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Los más pobres entre los pobres


No hay cabida para la compra - venta. Los indígenas de la Comarca Ngöbe Buglé siembran para vivir. "Sin caminos en buen estado es poco lo que puede hacerse", expresa en tono nostálgico el cacique general Camilo Ortega. Agricultura de subsistencia le llama Ortega y sus coterráneos coincidirían más adelante.
El clamor popular se hacía eco de vías de comunicación en mejor estado, "al menos transitables". Casi suplicaban por ello. Para Ortega es tan simple como que "si no hay caminos no hay educación, ni salud". Nada más cierto. Las grandes distancias entre un poblado y el otro son motivo de deserción escolar, muerte y un sinfín de circunstancias propias de la región.
Precisamente a una niña de 12 años, a la que fue imposible encontrar pero de la que todos hablaban, los caminos de la comarca la dejaron inválida. Viajaba en un transporte público que se volcó y lo demás es historia... varios heridos y una menor sin esperanzas, en medio de tanta pobreza.
El relato se escuchó en más de una de las comunidades desde el primer día del recorrido, pero la pequeña, sobrina de una maestra de la Escuela de Alto de Jesús, no estaba en el pueblo. Lo cierto es que tal como dijo Ortega, "esto a lo que no se le puede llamar carretera, sigue siendo un peligro para nuestra gente".
No había la menor duda. En los caminos de la región apenas puede andar un vehículo doble tracción, condición primordial al momento de penetrarlos, de lo contrario es mejor no intentarlo. Y es que hasta los 4 x 4 corren el riesgo de ser abatidos por el lodo y las pésimas condiciones de las vías de comunicación, tal como sucedió al equipo de El Panamá América.
Previas consultas nos pusieron sobre aviso acerca de la necesidad de disponer no sólo de la fuerza de un buen motor, sino de fuerza de voluntad y aplomo. El congreso local de la comarca que reunió a más de 300 indígenas nos situó desde muy temprano en el poblado de Llano Bonito. Antes, un tramo en carro impedía imaginar, ni remotamente, lo que se avecinaba. Desde El Cobrizo emprendimos la caminata de unas dos horas, con la inevitable compañía de los implacables rayos de sol. La larga lista de temas a discutir dilató el asunto. La salida del pueblo se retrasó y una lluvia amenazaba con detener el viaje. Pero, había que partir...
De vuelta intentamos acelerar el paso, sin embargo, nada podía hacerse frente a empinadas lomas que se levantaban invencibles en aquel paraje. A mitad de camino decidió ya no darnos tregua y cayó. No obstante, un chapuzón después del agobiante calor recibido hasta ese momento seguía siendo un ínfimo detalle. Al poco rato lo descubriríamos.
Arrancamos bajo un aguacero que arreció con el pasar de los minutos. Apenas se divisaba el camino y a pesar de ello, era imposible detenerse. La meta era abandonar la vía antes de la noche y para entonces faltaban pocas horas.
El vehículo literalmente patina de repente de un lado a otro y casi al minuto se hunde. "Estamos atascados", manifestamos en coro. Cuatro de la tarde, una lluvia torrencial, un auto cubierto por el fango, el tenebroso zumbido que penetra los oídos cuando se está en los campos en la víspera de la noche, los mosquitos diciendo presente a los huéspedes y un camino solitario, todo nuestro. Con eso contábamos.
222 Ponen a diario su mejor esfuerzo por hacer producir las tierras en las que habitan, pero éstas no siempre dicen sí al intento. La región luce desolada y árida.
Nadie subía ni bajaba. Los intentos por liberar el carro eran infructuosos. El pánico cundía con el pasar de los minutos, pero aún no mortificaba. Un equipo que recibía instrucciones precisas vencía poco a poco al lodo espeso. La experiencia del conductor se alzó finalmente ante la adversidad. Eran ya las 6:00 p.m. Para los lugareños el cuadro no dista de lo cotidiano por estos lares. "Imagínese que acá eso pasa a menudo".
