Los hombres también lloran
En días pasados, en un evento de trascendental importancia para los panameños, se dio un discurso que ha sido criticado tanto por su contenido como por la forma en que fue presentado. Me refiero al discurso del Lic. Jerry Wilson, Presidente de la Asamblea de Diputados el día de la toma de posesión del nuevo gobierno.
No voy hacer un análisis del texto del mismo; sin embargo, sólo una observación. Me parece que todo discurso político antes de su emisión, debe ser revisado por un personal facultado para estos menesteres.
Nuestro problema, ahora y siempre, es que decidimos de antemano qué momentos son valiosos y cuáles son "comunes y corrientes", y de esa manera reprimimos el movimiento mismo de la espiritualidad que buscamos. Equiparamos lo simple con lo banal y resultamos sintiendo lástima por nuestra sencilla humanidad, es por ello que: "para llorar no hay momento, tiempo ni lugar, no está programado, es una situación espontánea".
Lo cierto es que los hombres, en comparación con las mujeres, pagan un precio muy alto cuando expresan por medio del llanto la fuerza y el significado de su propia existencia y por mantener una actitud de serenidad que muchas veces están lejos de sentir. Acepta el dolor emocional como una realidad inevitable de la vida. De hecho, lo toma como un estímulo indispensable para cambiar. Esto no quiere decir que pida el dolor para ser lastimado, sino que comprende que ese dolor significa no sólo incomodidad, pero también se puede utilizar como una fuerza positiva para crecer en el aspecto humano.
Una vida sin dolor, si fuera posible una vida así, no sería más que una vida en parte, porque el dolor y la alegría están interrelacionados, a veces dependientes uno del otro y, en ciertas circunstancias, uno crece a partir del otro.
La serenidad visible de un hombre puede ser mayor, pero también lo es el precio de conservarla. El hombre está habituado a reprimir sus sentimientos y no acostumbra a hablar de cuestiones emotivas. Se les enseña desde pequeños que es un acto poco varonil. Y, que el llanto le corresponde sólo a las mujeres. Pero, si observamos a los niños y niñas en un jardín de infancia, nos encontraríamos con algo muy distinto, probablemente no habría ninguna diferencia entre los sexos, y si uno de los dos llorase más, sería el masculino.
La verdad es que las emociones afectan a las mujeres tanto como a los hombres, y esta condición no está limitada al laboratorio.
Hay situaciones en la vida de toda persona que causan estrés, pero las hay que son más emotivas que otras, ya sea por los recuerdos, al presentarse a un examen, el participar en una competición deportiva, o por el papel protagónico del momento.
Estoy de acuerdo en que en algunas situaciones necesitamos mostrarnos comprensivos y consoladores y emotivos, y en otras tenemos que ser enérgicos, independientes y con un control sabio de las emociones. También puede darse el caso de que atenerse demasiado rígidamente a tales estereotipos restrinja nuestra capacidad de hacer frente a ciertos aspectos importantes de la vida, lo que nos hace más vulnerables a las crisis de diversa índole.
Me parece oportuno destacar ciertos aspectos sobre nuestra gran falta de respeto y tolerancia. Esta situación se da a todos los niveles: entre profesionales, sin importar el nivel educativo; entre los miembros de una familia; entre amigos y colegas. En fin, estamos sumidos en la cultura de la burla, del irrespeto, de los gritos, de la venganza, del desenfreno, y de los sobrenombres. Y, después nos quejamos del por qué de tanta violencia, maltrato, pobreza de espíritu, delincuencia, etc.
El poner sobrenombres a los personajes que se mueven en el acontecer nacional es en verdad deplorable. No comulgo bajo ninguna circunstancia en este comportamiento que es una falta de consideración hacia la persona misma. Y, me parece aberrante cuando esta situación se da en un profesional del periodismo.
He escuchado muestras de pesar por la actitud del Sr. Wilson ante los invitados especiales, aquellos que tienen que ver con las directrices de su país al que representan, y que (no todos) hacen llorar a diario a miles de niños, mujeres y hombres con sus políticas de miedo abriendo un enorme orificio en el corazón de América y el de las muchas otras naciones que no concuerdan con su retórica malévola de sus pensamientos y acciones. Ojalá que a ellos les diera por llorar por la constante destrucción de la vida misma y nosotros por los problemas que nos aquejan no estamos como para reír.
