Los decentes y la política
Con demasiada frecuencia y con no poca razón se suele decir que la política es negocio de gente indecente y corrupta. Esa es excusa favorita para que muchos valiosos ciudadanos rechacen a esta suprema actividad y se abstengan por ende de participar en ella. Otros llegan al extremo de cerrar los ojos, pensamiento y oídos a todo cuanto se refiere o gira sobre el tema. Y la expresión favorita de un amplio círculo es sencillamente "no me gusta la política" o, más categóricamente, "la política es sucia".
Tienen razón, porque la cuestionable conducta de muchos que se agitan en la actividad ha terminado a través de los tiempos delineando un perfil reprochable de ella, pese a los enaltecedores fines que en teoría la mueven. Pero pocos se detienen a meditar las causas que no son sino consecuencia de la misma indiferencia y falta de participación ciudadana.
Y cuando hablemos de participación no pensamos necesariamente en marchas y otro tipo de intervención física que de ningún modo soslayamos. Pensemos en interés, meditación y discusión abierta, sea en el entorno familiar, laboral, social o amical. Hay que pensar y hablar de política y de la conducta de nuestros hombres públicos. Y los más audaces han de dar un paso al frente para luchar por sus principios, no importa en el partido que sea.
Es menester que el ciudadano decente y común cese de ceder espacio y crear vacío que ávidamente llenan los corruptos y pelechedores de lo que nos pertenece a todos. Hay que participar, incluso pensando y, sobre todo, discutiendo y votando.
Lo que en modo alguno cabe es desconectarse de la política como si de algún modo fuera posible aislarse en un mundo aparte; porque ella nos afecta a todos y a nuestra descendencia. La indiferencia es la peor forma de cooperar con el robo y la corrupción. La política no es sucia, los sucios son los malos políticos que son muchos y que hay que desplazar, con la más efectiva forma de participación ciudadana: ejerciendo el sufragio y votando a conciencia.
El período electoral que se avecina exige que el ciudadano común no sólo decida eventualmente por quien votará para Presidente, legislador, representante y en algunos casos alcalde, sino que también deberá votar sobre unas reformas constitucionales que a todas luces cambiará importantes simientos de nuestra frágil democracia. Todos debemos participar adquiriendo conocimiento sobre la substancia de dichas reformas, discutiendo en forma responsable y respetuosa los pro y los contra y depositando nuestro voto de acuerdo al mejor criterio de cada uno. Posteriormente tendremos oportunidad de elegir a quienes lanzarán al país hacia el próximo milenio en base a los planteamientos que se nos haga sobre los importantes temas de salud, probreza, desempleo, educación y desarrollo, temas éstos que no pueden dejarse en manos de unos pocos, corruptos e ineptos.
Tienen razón, porque la cuestionable conducta de muchos que se agitan en la actividad ha terminado a través de los tiempos delineando un perfil reprochable de ella, pese a los enaltecedores fines que en teoría la mueven. Pero pocos se detienen a meditar las causas que no son sino consecuencia de la misma indiferencia y falta de participación ciudadana.
Y cuando hablemos de participación no pensamos necesariamente en marchas y otro tipo de intervención física que de ningún modo soslayamos. Pensemos en interés, meditación y discusión abierta, sea en el entorno familiar, laboral, social o amical. Hay que pensar y hablar de política y de la conducta de nuestros hombres públicos. Y los más audaces han de dar un paso al frente para luchar por sus principios, no importa en el partido que sea.
Es menester que el ciudadano decente y común cese de ceder espacio y crear vacío que ávidamente llenan los corruptos y pelechedores de lo que nos pertenece a todos. Hay que participar, incluso pensando y, sobre todo, discutiendo y votando.
Lo que en modo alguno cabe es desconectarse de la política como si de algún modo fuera posible aislarse en un mundo aparte; porque ella nos afecta a todos y a nuestra descendencia. La indiferencia es la peor forma de cooperar con el robo y la corrupción. La política no es sucia, los sucios son los malos políticos que son muchos y que hay que desplazar, con la más efectiva forma de participación ciudadana: ejerciendo el sufragio y votando a conciencia.
El período electoral que se avecina exige que el ciudadano común no sólo decida eventualmente por quien votará para Presidente, legislador, representante y en algunos casos alcalde, sino que también deberá votar sobre unas reformas constitucionales que a todas luces cambiará importantes simientos de nuestra frágil democracia. Todos debemos participar adquiriendo conocimiento sobre la substancia de dichas reformas, discutiendo en forma responsable y respetuosa los pro y los contra y depositando nuestro voto de acuerdo al mejor criterio de cada uno. Posteriormente tendremos oportunidad de elegir a quienes lanzarán al país hacia el próximo milenio en base a los planteamientos que se nos haga sobre los importantes temas de salud, probreza, desempleo, educación y desarrollo, temas éstos que no pueden dejarse en manos de unos pocos, corruptos e ineptos.