Los falsos moralistas
MARCO Porcio Catón, uno de los más grandes oradores romanos y el político más prominente de su época (232 a.C.-147 A.c.), trascendió a la filosofía por ser también uno de los mejores exponentes del estoicismo del tercer período. Famoso por su honestidad y su vida frugal, se ha dicho que su política consistía, a pesar de su fama, en el expolio y la represión de los pueblos que eran vencidos en la guerra. Jactábase del poder militar romano.
Legado de Catón es un compendio de sentencias morales intitulado De Moribus. Era un auténtico defensor de las tradiciones romanas que él estimaba estaban amenazadas por el contacto con el mundo helénico o griego. Entre tanto los escritores romanos escribían en griego, la historia relata que Catón lo hacía en latín. Es famosa la citación que se hace de este personaje: Catón, preocupado por la moral y la honestidad romana, se cuenta, se paseaba por las principales calles y vías de Roma luciendo en su pecho el siguiente letrero: "Yo soy Catón, el honesto". Aunque no he encontrado veracidad de esta anécdota, la misma suele ser muy citada.
Cada vez que se tilda a una persona de "catonista" o simplemente se le califica de "Catón", en el fondo lo que se quiere indicar no es otra cosa que censurar de ella la falsa moral, su falso sentido de la honestidad, su aparente ética personal.
Y es que la Patria parece estar en lo que atañe a la opinión pública, salvo algunas excepciones, en los últimos tiempos, dirigida por catones. Hablan de moral, de ética personal y profesional, publican y divulgan largas y extensas listas de personas honorables calificándolas de faltar a cierta ética profesional; denuncian los hechos y las acciones de los cuales ellos mismos son autores; se convierten por arte de birlibirloque en catones de la nación, como si el pueblo no los conociera, a los cuales, desde luego, el pueblo entero les tiene deparado el menosprecio, la censura de sus actos y la plena indiferencia. Para los catones del país no existen más moralistas que ellos; no hay más éticos que ellos mismos; ellos son los portadores del real código de la ética y de las buenas costumbres. Son falsos profetas de la honestidad y de la transparencia de la Patria. Andan de emisora en emisora, de medio en medio, hablando de ética y de honestidad. Cargan, parafraseando, el mismo letrero que en su pecho lucía Catón: "Yo soy el honesto", los demás no lo son. Sin embargo, se auto engañan, se mienten a sí mismos. Insisto, el país entero sabe, perfectamente, quiénes son, lo que han hecho, qué tipo o modo de vida han llevado, cómo marchan sus acciones y de cómo algunos de ellos han amasado gruesas fortunas a costas de personas que alguna vez confiaron en la supuesta solidez de una empresa financiera o en un banco y que, luego, dolosa y fraudulentamente, se dieron a la quiebra. Aunque no hayan perpetrado homicidios, están en deuda moral con lo que se han suicidado a consecuencia de haber visto burlados sus dineros y ser apropiados por verdaderos expoliadores, delincuentes de nuestro pueblo. Como son ellos los que no tienen moral ni ética, mucho menos honestidad ni transparencia que lucir ante la nación, ahora quieren enseñar al pueblo panameño y ser maestro de éste sobre cuestiones propias de la moral, la honestidad y la ética. Atacan, en consecuencia, a cuanto ciudadano honesto y transparente haya en la nación. Viven despotricando de la buena honra y moral de los demás. Se enquistan en puestos públicos o privados, o haciéndolo desde trincheras públicas, para gritar, exclamar de modo altisonante, y según ellos denunciando a hombres ya a mujeres sinceras, transparentes.
Son seres envidiosos, enemigos de la aristocracia del talento y de la capacidad innata que reposa en los espíritus de muchos hombres. No toleran la autocrítica y son seres soberbios, psicóticos, paranoicos, verdaderos filibusteros y traficantes de las buenas intenciones de hombres nobles a quienes intentan destituir su contextura moral. Critican todo y todo, del mismo modo, les parece malo, impropio, perverso, negativo, cuando en el fondo son ellos los malos, los negativos, los perversos, los soberbios, vanidosos, adoradores, como advierte Pablo Apóstol, de sí mismos. El dios de estos hombres es su propio ego, por ello los tales viven ensimismados en al altar de su propia egolatría. No toleran ni soportan el poder de la inteligencia, del estudio fecundo y coherente. Viven desactualizados y leyendo, a diario, el libro de la envidia y de la avaricia.
Algunos lectores se preguntarán en torno al porqué del presente escrito. Respondo: porque he querido denunciar a los catones -sus destinatarios sabrán- que autorizaron la publicación, por algún medio, de una supuesta lista negra de abogados antiéticos, en donde basta leer la misma para entender que hay dentro de ella abogados trabajadores, esforzados, estudiosos, litigantes permanentes, que ni siquiera han sido procesados por faltar a la ética profesional de la abogacía. Para otros el caso prescribió o simplemente no hay caso. En nuestro caso personal, publicaron mi nombre de un caso que no existe. Mi cliente, honrosa ciudadana, para colmo de los perversos catones que pululan en la nación, sigue siendo, honrosamente, mi cliente. Pero así son los catones, viven amasando y acariciando el mal. Dios se apiade de ellos. Como yo he dicho, yo cuido de mis amigos, porque de mis enemigos se ocupa Dios. Además, estos catones que tanto hablan de "presunción de inocencia", pisotearon sin consideración alguna, sin piedad, más que en mi caso, ese derecho de todas las personas cuyo nombre y dignidad han intentado manchar.
