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Los niños trabajadores


La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en 1989 la Convención de los Derechos del Niño, y a partir de allí una gran parte de Estados se han suscrito a esta declaración, para proteger los derechos de los infantes a nivel mundial.
Todos los niños y niñas tienen derecho a la vida, a un nombre y a una nacionalidad, a expresar sus opiniones y a ser informados, a la libertad de asociación, a ser protegidos contra los abusos, a la salud, a la seguridad social, a la educación, a la cultura, a la religión, a la lengua, al descanso y al esparcimiento, a ser protegidos contra la explotación económica y laboral, contra el uso de estupefacientes y sustancias psicotrópicas, contra la explotación sexual y contra el secuestro.
Sin embargo, a pesar que Panamá ha firmado estas convenciones, pareciese que las campañas que lleva a cabo una televisora del medio para promover los derechos de los niños y niñas no ha brindado los resultados en el tiempo esperado. No obstante, un gran sector de nuestra sociedad se encuentra sumergido en la pobreza. En la actualidad cuatro de cada diez panameños viven en la pobreza o extrema pobreza, en las zonas rurales son siete de cada diez y en las áreas indígenas, nueve de cada diez (Véase Guillermo Castro, Desarrollo sin pobreza). Así este problema social se transforma en un problema económico, cultural y político. Es la pobreza la principal causa de trabajo infantil, ya que son estos niños trabajadores los que contribuyen al ingreso familiar.
El trabajo infantil en zonas urbanas es diferente al de las zonas rurales, pero si estudiamos todas sus aristas para ambos cabos, podremos concluir que son iguales de infrahumanos, polígonos e inmorales.
Sabemos que el fenómeno de la pobreza no debe usarse como bastión para justificar el trabajo infantil, al igual que los patrones es otro de los elementos que inciden sobre el tema. Sin embargo, existen muchas personas que se valen de la miseria de muchos para explotarlos. La doctora María Novo en su obra Nivel de Vida y Calidad de Vida, sostiene que la calidad de vida es el conjunto de condiciones ecológicas, socioeconómicas y culturales que de modo integrado configuran el marco de coexistencia de una comunidad humana. Ello indica que la calidad de vida se mide desde dentro y no desde fuera. Entonces nos tendríamos que preguntar: ¿Cómo es la calidad de vida de los niños recolectores de café de Boquete, o la de los niños de la zafra azucarera de Coclé y Veraguas, o la de los niños trabajadores en las plantaciones bananeras de Bocas del Toro y Chiriquí? ¿Cómo es la calidad de vida de los niños y niñas que venden rosas en los semáforos de la ciudad capital, o de las niñas que se prostituyen en las esquinas de nuestra ciudad...? La lucha contra el trabajo infantil debe de preocuparnos a todos y contribuir para arraigarla en nuestra cultura, en las instituciones, en las aspiraciones de la sociedad. Entonces me pregunto, ¿por qué en vez de proponer un diezmo para la iglesia, no se establece un fondo para utilizarlo en la educación de los niños y jóvenes que poco o nada tienen y así contribuir a que no se les niegue ese derecho fundamental como lo es el de la educación, ya que el conocimiento es la base del desarrollo? Así como el trabajo priva a los niños de obtener esos conocimientos, los sistemas educativos no toman en cuenta esas circunstancias de los niños trabajadores.
Estará en manos del gobierno y de la sociedad civil, implementar programas transformadores que sumen a estos niños y niñas y que no se les excluya, ya que la transformación en una realidad mundial de la revolución en materia de educación es la mejor inversión para nuestros hijos en un futuro, donde reine la paz y la prosperidad.

101 años de Panamá América

 
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