Los imanes criollos
Hay que descubrir, como deber imperativo, qué hay detrás de los discursos políticos. Entretejidos en miles de marañas y cuidadosamente seleccionadas las palabras, estos discursos tienen el poder de enervar muchas inteligencias y el efecto de arrastrar a no pocos ingenuos. El hombre prudente, que sin enlistarse en los partidos políticos o sin formar parte de conglomerados de posiciones políticas, cree en la necesidad de reformar las cosas inherentes al Estado, presta atención a la hoja de vida de los candidatos; discierne qué hay en las formas y en los contenidos de esos discursos. Muchos de ellos, plagados de una demagogia perversa, pusilánime, genuflexa, distorsionan realidades, tuercen el sentido de las cosas, indisponen desprestigiando con mentiras a otros actores de la vida política nacional, presentan lo bueno como malo y lo malo como bueno, y, muchas veces, sin que ellos mismos se percaten, caen en profundas contradicciones en lo que han dicho días atrás o en algún momento de sus vidas, frente a lo que sostienen en el presente.
Esto sólo se puede advertir, dándole seguimiento a los actores de la vida política nacional. Se ha dicho, por allí que el pueblo panameño olvida muy rápido. Tal vez no sea así. Tal vez acontezca que nuestro pueblo, simple y sencillamente, quiere seguir creyendo, que no quiere perder la fe en sus políticos. Así, pues, el político que ayer defraudó, decepcionó, o de una u otra manera estuvo relacionado en escándalos de corrupción, pasan unos cuantos años, y vuelve a presentarse a la palestra pública con un discurso de moral, de ética, de un supuesto adecentamiento de la cosa pública, pero que no puede sustentar conforme a su hoja de vida o a sus antecedentes.
Pero el pueblo lo escucha, les presta atención y saca sus propias conclusiones dependiendo del nivel de estudio, de instrucción o de reflexión que tenga. Unos condenan, otros aplauden, y no faltarán quienes, simplemente, observen y nada digan. Pero, hay una masa silenciosa, un pueblo poderoso, que se mueve, que camina, que vive a diario los problemas que agobian a los humildes del país, y que sabe, aunque no lo diga, cómo emitir el voto o cómo juzgar a los falsos profetas y a los fariseos de la política criolla. Esa es la masa que preocupa a los políticos. No aquella que se encuentra inscrita en un partido, sino aquella que es meditabunda, parsimoniosa en apariencia, callada en principio; pero que contiene, siendo ella su propio dique, una fuerza poderosa, un magnetismo impresionante, que arrasa toda encuesta o todo criterio de normación política.
En conclusión, tenemos que desnudar a los fariseos, lanzar del templo de la política seria y moral, a quienes trafican a través del comercio, en el templo de la cosa del Estado y del pueblo, ideas plagadas de promesas ilusas o de soluciones quiméricas. No podemos, en conclusión, seguir el juego de los discursos hipócritas y creyendo en imanes que prometen resolverlo todo.
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