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Los carnavales: Propongo volver a las raíces


Como nunca perderé la esperanza de que los carnavales de la capital, algún día, puedan recobrar el esplendor que muchos recordamos, al igual que la mayoría de los nativos y residentes de nuestra ciudad principal, lamento que todos los años se repita una nueva y triste versión de la misma película que venimos viendo desde hace ya bastante tiempo.
El carnaval, como está demostrado en otros lugares, puede ser una extraordinaria atracción turística y fuente de ingresos para muchísmas personas, especialmente de los estratos más humildes. Sin embargo, por la falta de una visión coherente e imaginativa de parte de las autoridades esa posibilidad, cada año que pasa, se torna en frustración.
No es la primera vez, aunque anhelo que fuera la última, que presento mi propuesta para rescatar los carnavales capitalinos. La solución está en volver a las raíces y hacer que el pueblo llano sea el verdadero protagonista y el motor de la fiesta. De nada servirá, como también lo ha demostrado la experiencia, seguir tratando "de mejorar el carnaval desde arriba", a través de las llamadas "Juntas del Carnaval". Por esa vía, un grupo muy reducido de personas, que no dudo ponen su mejor empeño en lo que hacen, asumen la tarea imposible de, a última hora, fabricar entusiasmo sin conseguirlo, porque el pueblo no se siente parte de ese proceso.
Si en vez de seguir trillando un camino que ha comprobado ser ineficaz se decidiera ensayar alternativas que hagan del pueblo el protagonista, con seguridad tendríamos otro resultado. El secreto está en invertir en motivación, y en generar competencia para lograr mayor participación. ¿Cómo hacerlo? mediante los adecuados incentivos.
Si al término de las actuales fiestas, las autoridades de la capital y la empresa privada (cervecería, licoreras, hoteles, almacenes, etc.) se pusieran de acuerdo y crearan un fondo destinado a otorgar premios atractivos a las mejores comparsas, carros alegóricos, reinas y disfraces, no cabe la menor duda que el próximo año habría en las calles mucha más gente disfrutando de las fiestas y ganando. La inversión no tendría que ser muy grande y el retorno de la inversión estaría asegurado.
Se me ocurre que un fondo destinado a cubrir los premios, por un monto de un millón de dólares, sería suficiente para empezar. Este podría ser aportado por el municipio y la empresa privada por partes iguales. Si se destinaran, por ejemplo, 550,000 dólares para otorgar cinco premios de 200,000; 125,000; 75,000; 50,000; y 25,000 a las cinco mejores comparsas, y otros cinco premios de consolación de 15,000 dólares a otras cinco, el próximo año habría verdaderas comparsas y alegría en las calles. El resto del dinero se repartiría en premios a los carros alegóricos, reinas y disfraces. Tal vez las cifras que propongo pudieran considerarse exorbitantes. Pero no lo son si se tiene en cuenta que compensarán el trabajo preparatorio y las presentaciones durante los cuatro días del carnaval.
Para que una iniciativa de esa naturaleza surta efecto, los premios deben anunciarse con un año de participación. Entonces habría tiempo para que los interesados se preparen adecuadamente, confeccionen sus atuendos, compren instrumentos, monten coreografías, etc.
El otro elemento adicional y muy importante para motivar la participación de los diferentes sectores del distrito capital, es que la reina absoluta del carnaval sea escogida de entre las reinas de los barrios. Si en vez de escoger por anticipado una reina a la que se carga con responsabilidad total de motivar fiesta, la reina fuera escogida el lunes de Carnaval y se premiara a la que haya hecho las mejores presentaciones durante los tres primeros días, se introduciría el incentivo de la competencia, que es otro factor de extraordinaria importancia para que la gente participe.
Espero que este año, después de la repetición de los decepcionantes resultados de que hemos vuelto a ser testigos, estas ideas encuentren oídos más receptivos que en el pasado. Los capitalinos nos merecemos un buen carnaval.
No lo hace bien, pues su voz es cascada. Pero no importa para muchos es una distracción para escapar de la tensión de trasladarse en ese aparato.
El día que el ascensor se desprendió de los cables y cayó como un bólido dicen que ella iba sola y cantando a viva voz: Reloj no marques las horas, porque mi vida se acaba...
(raulleisr@hotmail.com)

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