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Los EE.UU., la OTAN y la inseguridad internacional


Sin la previa aprobación de su propio Congreso, los Estados Unidos invadieron Panamá el 20 de diciembre de 1989 en un acto de agresión condenado por la Organización de Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. Los Estados Unidos hicieron caso omiso a la exigencia de las citadas organizaciones de que las fuerzas invasoras cesaran el fuego y se retirasen de inmediato de suelo panameño. Contrariando a la comunidad internacional, los Estados Unidos continuaron su agresión armada contra Panamá, a la que sometieron durante varios años- a un vergonzoso régimen de ocupación.
Si consideramos que la ocupación es una de las varias modalidades que reviste la agresión, resulta claro que los Estados Unidos continuaron no solamente violando impunemente el derecho internacional, sino que mantuvieron, además, un desafiante y arrogante desacato y desprecio a la comunidad internacional jurídicamente organizada en la ONU. Cuando finalmente se fueron (¿se fueron?), dejaron a Panamá recolonizada, reorientada, reintervenida, rediseñada y amarrada a pactos contrarios al derecho internacional con la esperanza de imponer sus intereses estratégicos.
A los Estados Unidos (de más está decirlo) no le quita el sueño el orden jurídico internacional consagrado en la propia Carta de la ONU y el Derecho Internacional general, pero si dicha actitud fue especialmente sádica en el caso de Panamá para no mencionar Granada- las agresiones cometidas contra Irak, a partir de 1991, y las agresiones cometidas en la actualidad contra territorio yugoslavo, que parecen no terminar nunca, convierten a los Estados Unidos y a sus aliados cómplices en verdaderos matones, delincuentes internacionales (outlaws), profanadores y negadores (Kelsen) persistentes del derecho internacional: piedra de escándalo para la llamada conciencia universal.
Pese a que el caso de Irak fue debatido en el Consejo de Seguridad, el hecho cierto es que la propia autorización otorgada por este órgano (bajo el bastón de mando de los Estados Unidos e Inglaterra) para que una fuerza multinacional, encabezada por los Estados Unidos, empleara la fuerza contra Irak, constituía una violación de la propia Carta de la ONU. Pero es que, sobrepasando además el precario mandato, los Estados Unidos y sus aliados tomaron un sinnúmero de determinaciones, amparándose cínicamente en la ONU (su hojita de parra) que no constituían sino medidas unilaterales de carácter agresivo, carentes de legalidad, para someter de todas maneras a Saddam Hussein.
De tal forma, los Estados Unidos y sus compinches han llevado a cabo y ya de manera permanente- campañas de agresión contra Irak que violan su soberanía de modo flagrante. Nada de lo que se diga acerca de lo malo, lo feo y lo cruel de Saddam Hussein puede justificar las zonas de exclusión y los sempiternos ataques a instalaciones militares y civiles, así como a poblados, sitios diversos y monumentos históricos y religiosos de la antigua Mesopotamia.
El abuso, por parte de los Estados Unidos, de su predominio en el Consejo de Seguridad ha fructificado en un rosario de actos al margen de la Carta de la ONU que no parece tener fin a la vista.
No de ahora, sino de hace varios años, el gobierno norteamericano había estado amenazando a los serbios con el uso de la fuerza, y no dentro sino fuera del marco de la OTAN. La Secretaria de Estado, Madeleine Albright, profirió, con gestos altaneros, soberbios y prepotentes, que, con la OTAN o sin la OTAN, los Estados Unidos se reservaban el derecho a atacar a Yugoslavia. Tal como se lo hicieron con Libia en 1986. Cuando se le preguntó a esta tardía como vetusta Walkiria una dama presa de febriles obsesiones y traumas- su opinión acerca de la eventual actitud de Rusia, replicó que a ella le importaba un bledo lo que opinara Boris Yeltsin.
Al parecer, al Hermano Mayor no se le secará jamás la fuente de su ofensivo cinismo y de su satánica hipocresía. ¿En qué fuente jurídica fundamentan los norteamericanos su "derecho a reservarse el uso de la fuerza"? Que yo sepa, la única forma legítima de uso de la fuerza lo constituye la autodefensa en caso de agresión (Artículo 51 de la Carta de la ONU). Pero las fronteras de los Estados Unidos están a muchos miles de kilómetros de distancia de Irak y de Yugoslavia, y a ninguno de los agredidos se le ha ocurrido atacar a los Estados Unidos. Panamá, que fue agredida, ¿se ha atrevido alguna vez a agredir a los Estados Unidos? ¿Tenemos con qué agredir a los Estados Unidos? ¿Lo ha hecho Irak? ¿Lo ha hecho Serbia?
La inseguridad internacional que acosa al mundo a causa de los desmanes anglosajones y demás perritos falderos del imperialismo financiero y de la oligarquía transnacional va mucho más allá de las transgresiones norteamericanas a sus propias leyes y al derecho internacional: abarca también a la propia ONU, maltratada como los restos del gran Mamut que siempre fue y obligada a violarse a sí misma; a la pérfida OTAN, que ha violentado su propio estatuto con sus incursiones a Serbia y que actúa rampantemente al margen de la Organización de Naciones Unidas.
El Consejo de Seguridad hace mucho tiempo dejó de garantizar la paz y la seguridad internacionales. La actual situación de inseguridad jurídica internacional, en que ninguna frontera, ninguna soberanía y ninguna nación está a salvo de las iras del Olimpo, debe terminar, pues, ¿no fue esta inseguridad internacional la necesidad que quiso colmar la ONU con su fundación (1946) para "salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra"? ¿No fue esta inseguridad internacional la razón fundamental por la que se produjeron tanto la primera como la segunda guerra mundial?
Vamos entrando, pues, en las arenas movedizas de una nueva guerra. La comunidad internacional, no aquella en cuyo nombre actúa la gavilla usurpadora dentro del Consejo de Seguridad, sino la representada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, debe dar un alto a los desmanes militaristas de la OTAN.
América Latina debe colectivamente exigir un cese incondicional a la agresión, la retirada de las fuerzas de la OTAN, un arreglo pacífico que respete la soberanía y la libre determinación y la indemnización por los daños y perjuicios de la agresión. Panamá, nación agredida, nación no desagraviada, nación no indemnizada, tiene más que otros en la región- autoridad moral para exigir que cesen las agresiones.
Pensar que alguna vez se les llamó bárbaros a los hunos: ¡más bárbaros han resultado estos otros!

101 años de Panamá América

 
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