Los Kennedy y su política hacia Cuba
Los esporádicos impulsos intervencionistas en el escenario mundial del gobierno de George W. Bush palidecen comparado con la agresiva política que Robert Kennedy quizo imponer a su hermano, el presidente John F. Kennedy, para Cuba y República Dominicana. Como procurador general y hermano del presidente, Robert, en 1961, jugaba un importante papel en la política exterior, frecuentemente en oposición al departamento de Estado que ambos Kennedy criticaban, en privado, como una "burocracia inerme y pusilánime".
Aunque los consejos de Robert para que su hermano invadiera Cuba tras el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos son de conocimiento público, una nueva biografía del presidente Kennedy revela el afán con que éste planeaba la "desaparición" del régimen castrista, no obstante las prohibiciones legales que se cernían sobre el poder ejecutivo con respecto al uso del asesinato o, como lo definía el nuevo léxico de la CIA, la "terminación" de ciertos enemigos de Estados Unidos en sus operaciones clandestinas.
En el caso de Castro, el prestigioso historiador Robert Dallek revela que Robert Kennedy, conocido como "Bobby", albergaba una sentimiento "mesiánico" al reto de derribar al régimen cubano que los Kennedy temían, con poca fundamentación, que el castrismo terminaría por contaminar a toda Latinoamérica.
"Bobby no proponía el complot asesino contra los deseos de su hermano," argumenta Dallek en su libro Una vida inacabada: John F. Kennedy 1917-1963, publicado por la editorial Little, Brown de Boston. "Entre ellos no existían secretos sobre política exterior. El asesinato, sin duda, fue un tópico de discusión y algo que el emotivo y mesiánico Bobby podría haber considerado como un mal necesario. Sin embargo su hermano, menos apasionado, parece haber resistido la sugerencia, no necesariamente como inmoral, sino como poco práctica y contraproducente. Kennedy entendió que la muerte de Castro podría reforzar en vez de eliminar el control de los comunistas en Cuba donde el hermano del líder, Raúl y Che Guevara, podían convertir su muerte en un emotivo argumento para vindicar la vida y la ideología de Castro.
El libro es el primero que el historiador dedica a Kennedy, después de tres años de minuciosas investigaciones, que por primera vez detalla como "detrás de su descomunal inteligencia, disciplina y en general un muy buen juicio" existía toda una hilera de largas y dolorosas aflicciones físicas, así como problemas emotivos que el autor pudo recoger de los archivos médicos a los que por primera vez los Archivos Nacionales le otorgaron acceso.
Después de la catástrofe que fue el intento de invasión contra Castro, conocido en Estados Unidos como Bahía de Cochinos y en Cuba como Playa Giron, Kennedy había adoptado una posición de mayor cautela en sus relaciones exteriores, actitud que se proyectó como una política de "cuidadosas y moduladas respuestas" en la siguiente crisis de los misiles frente al líder soviético Nikita Khruschov. Sin embargo, Bobby Kennedy nuevamente logró movilizar a su hermano para que desestabilice el gobierno del izquierdista Cheddi Jagan en la Guyana Británica.
"No puede haber ninguna duda de que [Kennedy] consideraba inpermisible una toma de poder de los comunistas en la colonia británica," escribe Dallek. "Igual que Castro, Cheddi Jagan se proclamaba un socialdemócrata anticomunista, pero la experiencia con Castro dejó que Washington quedara sumida en sospecha. Acatando la posición de Inglaterra de "cautela y espera", Kennedy se opuso a cualquier intervención abierta".
Este corresponsal entrevistó a Jagan en el Hotel Dupont Plaza después de su breve reunión con Kennedy en la que, claramente deprimido pero con un tono filosófico, me repitió a mí y a mi colega Tad Szulc del New York Times que su suplica para una ayuda económica fue tajantemente rechazado, rechazo que fortalecería a su oposición interna, lo que efectivamente ocurrió. Jagan fue desplazado por un agitador que se dijo conservador, pero que terminó aliado de los comunistas hasta que pocos años después fue votada al poder la viuda de Jagan, oriunda de Chicago y autodeclarada comunista. Así es como otra vez se dio el ejemplo de cómo Washington, para controlar una situación inmediata recurre a dudosos personajes que se proyectan como aliados para luego convertirse en monstruos no sólo para la política interna de sus países, sino para entorpecer el desarrollo de la paz y la democracia en el continente.