(emiliani@cwpanama.net)
No voy hacer un análisis del texto del mismo; sin embargo, sólo una observación. Me parece que todo discurso político antes de su emisión, debe ser revisado por un personal facultado para estos menesteres.
Nuestro problema, ahora y siempre, es que decidimos de antemano qué momentos son valiosos y cuáles son "comunes y corrientes", y de esa manera reprimimos el movimiento mismo de la espiritualidad que buscamos. Equiparamos lo simple con lo banal y resultamos sintiendo lástima por nuestra sencilla humanidad, es por ello que: "para llorar no hay momento, tiempo ni lugar, no está programado, es una situación espontánea".
Lo cierto es que los hombres, en comparación con las mujeres, pagan un precio muy alto cuando expresan por medio del llanto la fuerza y el significado de su propia existencia y por mantener una actitud de serenidad que muchas veces están lejos de sentir. Acepta el dolor emocional como una realidad inevitable de la vida. De hecho, lo toma como un estímulo indispensable para cambiar. Esto no quiere decir que pida el dolor para ser lastimado, sino que comprende que ese dolor significa no sólo incomodidad, pero también se puede utilizar como una fuerza positiva para crecer en el aspecto humano.
Una vida sin dolor, si fuera posible una vida así, no sería más que una vida en parte, porque el dolor y la alegría están interrelacionados, a veces dependientes uno del otro y, en ciertas circunstancias, uno crece a partir del otro.
La serenidad visible de un hombre puede ser mayor, pero también lo es el precio de conservarla. El hombre está habituado a reprimir sus sentimientos y no acostumbra a hablar de cuestiones emotivas. Se les enseña desde pequeños que es un acto poco varonil. Y, que el llanto le corresponde sólo a las mujeres. Pero, si observamos a los niños y niñas en un jardín de infancia, nos encontraríamos con algo muy distinto, probablemente no habría ninguna diferencia entre los sexos, y si uno de los dos llorase más, sería el masculino.
La verdad es que las emociones afectan a las mujeres tanto como a los hombres, y esta condición no está limitada al laboratorio.
Hay situaciones en la vida de toda persona que causan estrés, pero las hay que son más emotivas que otras, ya sea por los recuerdos, al presentarse a un examen, el participar en una competición deportiva, o por el papel protagónico del momento.
Estoy de acuerdo en que en algunas situaciones necesitamos mostrarnos comprensivos y consoladores y emotivos, y en otras tenemos que ser enérgicos, independientes y con un control sabio de las emociones. También puede darse el caso de que atenerse demasiado rígidamente a tales estereotipos restrinja nuestra capacidad de hacer frente a ciertos aspectos importantes de la vida, lo que nos hace más vulnerables a las crisis de diversa índole.
Me parece oportuno destacar ciertos aspectos sobre nuestra gran falta de respeto y tolerancia. Esta situación se da a todos los niveles: entre profesionales, sin importar el nivel educativo; entre los miembros de una familia; entre amigos y colegas. En fin, estamos sumidos en la cultura de la burla, del irrespeto, de los gritos, de la venganza, del desenfreno, y de los sobrenombres. Y, después nos quejamos del por qué de tanta violencia, maltrato, pobreza de espíritu, delincuencia, etc.
El poner sobrenombres a los personajes que se mueven en el acontecer nacional es en verdad deplorable. No comulgo bajo ninguna circunstancia en este comportamiento que es una falta de consideración hacia la persona misma. Y, me parece aberrante cuando esta situación se da en un profesional del periodismo.
He escuchado muestras de pesar por la actitud del Sr. Wilson ante los invitados especiales, aquellos que tienen que ver con las directrices de su país al que representan, y que (no todos) hacen llorar a diario a miles de niños, mujeres y hombres con sus políticas de miedo abriendo un enorme orificio en el corazón de América y el de las muchas otras naciones que no concuerdan con su retórica malévola de sus pensamientos y acciones. Ojalá que a ellos les diera por llorar por la constante destrucción de la vida misma y nosotros por los problemas que nos aquejan no estamos como para reír.
(emiliani@cwpanama.net)