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Los mangos bajitos


DURANTE los últimos 25 años, el Canal sufrió una transformación extraordinaria. Producto de las negociaciones del Tratado Torrijos-Carter, se estableció un período de 20 años de preparación para el traspaso. Durante este período, el Canal invirtió unos 10 millones de dólares anuales en entrenamiento y formación de panameños, preparándolos para asumir cada vez mayores responsabilidades a todos los niveles de la organización. El resultado de la previsión de los negociadores está a la vista: el Canal es hoy una empresa de primera línea que sin complejos presta un servicio de calidad, se adecúa a los requerimientos de la demanda y se prepara para el futuro. La ruta seguida para llegar aquí no estuvo exenta de obstáculos. A pesar de ellos, la administración McAuliffe-Manfredo, con apoyo de la Junta Directiva binacional, instrumentó lo necesario para una transferencia sin traumas.
Hubo, sin embargo, un período durante el cual este esfuerzo corrió peligro. Fue después de la invasión del 20 de diciembre de 1989, a sólo 10 días de culminar el período de McAuliffe y Manfredo. El primero, disgustado por el riesgo a que se expuso al Canal y su personal, viajó a los Estados Unidos y no regresó más. En un país literalmente ocupado y un gobierno atendiendo otras prioridades, los zonians reaccionaron rápidamente, se reagruparon y reasumieron parte del control perdido. Argumentando que habían sido aprobadas por McAuliffe antes de partir, instrumentaron una serie de medidas que incluyó escandalosos beneficios personales para ellos (mi opinión es que McAuliffe, ausente del país, jamás aprobó tales beneficios). Paralelamente, la preparación del Canal para la transferencia sufrió un retroceso. Fogoneado por ciertos ejecutivos, comenzó un período donde predominó el criterio de que el único compromiso que tenía el Canal para con Panamá era mantenerlo operando. En forma irónica se expresaba que el objetivo era que a media noche del 31 de diciembre del 1999, EE. UU. "saldría apagando las luces" y Panamá "entraría volviéndolas a prender". Fue lo que se llamó por lo bajo la "política de los mangos bajitos". Afortunadamente, un indiscreto mensaje interno utilizando precisamente estos términos, llegó a manos del presidente de la Junta Directiva quien tomó drásticas medidas correctivas. A pesar de estas dificultades, el Ing. Guardia pudo impulsar avances significativos en la organización.
Cuando el Ing. Guardia decidió regresar a sus actividades privadas, el gobierno tuvo la certeza de reemplazarlo con el Ing. Alberto Alemán. Y el Canal cambió totalmente de filosofía. Con el problema de la transición resuelto, Alemán intuyó que su responsabilidad iba más allá de la simple administración de la gestión del tránsito. Modernizó la organización y dio pasos para responder a las exigencias que imponen el conjunto de escenarios futuros. Con visión estratégica tomó acciones excepcionales convencido de que el futuro responde cuando se le indaga adecuadamente. Un análisis concienzudo del futuro del comercio marítimo mundial llevó a la planificación ordenada de la posible expansión del Canal. Estudios detallados de este proyecto están por hacerse públicos. A pesar de la discreción conque se han manejado, se ha divulgado suficiente información como para que el ciudadano intuya que el proyecto es viable, que es clave para el desarrollo de Panamá y que las condiciones están dadas para que un proyecto de esta magnitud pueda ser ejecutado por un país pequeño como el nuestro.
Sin esperar el resultado de los estudios, ciudadanos convencidos de que el Canal no debe ir mas allá del servicio que presta actualmente, expresan su oposición tratando de influir en la opinión pública. Sin saberlo están levantando nuevamente la bandera de aquella política absurda de "los mangos bajitos" conque en su momento se puso en riesgo al Canal. Promueven que el Canal, y con ello Panamá, se contente con ser cómodo espectador en lugar de esforzado protagonista. En un mundo en constante cambio, pretenden que el Canal no cambie. Buscan poner un corsé a un proyecto que debería ser impulsado como parte de la agenda del desarrollo nacional, a contrapelo de todo lo que se ha dicho y escrito por años sobre el destino marítimo de nuestro país. Incluso se arriesgan propuestas que perjudicarían a Panamá. Se propone, por ejemplo, la utilización del ferrocarril para la transferencia de carga de un océano al otro, a pesar de que ello significa entregarle graciosamente a una transnacional ingresos que por tonelada transitada recibe Panamá. Parte de esos ingresos, que actualmente superan los 400 millones de dólares anuales, emigrarían al extranjero en lugar de ser invertidos internamente en salud, educación y desarrollo.
No comparto la tesis que promueven. Pienso que el Canal tiene la obligación de adecuarse a la demanda del comercio mundial, como un medio de aumentar el beneficio que actualmente trae al país. En lo personal, estoy convencido de que el rechazo del proyecto de la expansión conlleva el riesgo de perder todo lo ganado. Toda una satisfacción para aquellos que con la política de "los mangos bajitos", buscaron preparar el terreno para un estrepitoso fracaso de Panamá en el manejo del Canal.

101 años de Panamá América

 
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