Los costos de campaña
La hemos estimado, pensando en una presentación decorosa, entre cinco y 10 millones de balboas. Por su parte, Carlos Raúl Piad, jefe de campaña de José Miguel Alemán, el candidato de la alianza oficialista, calcula que el monto podría llegar, razonablemente, a 12 millones de balboas. Además, hay que considerar -explica- que hay más de tres mil aspirantes a puestos de elección por partido, quienes están haciendo gastos por su propia cuenta, difíciles de precisar.
La propaganda, en las democracias occidentales, está siendo cada vez más decisiva y costosa en cada elección, constituyéndose en un factor más determinante que la voluntad de los votantes, que se relega a un segundo plano; al extremo que hoy día, con una campaña bien montada y dotada de dinero suficiente, se puede llevar a la Presidencia o al Legislativo a cualquiera, no importa su partido, calidad humana y condiciones personales. Por eso, la tendencia moderna es imponerle límites y destinar subsidios estatales, como los que se asignan aquí a cada partido.
Panamá no es la excepción. Una campaña para legislador en la ciudad capital, puede costar entre medio millón y un millón de balboas, si es que se quiere tener alguna opción de triunfo. En el interior del país, en cambio, se debe contar con al menos 200 mil balboas bien administrados. Y cada vez cuesta más. La participación electoral se está haciendo asunto para gente con plata, ya sea que compita personalmente o a través de testaferros o amanuenses a quienes financian. Obviamente, el asunto está ligado a la conveniencia de exigir la revelación del origen de los fondos de campaña, ante el riesgo de que personas y dinero indeseables terminen adueñándose del gobierno entero y nuestras democracias a través del financiamiento de los aspirantes en las elecciones.
Así las cosas, parece decisivo saber cuál es la correlación de fuerzas entre los candidatos presidenciales en relación con los fondos que disponen. Y, en ese aspecto, la superioridad de José Miguel Alemán y del opositor Martín Torrijos, en ese orden, parece evidente.
No muy lejos, les sigue el abanderado de la tercera fuerza, Ricardo Martinelli, quien sin embargo desarrolla la mejor y más impactante campaña, quedando en un cada vez más distante cuarto lugar, el disidente arnulfista Guillermo Endara. Cierto es que el orden de preferencias que vienen registrando las encuestas no parece ceñirse al mismo patrón del dinero gastado. Pero eso sólo es hasta ahora. No es absurdo esperar que en el mes y medio que resta para las elecciones, la diferencia que imponga al final el más importante elector de nuestros tiempos, el señor dinero, sea igual de decisiva que en todas partes.
La propaganda, en las democracias occidentales, está siendo cada vez más decisiva y costosa en cada elección, constituyéndose en un factor más determinante que la voluntad de los votantes, que se relega a un segundo plano; al extremo que hoy día, con una campaña bien montada y dotada de dinero suficiente, se puede llevar a la Presidencia o al Legislativo a cualquiera, no importa su partido, calidad humana y condiciones personales. Por eso, la tendencia moderna es imponerle límites y destinar subsidios estatales, como los que se asignan aquí a cada partido.
Panamá no es la excepción. Una campaña para legislador en la ciudad capital, puede costar entre medio millón y un millón de balboas, si es que se quiere tener alguna opción de triunfo. En el interior del país, en cambio, se debe contar con al menos 200 mil balboas bien administrados. Y cada vez cuesta más. La participación electoral se está haciendo asunto para gente con plata, ya sea que compita personalmente o a través de testaferros o amanuenses a quienes financian. Obviamente, el asunto está ligado a la conveniencia de exigir la revelación del origen de los fondos de campaña, ante el riesgo de que personas y dinero indeseables terminen adueñándose del gobierno entero y nuestras democracias a través del financiamiento de los aspirantes en las elecciones.
Así las cosas, parece decisivo saber cuál es la correlación de fuerzas entre los candidatos presidenciales en relación con los fondos que disponen. Y, en ese aspecto, la superioridad de José Miguel Alemán y del opositor Martín Torrijos, en ese orden, parece evidente.
No muy lejos, les sigue el abanderado de la tercera fuerza, Ricardo Martinelli, quien sin embargo desarrolla la mejor y más impactante campaña, quedando en un cada vez más distante cuarto lugar, el disidente arnulfista Guillermo Endara. Cierto es que el orden de preferencias que vienen registrando las encuestas no parece ceñirse al mismo patrón del dinero gastado. Pero eso sólo es hasta ahora. No es absurdo esperar que en el mes y medio que resta para las elecciones, la diferencia que imponga al final el más importante elector de nuestros tiempos, el señor dinero, sea igual de decisiva que en todas partes.