Legado de Catón es un compendio de sentencias morales intitulado De Moribus. Era un auténtico defensor de las tradiciones romanas que él estimaba estaban amenazadas por el contacto con el mundo helénico o griego. Entre tanto los escritores romanos escribían en griego, la historia relata que Catón lo hacía en latín. Es famosa la citación que se hace de este personaje: Catón, preocupado por la moral y la honestidad romana, se cuenta, se paseaba por las principales calles y vías de Roma luciendo en su pecho el siguiente letrero: "Yo soy Catón, el honesto". Aunque no he encontrado veracidad de esta anécdota, la misma suele ser muy citada.
Cada vez que se tilda a una persona de "catonista" o simplemente se le califica de "Catón", en el fondo lo que se quiere indicar no es otra cosa que censurar de ella la falsa moral, su falso sentido de la honestidad, su aparente ética personal.
Y es que la Patria parece estar en lo que atañe a la opinión pública, salvo algunas excepciones, en los últimos tiempos, dirigida por catones. Hablan de moral, de ética personal y profesional, publican y divulgan largas y extensas listas de personas honorables calificándolas de faltar a cierta ética profesional; denuncian los hechos y las acciones de los cuales ellos mismos son autores; se convierten por arte de birlibirloque en catones de la nación, como si el pueblo no los conociera, a los cuales, desde luego, el pueblo entero les tiene deparado el menosprecio, la censura de sus actos y la plena indiferencia. Para los catones del país no existen más moralistas que ellos; no hay más éticos que ellos mismos; ellos son los portadores del real código de la ética y de las buenas costumbres. Son falsos profetas de la honestidad y de la transparencia de la Patria. Andan de emisora en emisora, de medio en medio, hablando de ética y de honestidad. Cargan, parafraseando, el mismo letrero que en su pecho lucía Catón: "Yo soy el honesto", los demás no lo son. Sin embargo, se auto engañan, se mienten a sí mismos. Insisto, el país entero sabe, perfectamente, quiénes son, lo que han hecho, qué tipo o modo de vida han llevado, cómo marchan sus acciones y de cómo algunos de ellos han amasado gruesas fortunas a costas de personas que alguna vez confiaron en la supuesta solidez de una empresa financiera o en un banco y que, luego, dolosa y fraudulentamente, se dieron a la quiebra. Aunque no hayan perpetrado homicidios, están en deuda moral con lo que se han suicidado a consecuencia de haber visto burlados sus dineros y ser apropiados por verdaderos expoliadores, delincuentes de nuestro pueblo. Como son ellos los que no tienen moral ni ética, mucho menos honestidad ni transparencia que lucir ante la nación, ahora quieren enseñar al pueblo panameño y ser maestro de éste sobre cuestiones propias de la moral, la honestidad y la ética. Atacan, en consecuencia, a cuanto ciudadano honesto y transparente haya en la nación. Viven despotricando de la buena honra y moral de los demás. Se enquistan en puestos públicos o privados, o haciéndolo desde trincheras públicas, para gritar, exclamar de modo altisonante, y según ellos denunciando a hombres ya a mujeres sinceras, transparentes.
Son seres envidiosos, enemigos de la aristocracia del talento y de la capacidad innata que reposa en los espíritus de muchos hombres. No toleran la autocrítica y son seres soberbios, psicóticos, paranoicos, verdaderos filibusteros y traficantes de las buenas intenciones de hombres nobles a quienes intentan destituir su contextura moral. Critican todo y todo, del mismo modo, les parece malo, impropio, perverso, negativo, cuando en el fondo son ellos los malos, los negativos, los perversos, los soberbios, vanidosos, adoradores, como advierte Pablo Apóstol, de sí mismos. El dios de estos hombres es su propio ego, por ello los tales viven ensimismados en al altar de su propia egolatría. No toleran ni soportan el poder de la inteligencia, del estudio fecundo y coherente. Viven desactualizados y leyendo, a diario, el libro de la envidia y de la avaricia.
Algunos lectores se preguntarán en torno al porqué del presente escrito. Respondo: porque he querido denunciar a los catones -sus destinatarios sabrán- que autorizaron la publicación, por algún medio, de una supuesta lista negra de abogados antiéticos, en donde basta leer la misma para entender que hay dentro de ella abogados trabajadores, esforzados, estudiosos, litigantes permanentes, que ni siquiera han sido procesados por faltar a la ética profesional de la abogacía. Para otros el caso prescribió o simplemente no hay caso. En nuestro caso personal, publicaron mi nombre de un caso que no existe. Mi cliente, honrosa ciudadana, para colmo de los perversos catones que pululan en la nación, sigue siendo, honrosamente, mi cliente. Pero así son los catones, viven amasando y acariciando el mal. Dios se apiade de ellos. Como yo he dicho, yo cuido de mis amigos, porque de mis enemigos se ocupa Dios. Además, estos catones que tanto hablan de "presunción de inocencia", pisotearon sin consideración alguna, sin piedad, más que en mi caso, ese derecho de todas las personas cuyo nombre y dignidad han intentado manchar.