default

Los intelectuales y el capitalismo


Madrid (AIPE)- Llama la atención la multitud de intelectuales que se oponen al sistema capitalista. Incluyo en "intelectuales" los que utilizan la palabra como instrumento, novelistas, filósofos, periodistas, historiadores, economistas, sociólogos, profesores. Siendo el sistema de mercado el que mejor les permite ejercer su vocación con libertad de expresión, con independencia económica, y ante un público numeroso y sensible, no sólo critican sus pequeños fallos, lo que es de agradecer porque son muchos, sino que lo denuncian como un sistema inmoral e injusto. Para una mayoría, hay que soportar el capitalismo democrático como mal menor, sólo porque una larga experiencia ha demostrado la inoperancia de las utopías propuestas para substituirlo.
Los hechos no avalan la afirmación de que la economía de mercado enriquece a los ricos a costa de empobrecer a los pobres; la evolución histórica parece haber puesto en cuestión la tercera vía socialdemócrata, especialmente en su versión sueca; el sistema de pensiones de reparto está quebrado; la globalización, lejos de uniformizar la cultura como lo hacían los grandes Estados decimonónicos, está dando lugar a un renuevo multicultural. Si esto es así, cabe preguntarse por qué tanta enemistad de los intelectuales contra el capitalismo democrático.
La explicación más corriente del anti-capitalismo de los intelectuales es que muchos de ellos viven del dinero público. Me parece incompleta e inaplicable a gran parte. Los profesores universitarios no necesitan venderse para conseguir los favores de quienes les dan empleo, gracias a la libertad de cátedra protegida por las Constituciones. Los periodistas trabajan en su mayoría para empresas privadas. Todo lo más, ese argumento crematístico podría quizá explicar la actitud favorable a las subvenciones públicas de pintores, actores, cineastas, escultores, que he dejado fuera de mi definición de "intelectuales", no de los trabajadores de la palabra que se benefician de la competencia económica entre editoriales, cadenas de televisión, publicaciones periódicas, empresas mercantiles.
Robert Nozick, el filósofo del anarco-capitalismo, propone otra explicación del disgusto de los intelectuales ante la "anarquía" del mercado. Sugiere que los trabajadores de la palabra suelen formar su concepción del éxito durante su educación escolar. En el colegio y la universidad, las buenas notas son distribuidas por la autoridad central del maestro y se consiguen con capacidades que no son las que luego confieren el éxito en la vida. Las personas dotadas para el estudio no suelen ser empresarios afortunados, sobre todo cuando no se necesita favor político para triunfar. El intelectual, especialmente el de "letras", no suele fundar empresas multimillonarias pese a haber ganado premios escolares. En la escuela, las mayores recompensas coronan a los más hábiles en el uso de las palabras y las conceden autoridades visibles. No así en el mercado, un mecanismo de oportunidades anónimas.
Aunque el juego de los intereses pueda explicar el anticapitalismo de algunos intelectuales, creo que en el caso de los mejores hay que añadir otra explicación más noble. Muchos trabajadores de la palabra no se quejan tanto de su propia situación como de la de los que malganan su vida meritoriamente mientras triunfan quienes han tenido suerte o habilidad: rechazan el capitalismo porque, según su criterio, distribuye mal las rentas y las riquezas. Defienden una sociedad que recompensara el mérito, en la que la distribución respondiese al esfuerzo y capacidad intelectual de los individuos.
Los moralistas han propuesto a lo largo de la historia de la humanidad diferentes criterios de distribución: la estricta igualdad de ingresos, la distribución según las necesidades de cada uno, la recompensa del mérito moral. Es curioso que esta última forma de distribución, también llamada meritocracia o igualdad de oportunidades, resulte ser una de las menos igualitarias, aunque por conceder primacía a los más dotados para los estudios, sea la más defendida por quienes manejan la pluma.
Una sociedad capitalista recompensa a los individuos en la medida en que
sirven los deseos de los demás expresados a través del mercado: sólo hay que
atender a lo justo del procedimiento. Es cierto que, a menudo, el crear
ocasiones de beneficio en el mercado exige laboriosidad, constancia,
conocimientos, ingenio. Pero no es eso lo que premia el capitalismo, sino el
acierto en satisfacer a nuestros semejantes, en crear valor descubriendo lo
que están dispuestos a comprar. ¡Qué vulgaridad! (c) http://www.aipenet.com
Columnista del diario La Vanguardia, Barcelona.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América