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Los invisibles


“De los seis a los diez años trabajé para una gran finca. Me levantaba a las cuatro de la mañana, cuidaba de las vacas, las alimentaba y las llevaba hasta el corral, buscaba leña en el monte y no paraba en todo el día. Por eso no pude ir mucho a la escuela. A los 11 años nos fuimos a la ciudad, mi hermana de 12 años trabajaba de sirvienta, yo cuidaba autos, en mi primer día otro pelao dijo que yo estaba sacándole su puesto y me tiró un vidrio, que me rompió la frente. Por momentos me sentía maltratado y rechazado” (Testimonio de Ángel).

Muchas personas los han invisibilizados, pues para ellos no se trata de un problema serio o simplemente no está en las páginas amarillas, no existe. El hecho que muchos niños y niñas se partan el alma como vendedores callejeros informales en esquinas o avenidas, hagan servicio doméstico, pidan limosnas, limpien zapatos, pepenen basura, recojan café, corten cañas, limpien potreros, pesquen o buceen en mares y ríos, es tratado con ambigüedad por muchos adultos que por una parte perciben el trabajo como positivo, pues los forma y educa como aprendizaje para el futuro, sin caer en cuenta que las prácticas cónsonas con la edad como es la educación, el juego y la recreación son las que fortalecen las capacidades cognitivas y emocionales de los niños y niñas. Otros adultos incluso desvían la esencia del problema culpabilizando solo a las propias víctimas o sus familias.

Cuando se trata de niñez envuelta en actividades como tráfico de drogas o el comercio sexual definitivamente llama más la atención, pero muchas veces los adultos indolentes los separan de las formas más “normales” de explotación, sin percibir la intima relación que existe entre todas estas formas de trabajo infantil.

El Convenio 138 de la OIT, define bien el trabajo infantil, como toda actividad económica en cualquier forma de condición laboral (asalariado, independiente, familiar no remunerado, y otras) realizada por niños o niñas, es decir personas menores de 14 años de edad, que les impide desarrollarse dignamente; restringe su participación y derecho a la educación; y causa perjuicios en su salud, su condición física, mental, moral y espiritual

El trabajo infantil es una forma de explotación ilícita, que no está aislada de nuestra realidad. El caldo de cultivo es la pobreza y exclusión rural, indígena y urbana que azota al país, a miles de familias y comunidades pobres, en el marco de ser unos de los países con mayor desigualdad en el continente. A esto se suma la debilidad de las políticas públicas para prevenir el problema. Entre ellas las limitadas posibilidades de acceso a una educación pública de calidad, pues la educación sería una parte importante de la solución. Cuenta también en el problemas el desconocimiento de las propias familias de los riesgos y peligros a que es expuesta la niñez que realiza estas actividades, así como el enfoque equivocado del problema y la revictimización aplicados por algunos medios de comunicación.

Solo a través de una propuesta de desarrollo nacional equitativa e incluyente, dotada de políticas públicas efectivas y participativas, de cambios fundamentales en la educación nacional, de la creación y aplicación a fondo de leyes justas sobre el tema, y de una opinión pública abierta y sensible al tema, podremos superarlo. (raulleisr@hotmail.com)

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