Los Lobos y el Canal
A fines del siglo pasado se dio frente a las costas de Túnez, un episodio que habría de cambiar la historia de Panamá, y que aún hoy sigue influyéndola considerablemente: piratas bereberiscos acostumbrados a cobrar coimas a los barcos europeos, pretendieron cobrárselas también a los barcos norteamericanos. Los norteamericanos, negándose a pagar, llamaron a su armada en defensa; sin embargo, el rodeo de Cabo de Hornos de la armada, que se encontraba en el momento en el Océano Pacífico, retrasó peligrosamente la llegada de ésta.
Este hecho, agudizó la visual de la milicia norteamericana en cuanto a la importancia de construir un canal de manera que no hubiera necesidad de tener dos flotas, una en el Atlántico y otra en el Pacífico. Probablemente el costo del canal fue menor que lo que hubiera costado la creación de una armada redundante. De allí, el Canal de Panamá.
En poco tiempo quedaron en evidencias las enormes ventajas comerciales, y las enormes ganancias (profit) que podría rendir el Canal. El gobierno norteamericano, que fungía como dueño mantuvo, sin embargo, una política de tarifas mínimas que sirvieran solamente para cubrir costos. A la sombra, acechando, y con la boca hecha agua quedaron los Lobos del gran capital, tramoyando.
A fines de la década de los 40, a raíz de la formación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional comenzaron los Lobos a hablar de privatización como una manera de cobrar en especie los dineros prestados a los gobiernos, ya que como los gobiernos no quiebran, los bancos no pueden arrebatarles los bienes a un Estado a manera de cobro de un préstamo. Como corolario de esta razón se presentaba a la vez una preciosa oportunidad. Habría que poner el Canal en manos de alguien que debiera mucho dinero. El gobierno norteamericano jamás vendería.
En 1968 el atrevimiento de la asamblea de una democracia endeble frustró los Tratados Tres en Uno, poniendo en peligro aquella preciosa oportunidad. Rápidamente y en tragicómica pantomima se improvisó la figura de un militar inepto que, en pretendida "lucha", firmara los Tres en Uno, ahora con otro nombre. A la vez, se llenaron las alforjas del gobierno y de los gobernantes de dinero que después no se podría pagar.
A perpetuidad y a manera de seguro quedó plasmada una posible intervención militar, la necesidad de aprobación para la construcción de un nuevo canal y la participación de Norteamérica en la misma... también quedo la ARI.
Hoy día, con la soga al cuello, con hambre el pueblo, y con los acreedores tocándonos la puerta no nos queda otra que privatizar los ingenios, el cemento, el IRHE, el IDAAN, el aeropuerto, y por último, que no por menos, El Canal. Parece inexorable, no importa si es Mireya, Vallarino, Salvador Muñoz, Mariano Mena o El Toro.
Y... ¿Quién comprará, quién luchará, quién decidirá el nuevo canal a nivel o el tercer juego de esclusas? Los mismos: ¡Los Lobos! ¿Y nosotros? Bla, bla, bla y, con mucha hambre.
Este hecho, agudizó la visual de la milicia norteamericana en cuanto a la importancia de construir un canal de manera que no hubiera necesidad de tener dos flotas, una en el Atlántico y otra en el Pacífico. Probablemente el costo del canal fue menor que lo que hubiera costado la creación de una armada redundante. De allí, el Canal de Panamá.
En poco tiempo quedaron en evidencias las enormes ventajas comerciales, y las enormes ganancias (profit) que podría rendir el Canal. El gobierno norteamericano, que fungía como dueño mantuvo, sin embargo, una política de tarifas mínimas que sirvieran solamente para cubrir costos. A la sombra, acechando, y con la boca hecha agua quedaron los Lobos del gran capital, tramoyando.
A fines de la década de los 40, a raíz de la formación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional comenzaron los Lobos a hablar de privatización como una manera de cobrar en especie los dineros prestados a los gobiernos, ya que como los gobiernos no quiebran, los bancos no pueden arrebatarles los bienes a un Estado a manera de cobro de un préstamo. Como corolario de esta razón se presentaba a la vez una preciosa oportunidad. Habría que poner el Canal en manos de alguien que debiera mucho dinero. El gobierno norteamericano jamás vendería.
En 1968 el atrevimiento de la asamblea de una democracia endeble frustró los Tratados Tres en Uno, poniendo en peligro aquella preciosa oportunidad. Rápidamente y en tragicómica pantomima se improvisó la figura de un militar inepto que, en pretendida "lucha", firmara los Tres en Uno, ahora con otro nombre. A la vez, se llenaron las alforjas del gobierno y de los gobernantes de dinero que después no se podría pagar.
A perpetuidad y a manera de seguro quedó plasmada una posible intervención militar, la necesidad de aprobación para la construcción de un nuevo canal y la participación de Norteamérica en la misma... también quedo la ARI.
Hoy día, con la soga al cuello, con hambre el pueblo, y con los acreedores tocándonos la puerta no nos queda otra que privatizar los ingenios, el cemento, el IRHE, el IDAAN, el aeropuerto, y por último, que no por menos, El Canal. Parece inexorable, no importa si es Mireya, Vallarino, Salvador Muñoz, Mariano Mena o El Toro.
Y... ¿Quién comprará, quién luchará, quién decidirá el nuevo canal a nivel o el tercer juego de esclusas? Los mismos: ¡Los Lobos! ¿Y nosotros? Bla, bla, bla y, con mucha hambre.