Los conductores de volquetes
Los dos grandes proyectos urbanísticos en la capital de los últimos años, a saber, Costa del Este y el Corredor Sur con su Punta Pacífica, han exigido durante los últimos años el uso de cientos de camiones volquetes que diariamente mueven toneladas de piedra, arena, cascajo y tierra. Los conductores de dichos camiones se han tomado las calles y avenidas, al estilo de los "diablos rojos", con impunidad e irresponsabilidad, constituyéndose en grave peligro para la población de la urbe capitalina.
Hay que reconocer que un número importante de estos equipos, está en mejor estado físico del que estabamos acostumbrados a ver hace diez años. Sin embargo, un número no insignificante carece de luces delanteras y traseras, no portan sus placas a la vista, sus neumáticos requieren reemplazo y hasta llevan parte de su carrocería colgando. Y, aunque muchos tienen las lonas que por ley están obligados a utilizar, las portan como si estuvieran guardándolas para una ocasión especial.
Al igual que los conductores de buses, en las calles y avenidas los camioneros no respetan los altos ni los semáforos, los hombros son un carril para su uso particular, y manejar en contra vía o hacer competencia es permitido. A ellos se les cede el paso con la misma atención que a las ambulancias. En áreas como la barriada San Sebastián, a los niños no se les permite salir a la calle por miedo a que uno de estos desalmados los atropelle.
En las áreas donde transitan, rara vez se ven policías de tránsito, lo cual parece indicar que existe un pacto entre las autoridades y los camioneros, o quizá hasta las empresas que los contratan.
Lo más increíble de esta situación es que una vez dichos camioneros ingresan a las instalaciones de sus empleadores o contratantes, su comportamiento cambia radicalmente: conducen en los paños designados, a la velocidad indicada, no hacen regatas y esperan con paciencia y orden las indicaciones de los coordinadores para recoger o desalojar su carga.
Esta es tan sólo otra actividad que riñe contra la ley y el orden que tanto pregonamos desear, pero que las autoridades permiten continuar impunemente. Para convertirnos en un país civilizado tenemos que comenzar por cosas aparentemente pequeñas como el cumplimiento de las reglas de tránsito. Y si no lo hacemos estaremos condenados a la barbarie y pondremos en peligro nuestras vidas cada vez que salgamos a la calle.
Hay que reconocer que un número importante de estos equipos, está en mejor estado físico del que estabamos acostumbrados a ver hace diez años. Sin embargo, un número no insignificante carece de luces delanteras y traseras, no portan sus placas a la vista, sus neumáticos requieren reemplazo y hasta llevan parte de su carrocería colgando. Y, aunque muchos tienen las lonas que por ley están obligados a utilizar, las portan como si estuvieran guardándolas para una ocasión especial.
Al igual que los conductores de buses, en las calles y avenidas los camioneros no respetan los altos ni los semáforos, los hombros son un carril para su uso particular, y manejar en contra vía o hacer competencia es permitido. A ellos se les cede el paso con la misma atención que a las ambulancias. En áreas como la barriada San Sebastián, a los niños no se les permite salir a la calle por miedo a que uno de estos desalmados los atropelle.
En las áreas donde transitan, rara vez se ven policías de tránsito, lo cual parece indicar que existe un pacto entre las autoridades y los camioneros, o quizá hasta las empresas que los contratan.
Lo más increíble de esta situación es que una vez dichos camioneros ingresan a las instalaciones de sus empleadores o contratantes, su comportamiento cambia radicalmente: conducen en los paños designados, a la velocidad indicada, no hacen regatas y esperan con paciencia y orden las indicaciones de los coordinadores para recoger o desalojar su carga.
Esta es tan sólo otra actividad que riñe contra la ley y el orden que tanto pregonamos desear, pero que las autoridades permiten continuar impunemente. Para convertirnos en un país civilizado tenemos que comenzar por cosas aparentemente pequeñas como el cumplimiento de las reglas de tránsito. Y si no lo hacemos estaremos condenados a la barbarie y pondremos en peligro nuestras vidas cada vez que salgamos a la calle.