Los fracasos escolares
La elevada cantidad de fracasos escolares que aparecen, en cifras publicadas en un recién informe de fin de año del Ministerio de Educación, revela claramente que el sistema educativo debe ser revisado y reformado, porque no responde a las exigencias de nuestro tiempo. El propósito de la escuela es enseñar a nuestros jóvenes las actitudes y aptitudes que les permitan desarrollarse como ciudadanos participativos y productivos en el mundo de hoy; y si al final de un año académico tenemos un numeroso grupo de alumnos que no han cubierto los elementos esenciales mínimos, para aprobar sus asignaturas, existe algún problema grave, que requiere de una inmediata corrección.
Lo primero que salta a la vista, cuando analizamos el proceso enseñanza-aprendizaje que se lleva a cabo en el salón de clases, es la ausencia de métodos que despierten en el alumno la curiosidad y mantengan su atención. Han pasado los años y todavía el tablero y la tiza siguen siendo los instrumentos más usados, el educador continúa utilizando la tarima desde la que pretende dirigir a sus estudiantes como si se tratara de un coro, los libros no son atractivos y los laboratorios, si existen, no están bien equipados o no se utilizan con la frecuencia necesaria. Los exámenes están mal diseñados, de manera que no evalúan correctamente el avance logrado, y muchos profesores y maestros resultan tan aburridos en sus exposiciones que motivan muy poco interés en sus materias.
Esta lamentable situación le está costando al Estado una gran cantidad de recursos económicos, pues cada fracaso de un estudiante significa la pérdida de tiempo, dinero y energía invertida en su educación. Si calculamos el costo por estudiante, que en primaria ronda en los trescientos balboas al año, y lo multiplicamos por el número de fracasados, obtendremos cifras que asustarían a todos los contribuyentes que con sus impuestos mantienen el sistema para que eduque y no para que fracase.
Al diseñar un programa de enseñanza moderno, hay que tener bien presente que estamos en la era de la televisión y la computadora. El vivo lenguaje gráfico ha reemplazado la letra mortesina, y la rapidez con que se proyectan las imágenes no deja espacio para perder el tiempo en palabrería vacía. Los métodos informales de educación a través de los medios de comunicación, ofrecen una capacitación inmediata que en muchos casos supera la lentitud acostumbrada en un salón de clases que continúa al mismo ritmo de la época colonial.
Tenemos que modernizar nuestra educación. Seguimos perdiendo el tiempo en discusiones estériles sobre posiciones partidistas o en luchas exclusivamente gremialistas que paralizan el necesario y esperado cambio de contenidos y métodos. Los resultados los estamos viendo en las pobres calificaciones que están obteniendo nuestros jóvenes tanto en sus fracasos en Panamá, como en los concursos internacionales donde lamentablemente mostramos ante el mundo una deficiente formación académica a pesar de contar con panameños y panameñas que destacan por su inteligencia natural.
Lo primero que salta a la vista, cuando analizamos el proceso enseñanza-aprendizaje que se lleva a cabo en el salón de clases, es la ausencia de métodos que despierten en el alumno la curiosidad y mantengan su atención. Han pasado los años y todavía el tablero y la tiza siguen siendo los instrumentos más usados, el educador continúa utilizando la tarima desde la que pretende dirigir a sus estudiantes como si se tratara de un coro, los libros no son atractivos y los laboratorios, si existen, no están bien equipados o no se utilizan con la frecuencia necesaria. Los exámenes están mal diseñados, de manera que no evalúan correctamente el avance logrado, y muchos profesores y maestros resultan tan aburridos en sus exposiciones que motivan muy poco interés en sus materias.
Esta lamentable situación le está costando al Estado una gran cantidad de recursos económicos, pues cada fracaso de un estudiante significa la pérdida de tiempo, dinero y energía invertida en su educación. Si calculamos el costo por estudiante, que en primaria ronda en los trescientos balboas al año, y lo multiplicamos por el número de fracasados, obtendremos cifras que asustarían a todos los contribuyentes que con sus impuestos mantienen el sistema para que eduque y no para que fracase.
Al diseñar un programa de enseñanza moderno, hay que tener bien presente que estamos en la era de la televisión y la computadora. El vivo lenguaje gráfico ha reemplazado la letra mortesina, y la rapidez con que se proyectan las imágenes no deja espacio para perder el tiempo en palabrería vacía. Los métodos informales de educación a través de los medios de comunicación, ofrecen una capacitación inmediata que en muchos casos supera la lentitud acostumbrada en un salón de clases que continúa al mismo ritmo de la época colonial.
Tenemos que modernizar nuestra educación. Seguimos perdiendo el tiempo en discusiones estériles sobre posiciones partidistas o en luchas exclusivamente gremialistas que paralizan el necesario y esperado cambio de contenidos y métodos. Los resultados los estamos viendo en las pobres calificaciones que están obteniendo nuestros jóvenes tanto en sus fracasos en Panamá, como en los concursos internacionales donde lamentablemente mostramos ante el mundo una deficiente formación académica a pesar de contar con panameños y panameñas que destacan por su inteligencia natural.