Los desafíos de la capacitación comunitaria
Los procesos de la educación comunitaria durante las pasadas décadas asumieron el reto de acompañar y educar al pueblo, educándose con y por el pueblo en el fragor absorbente de aquella coyuntura.
Hoy, enfrentan los nuevos retos a partir de la experiencia acumulada. Los educadores(ras) comunitarios debemos preguntarnos, cuestionarnos con humildad y escuchar en el seno del pueblo y desde la experiencia compartida, las demandas, las angustias y las esperanzas que animan la vida del pueblo y ubicarnos en función de esa perspectiva.
Durante las décadas pasadas, el desarrollo de la conciencia y de la organización de los sectores populares se inscribían dentro de una estrategia de transformación, predefinida en su concepción y objetivos. El trabajo de educación comunitaria se asentaba en crear una cierta identidad en el pueblo y, así, incorporarlo a las tareas construcción y desarrollo de una alternativa comunitaria, cuyos rasgos estaban de alguna manera predefinidos por las fuerzas de transformación en nuestra sociedad.
Esto, consciente o inconscientemente, conllevaba al establecimiento de prioridades a favor de los sectores organizados, con mayor capacidad de protesta y de confrontación, o aquéllos con un alto potencial de serlo. De tal manera, se producía una dinámica de marginación o menosprecio de otros sectores sociales, por su carácter o valoración de inorgánico, lo cual contradecía en la práctica el propósito, implícito al menos, de sumar a las grandes mayorías a las tareas de transformación democrática y solidaria de nuestras realidades sociales.
En este contexto, en el ámbito de la educación popular, debemos estimular actitudes y prácticas concretas de pluralismo y de concertación en el seno de la clase popular y hacia los demás sectores de la sociedad. Hay que unirse al pueblo, aprender desde el encuentro con la praxis de los nuevos sujetos sociales. Es tarea urgente redefinir las tares de transformación a partir de la acción real de los sujetos y, por lo tanto, desde ahí, replantear y/o reconstruir las estructuras organizativas, los métodos de orientación o conducción y, las concepciones organizativas y de la práctica política y educativa. Surge la necesidad de darle una notable prioridad a los problemas de subsistencia y al impulso organizativo de la vida comunal y local, se impone la necesidad de una revisión crítica de nuestra práctica social.
Como una tarea prioritaria para enfrentar los retos la nueva etapa, hay que activar la sistematización de la experiencia anterior e impulsar la sistematización de las experiencias comunitarias actuales. La apropiación de estos procesos por parte de la gente se convierte en un factor de poder.
Una segunda tarea es la construcción teórica. Hay un desafío no sólo de sistematización concreta, sino también de proyectarla en términos de la construcción de una teoría que sustente las propuestas alternativas.
Una tercera tarea es lo ético. Construir y consolidar otra manera de ver el mundo, otros valores, otras convicciones, lo cual tiene una fuerza transformadora incomparable, como lo demuestran las grandes transformaciones históricas. Se trata de construir los fundamentos por los cuales miles de personas han sido y serán capaces de dar su vida. Construir y soñar hombre y mujeres nuevos en una sociedad solidaria y democrática, exige a los procesos de educación comunitaria y a los educadores comunitarios, plantearnos y vivir una nueva y distinta cultura, una nueva moral. Con la educación comunitaria no vamos a transformar el mundo, siempre va a ser un trabajo modesto, pero aún modesto debemos tratar que sea decisivo.
Hoy, enfrentan los nuevos retos a partir de la experiencia acumulada. Los educadores(ras) comunitarios debemos preguntarnos, cuestionarnos con humildad y escuchar en el seno del pueblo y desde la experiencia compartida, las demandas, las angustias y las esperanzas que animan la vida del pueblo y ubicarnos en función de esa perspectiva.
Durante las décadas pasadas, el desarrollo de la conciencia y de la organización de los sectores populares se inscribían dentro de una estrategia de transformación, predefinida en su concepción y objetivos. El trabajo de educación comunitaria se asentaba en crear una cierta identidad en el pueblo y, así, incorporarlo a las tareas construcción y desarrollo de una alternativa comunitaria, cuyos rasgos estaban de alguna manera predefinidos por las fuerzas de transformación en nuestra sociedad.
Esto, consciente o inconscientemente, conllevaba al establecimiento de prioridades a favor de los sectores organizados, con mayor capacidad de protesta y de confrontación, o aquéllos con un alto potencial de serlo. De tal manera, se producía una dinámica de marginación o menosprecio de otros sectores sociales, por su carácter o valoración de inorgánico, lo cual contradecía en la práctica el propósito, implícito al menos, de sumar a las grandes mayorías a las tareas de transformación democrática y solidaria de nuestras realidades sociales.
En este contexto, en el ámbito de la educación popular, debemos estimular actitudes y prácticas concretas de pluralismo y de concertación en el seno de la clase popular y hacia los demás sectores de la sociedad. Hay que unirse al pueblo, aprender desde el encuentro con la praxis de los nuevos sujetos sociales. Es tarea urgente redefinir las tares de transformación a partir de la acción real de los sujetos y, por lo tanto, desde ahí, replantear y/o reconstruir las estructuras organizativas, los métodos de orientación o conducción y, las concepciones organizativas y de la práctica política y educativa. Surge la necesidad de darle una notable prioridad a los problemas de subsistencia y al impulso organizativo de la vida comunal y local, se impone la necesidad de una revisión crítica de nuestra práctica social.
Como una tarea prioritaria para enfrentar los retos la nueva etapa, hay que activar la sistematización de la experiencia anterior e impulsar la sistematización de las experiencias comunitarias actuales. La apropiación de estos procesos por parte de la gente se convierte en un factor de poder.
Una segunda tarea es la construcción teórica. Hay un desafío no sólo de sistematización concreta, sino también de proyectarla en términos de la construcción de una teoría que sustente las propuestas alternativas.
Una tercera tarea es lo ético. Construir y consolidar otra manera de ver el mundo, otros valores, otras convicciones, lo cual tiene una fuerza transformadora incomparable, como lo demuestran las grandes transformaciones históricas. Se trata de construir los fundamentos por los cuales miles de personas han sido y serán capaces de dar su vida. Construir y soñar hombre y mujeres nuevos en una sociedad solidaria y democrática, exige a los procesos de educación comunitaria y a los educadores comunitarios, plantearnos y vivir una nueva y distinta cultura, una nueva moral. Con la educación comunitaria no vamos a transformar el mundo, siempre va a ser un trabajo modesto, pero aún modesto debemos tratar que sea decisivo.