El arroz, maíz, café, la yuca y hasta el ganado, son vendidos a un precio más bajo "porque la gente se arriesga por estos caminos". Cero ganancias, de eso se trata. Y es que lo sembrado en la mayoría de los casos, apenas es lo suficiente como para el consumo propio. Con familias de ocho, nueve y más miembros la cosecha se queda en los fogones que humean todo el día. Las ollas no guardan proporción con su contenido. Son grandes pero casi vacías.
En los hogares indígenas es notoria la presencia de las figuras paterna y materna . Las uniones son bien fundamentadas y ambos contribuyen en la economía, cada uno a su manera. La mujer sale a trabajar la tierra a la par del hombre, cuando se puede o dicho de otra forma, cuando alguno de los niños ha crecido y puede hacerse responsable del resto de sus hermanos. Siembran para vivir y ello significa a cualquier costo. Los parajes desolados, ausentes del más mínimo rastro de vegetación son la nota característica.
Para el doctor del Centro de Salud de Buenos Aires, Barry Arce, las quemas "van a acabar con estos pueblos". "Recientemente hubo que correr a sofocar un incendio que casi avanza hasta la comunidad", recordó.
A ello se añade el ingrediente salud. La devastación de los terrenos mantiene a los moradores con problemas respiratorios constantes, señaló el galeno. Pero, esas tierras parecen haber sucumbido ante el deseo imperante de ser sembradas. El fuego las mató.
Adán Barría, residente en El Cobrizo, lo entiende de esta forma "las tierras no son buenas para producir. Es por eso que lo que más se consume es yuca". A pesar de la intervención de la Autoridad Nacional del Ambiente, la situación parece no mejorar. Desde los puntos más altos de los caminos comarcales se aprecian llanuras nubladas. El humo se apoderó de ellas.
En la larga lista de carencias que enfrentan los indígenas un aspecto adicional se ha convertido en atenuante. Y es que por tratarse de un área montañosa, no podía faltar. Los vientos "huracanados" como los han calificado los lugareños son el terror de la comarca. Lo sembrado y hasta lo cosechado ha sufrido los estragos climáticos de las últimas semanas.
"Hemos perdido todo por las brisas que han soplado... hasta las casas se nos han mojado", manifestó evidentemente preocupado Pacífico Sibala, residente en la comunidad de Batata. Febrero, marzo y abril son los "meses duros", como dijo Sibala. Llueve a diario y resulta imposible sembrar "al menos la yuca que es lo que más se come por acá".
Julio Cire y sus cuatro hijos atravesaron una situación similar hace poco. César y Adán, de 9 y 11 años, respectivamente, perdieron sus libros cuando un fuerte aguacero sacudió su casa en Guayabito.
Tenían sembrado café, maíz y arroz, todo se perdió. Con lo poco que logró salvarse están sobreviviendo... pero ya se está agotando. En Alto Galera han experimentado también los embates del clima. Aníbal Monteczuma se mudó a Virotal por unos días hasta que pudo levantar nuevamente un sitio donde vivir. "Había llovido por varios días y perdimos todo lo que habíamos sembrado unos meses antes. El maíz, el arroz... todo".
Allá no se construye con cemento. El barro y las hojas de zinc sirven de paliativos. Son indispensables si se piensa edificar una morada. Termina por ser un lugar de resguardo, sin las mínimas condiciones de seguridad, pero habitable. Con eso se conforman.
Sin embargo, los fuertes vientos no conocen de "habitable". Y al cabo de un par de lluvias todo está en el suelo. Esas frágiles edificaciones ceden y se derrumban y con ellas cae también lo único de lo que disponen, "su única propiedad".
Luis Degracia, su esposa y sus ocho hijos saben muy bien de qué se trata. "Dos veces el viento y las lluvias nos han tumbado nuestra choza. He tenido que volverla a construir y hemos perdido también el arroz porque llueve mucho, el maíz y otras cosas por ahí".
Este año contaron con mejor suerte. A la fecha, al menos en ese sector, no ha llovido como de costumbre y "si Dios nos lo permite podremos cosechar lo que sembramos para tener algo en el plato siquiera una vez al día", sonríe con un tono esperanzador que no se ha perdido por aquellos rumbos.

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