Aunque los consejos de Robert para que su hermano invadiera Cuba tras el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos son de conocimiento público, una nueva biografía del presidente Kennedy revela el afán con que éste planeaba la "desaparición" del régimen castrista, no obstante las prohibiciones legales que se cernían sobre el poder ejecutivo con respecto al uso del asesinato o, como lo definía el nuevo léxico de la CIA, la "terminación" de ciertos enemigos de Estados Unidos en sus operaciones clandestinas.
En el caso de Castro, el prestigioso historiador Robert Dallek revela que Robert Kennedy, conocido como "Bobby", albergaba una sentimiento "mesiánico" al reto de derribar al régimen cubano que los Kennedy temían, con poca fundamentación, que el castrismo terminaría por contaminar a toda Latinoamérica.
"Bobby no proponía el complot asesino contra los deseos de su hermano," argumenta Dallek en su libro Una vida inacabada: John F. Kennedy 1917-1963, publicado por la editorial Little, Brown de Boston. "Entre ellos no existían secretos sobre política exterior. El asesinato, sin duda, fue un tópico de discusión y algo que el emotivo y mesiánico Bobby podría haber considerado como un mal necesario. Sin embargo su hermano, menos apasionado, parece haber resistido la sugerencia, no necesariamente como inmoral, sino como poco práctica y contraproducente. Kennedy entendió que la muerte de Castro podría reforzar en vez de eliminar el control de los comunistas en Cuba donde el hermano del líder, Raúl y Che Guevara, podían convertir su muerte en un emotivo argumento para vindicar la vida y la ideología de Castro.
El libro es el primero que el historiador dedica a Kennedy, después de tres años de minuciosas investigaciones, que por primera vez detalla como "detrás de su descomunal inteligencia, disciplina y en general un muy buen juicio" existía toda una hilera de largas y dolorosas aflicciones físicas, así como problemas emotivos que el autor pudo recoger de los archivos médicos a los que por primera vez los Archivos Nacionales le otorgaron acceso.
Después de la catástrofe que fue el intento de invasión contra Castro, conocido en Estados Unidos como Bahía de Cochinos y en Cuba como Playa Giron, Kennedy había adoptado una posición de mayor cautela en sus relaciones exteriores, actitud que se proyectó como una política de "cuidadosas y moduladas respuestas" en la siguiente crisis de los misiles frente al líder soviético Nikita Khruschov. Sin embargo, Bobby Kennedy nuevamente logró movilizar a su hermano para que desestabilice el gobierno del izquierdista Cheddi Jagan en la Guyana Británica.
"No puede haber ninguna duda de que [Kennedy] consideraba inpermisible una toma de poder de los comunistas en la colonia británica," escribe Dallek. "Igual que Castro, Cheddi Jagan se proclamaba un socialdemócrata anticomunista, pero la experiencia con Castro dejó que Washington quedara sumida en sospecha. Acatando la posición de Inglaterra de "cautela y espera", Kennedy se opuso a cualquier intervención abierta".
Este corresponsal entrevistó a Jagan en el Hotel Dupont Plaza después de su breve reunión con Kennedy en la que, claramente deprimido pero con un tono filosófico, me repitió a mí y a mi colega Tad Szulc del New York Times que su suplica para una ayuda económica fue tajantemente rechazado, rechazo que fortalecería a su oposición interna, lo que efectivamente ocurrió. Jagan fue desplazado por un agitador que se dijo conservador, pero que terminó aliado de los comunistas hasta que pocos años después fue votada al poder la viuda de Jagan, oriunda de Chicago y autodeclarada comunista. Así es como otra vez se dio el ejemplo de cómo Washington, para controlar una situación inmediata recurre a dudosos personajes que se proyectan como aliados para luego convertirse en monstruos no sólo para la política interna de sus países, sino para entorpecer el desarrollo de la paz y la democracia en el continente.