdido la felicidad que éstos dan. No hay nada que se compare a ser abuelo y en nosotros está enseñarle a los nietos a querernos, a sentir ese amor que nos dan los niños y jóvenes, porque nos han tratado y porque los abuelos les damos una felicidad especial.
¿Cuántas veces quisiéramos decirles lo que fue nuestra vida desde la infancia para que ellos entiendan nuestro comportamiento? A veces deseo mostrarles, como lo he hecho con mis hijos, cuáles son sus raíces, de dónde vienen para que sepan a dónde ir en la vida, porque cuando son niños o jóvenes tienen que crecer y madurar, para comprender el vacío que se forma en los corazones adultos y en el yo de cada cual, vacío que no logra llenarse, en ocasiones. Pero, cuando aprovechamos la sustancia que nos da nuestra ascendencia, ese vacío puede llenarse y hacernos felices. De allí la importancia que los nietos conozcan sus raíces contándoles lo que fue, lo que hicimos y con quiénes lo hicimos, para enseñarles lo que es parte de nuestra vida y comprendan que lo compartimos con ellos como parte nuestra que son también.
Identifiquemos nuestros rasgos y preguntemos hasta dónde ha influido la ascendencia, hasta dónde ellos entraron en nuestro cuerpo, mente y espíritu. Cuando los viejos sepamos quiénes somos, podremos identificarnos con los nietos y brindarles la alegría de algo concreto que les permita conocer su identidad a través de nosotros.
Felices los que tienen abuelos que los consentimos y que puedan contar más tarde sus experiencias con esos viejos que entonces no lo éramos tanto. Los nietos tienen que respetar a los abuelos; los hijos tienen que enseñarles a los niños cuál es el valor de esos abuelos para que ambos puedan sonreír y darse las manos. Tratemos que la brecha generacional no sea tan grande. Nos ubicamos en ellos y sus costumbres y logramos reciprocidad. No los abandonemos, pero no permitamos que ellos lo hagan. Ellos son nuestra descendencia y son nuestro yo. Los queremos y que nos quieran. Instituyamos el día del abuelo y abuela para enfatizar en importancia. Impongamos nuestra posición y que así lo comprendan.

101 años de Panamá América

 
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