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Los inquilinos de San Felipe


Cuando se conoció que la UNESCO había proclamado al Casco Antiguo de San Felipe como parte del patrimonio histórico de la Humanidad fue previsible que la restauración permanente y sistemática de las casas del sector requería la presencia de inquilinos con capacidad para invertir en mejoras habitacionales. Pero igualmente se previó que se iba a necesitar una política de vivienda de aliento social que pudiera propiciar la reubicación de los vecinos en otras áreas, bajo condiciones decorosas para familias de bajos ingresos.
Sin embargo, el manejo del problema a escala estatal muestra que el Ministerio de Vivienda no ha encontrado aún fórmulas satisfactorias para los residentes de San Felipe. Hay quejas de lanzamientos de viejos inquilinos, sin haberse resuelto el traslado a otras zonas previamente consultadas y aceptadas por los vecinos. Sería lamentable que el rescate arquitectónico de la histórica barriada se empañe por la carencia de una política que no debiera ser estrictamente urbanística, sino más bien una especie de asistencia humanitaria. Recuérdese que la realidad de los actuales alquileres en la ciudad capital no es la misma que enmarcó la época en que aquellos vecinos se fueron a vivir a San Felipe, muchos años atrás.
En los hechos, el renacimiento de San Felipe ha desembocado en la decadencia del antiguo vecindario. Los nuevos vecinos han recibido los beneficios de una ley que exonera impuestos directos a quienes invierten en la restauración de las viviendas adquiridas recientemente en el Casco Viejo. Paralelamente ha subido el valor de los inmuebles del área, al ritmo de las inversiones en restauraciones, descongelándose el mercado de bienes raíces. El auge inmobiliario es inobjetable, excepto por el marcado contraste entre los alicientes tributarios a los recién llegados a San Felipe y la desprotección a los que radicaron allí largo tiempo y se ven en la difícil coyuntura de emigrar sabe Dios a qué lugar de la ciudad.
A menudo el modernismo turístico incurre en situaciones deshumanizadoras, como es este caso de desprotección a los residentes históricos de San Felipe. Puede existir un aceptable equilibrio entre desarrollo turístico y compromiso social. Tengamos presente que los actuales vecinos, no obstante sus limitaciones económicas, fueron leales al Casco Antiguo; allí se radicaron, fundaron familias, y, de alguna manera, impidieron que desapareciera la fisonomía histórica de la barriada. La lealtad a San Felipe y su condición de panameños de origen popular son razones suficientes para que las autoridades atiendan con dignidad y generosidad sus reclamos a una nueva vivienda.

101 años de Panamá América

 
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