Los inmigrantes
El verano pasado estuve dos semanas estudiando español en San Miguel de Allende, una ciudad de 50.000 habitantes a unas tres horas al norte de Ciudad México. En esta región comenzó la lucha contra España por la independencia en 1810.
Como parte de mi programa de estudios viví con una familia y traté mayormente con mexicanos. Pero, gracias a su fama como centro artístico, a San Miguel se han mudado muchos norteamericanos ricos, alrededor de 5.000.
Mi maestro de español dice que los mexicanos se quejan que los norteamericanos en San Miguel rara vez aprenden español o tratan con la gente del pueblo.
La situación me hizo gracia porque me recordó a aquellos
norteamericanos que se molestan por los mexicanos que se vienen a Estados Unidos y no aprenden a hablar inglés. Me pregunto qué pensarán de los estadounidenses que viven en San Miguel de Allende y no se molestan en aprender a hablar español.
Una noche un amigo y yo cenamos con tres estudiantes de la
Universidad de Guanajuato. Discutimos el asunto de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos y les dije que pienso que nuestro gobierno se ha comportado horriblemente mal, tratando como criminales a los mexicanos que van al norte a ganarse la vida y a mejorar las condiciones de su familia.
Agregué que los verdaderos criminales son los jueces, los fiscales y los funcionarios de inmigración que meten a los mexicanos en la cárcel, así como los legisladores que aprueban espantosas las leyes contra la inmigración.
Los estudiantes me miraron estupefactos. De repente, una de las muchachas empezó a llorar. El novio me explicó: "Odiamos la manera en que tu país ha tratado a nuestro pueblo y nunca habíamos oído a un americano hablar como tú".
Es imposible no impresionarse ante la pobreza que se ve por todo México. Desgraciadamente, el pueblo mexicano no puede hacer frente a la causa: la injerencia masiva del Estado en la vida y la suerte de cada uno.
Existe una sola solución para la pobreza: prohibir que el Estado trate de combatirla, es decir, poner fin a la injerencia estatal en la enseñanza, el seguro social, el cuidado médico y la economía, así como a todos los impuestos, la inflación y los reglamentos que aquellos suponen. Pero al mexicano promedio le resulta muy difícil aceptar un remedio tan drástico.
Lo irónico del caso es que el pueblo norteamericano se beneficia de las dificultades económicas de México. Nuestro país sigue atrayendo a mucho de lo mejor de la juventud mexicana. Son gente dispuesta a dejar a su familia y amistades, a todo lo que le es conocido, hasta arriesgar la vida por la esperanza de asegurarse un mejor futuro. Poseen todos los atributos que una nación debería atesorar: son valientes, trabajadores, emprendedores, ahorradores, respetuosos amantes de su familia, religiosos y humildes. Claro está, que la pérdida de México es nuestra ganancia.
Como parte de mi programa de estudios viví con una familia y traté mayormente con mexicanos. Pero, gracias a su fama como centro artístico, a San Miguel se han mudado muchos norteamericanos ricos, alrededor de 5.000.
Mi maestro de español dice que los mexicanos se quejan que los norteamericanos en San Miguel rara vez aprenden español o tratan con la gente del pueblo.
La situación me hizo gracia porque me recordó a aquellos
norteamericanos que se molestan por los mexicanos que se vienen a Estados Unidos y no aprenden a hablar inglés. Me pregunto qué pensarán de los estadounidenses que viven en San Miguel de Allende y no se molestan en aprender a hablar español.
Una noche un amigo y yo cenamos con tres estudiantes de la
Universidad de Guanajuato. Discutimos el asunto de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos y les dije que pienso que nuestro gobierno se ha comportado horriblemente mal, tratando como criminales a los mexicanos que van al norte a ganarse la vida y a mejorar las condiciones de su familia.
Agregué que los verdaderos criminales son los jueces, los fiscales y los funcionarios de inmigración que meten a los mexicanos en la cárcel, así como los legisladores que aprueban espantosas las leyes contra la inmigración.
Los estudiantes me miraron estupefactos. De repente, una de las muchachas empezó a llorar. El novio me explicó: "Odiamos la manera en que tu país ha tratado a nuestro pueblo y nunca habíamos oído a un americano hablar como tú".
Es imposible no impresionarse ante la pobreza que se ve por todo México. Desgraciadamente, el pueblo mexicano no puede hacer frente a la causa: la injerencia masiva del Estado en la vida y la suerte de cada uno.
Existe una sola solución para la pobreza: prohibir que el Estado trate de combatirla, es decir, poner fin a la injerencia estatal en la enseñanza, el seguro social, el cuidado médico y la economía, así como a todos los impuestos, la inflación y los reglamentos que aquellos suponen. Pero al mexicano promedio le resulta muy difícil aceptar un remedio tan drástico.
Lo irónico del caso es que el pueblo norteamericano se beneficia de las dificultades económicas de México. Nuestro país sigue atrayendo a mucho de lo mejor de la juventud mexicana. Son gente dispuesta a dejar a su familia y amistades, a todo lo que le es conocido, hasta arriesgar la vida por la esperanza de asegurarse un mejor futuro. Poseen todos los atributos que una nación debería atesorar: son valientes, trabajadores, emprendedores, ahorradores, respetuosos amantes de su familia, religiosos y humildes. Claro está, que la pérdida de México es nuestra ganancia.