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Los candidatos y los tensores


Un brillantísimo presidente, en la creencia que los aceptables resultados del ejercicio de su gobierno le asegurarían su reelección, lanza al país a un costoso referéndum y lo pierde ostensiblemente. Había asfaltado todas las calles de la ciudad, ensanchando grandes tramos de la carretera nacional, confeccionado a todo asfalto una fabulosa carretera de penetración a un idílico poblado de veraneo y de buena producción agrícola y artesanal; llevado bellos ramales a lujosas y exclusivas playas interioranas; impulsado frenéticos corredores por el norte, por el sur, el este y el oeste, por tierra y por mar y por debajo de la tierra... por túneles, desoyendo lo que un dictador exitoso aconsejaba a los pretendientes a reelecciones; "Hagan carreteras, puentes, edificios. No hagan túneles... que nadie los ve". Pero no fue por los túneles por lo que el pueblo no votó por su reelección en el citado referéndum.
Esta impensada calamidad obligó a su partido a celebrar primarias precipitadas. Una cohorte de ministros, ex-ministros y altos funcionarios se lanzaron presurosos al ruedo por amor a su referendísimo, pero él hizo renunciar a los dos más conspicuos primarios e hizo a todo el partido elegir a un bisoño funcionario, hasta entonces desapercibido, casi mudo y "excluido": "l"Aiglon". Se corona candidato y al punto se le unen varios partidos a su carro. Se desencadena una feroz maquinaria publicitaria que lo hacen figurar como la nueva revelación, digno hijo del Aguila desaparecida, militar con otros encabezó el derrocamiento de un presidente. Adquiere locuacidad y muestra talento.
Otro candidato, intelectualmente brillante, perdió las primarias dentro de su partido. En abierta rebeldía al mismo y al electorado se empecinó en no aceptar estos resultados. Trató inútilmente de que el partido rectificase su dictamen y lo encumbrará a él, el mejor, al frente de la candidatura presidencial. Encontró inmediatamente unos partidos, anhelantes de sobre vivir, que le brindaron su apoyo y le fabricaron una rápida postulación opositora, más bien opositora a la candidata triunfadora de su anterior partido. Con vistoso carro de Don Dinero, festonado de verde ambiente y de rojas campanas, se anuncia la emergente candidatura. Unce al carro multicolor a una popularísima reina, de probadas ejecutorias, como segunda figura de su "empresa" política y promete cielo y tierra a los extasiados votantes.
Mientras tanto, una agraciada candidata presidencial había renacido, como el Ave Fénix, de su derrota presidencial pasada. Emprendió en seguida su sistemática visita a los poblados de su patria hasta los más olvidados rincones, tendiendo día a día, cual acuciosa arañita, sus hilos de entrañable solidaridad y cariño a su pueblo, llevando comprensión, consuelo y esperanza para sus aflicciones. Curtida junto a su esposo, tres veces presidente de la república y excepcional líder carismático, aquilató su aprendizaje y sorprendió a los doctos y empresarios de altas miras con su sapiencia y humilde sinceridad. La acompañó para la alcaldía un aguerrido catedrático, desfacedor de entuertos, incorruptibles cuasi mártir de la dictadura, que la urbe metropolitana clama ansiosamente.
Me vienen ahora a la memoria mis aciagos años en París, en 1942-3, cuando laboraba en la fabricación de vigas pre y post-tensadas. Eran enormes estructuras de hormigón de primera, como de un metro de altura y treinta a cuarenta metros de largo. El hormigón debía poseer una estricta granulometría; el cemento, la arena y el agua cuidadosamente dosificados. Los múltiples filamentos de acero de alta resistencia-los tensores -se insertaban dentro de las formaletas antes del vaciado. Se estiraban al máximo permisible mediante gatos hidráulicos firmemente anclados a tierra. Cuando el hormigón fraguaba, endurecía y curaba se distendían paulatinamente los tensores de acero, ubicados en la parte inferior de la viga, y ésta se curvaba ligeramente hacia arriba y adquiría formidable resistencia.
Si el hormigón adolecía de defectos, ocultos, burbujas, o pecaba de asimetrías u horizontalidad, al soltar los tensores la viga se rompía estrepitosamente, aunque el hormigón hubiera endurecido.
A veces ocurría que al soltar los tensores la viga no se arqueaba como se esperaba. Era un hormigón bebé; no había endurecido y menos curado suficientemente, o el acero tenía grasa, se deslizaba y la viga no funcionaba.
Qué diferencia cuando la viga demostraba perfectamente calibración, adecuada dosificación y añejo endurecimiento y curación. Pasaba airosa las pruebas: ¡el triunfo estaba asegurado!

101 años de Panamá América

 
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