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Los parches en el cielo


Desde los albores de la humanidad, trepados en zigurats como los antiguos sumerios, en monolitos como los de Stonehege en Inglaterra, en pirámides como las de Chichen-Itzá, en observatorios astronómicos como el de La Serena en Chile y Monte Palomar en California, el hombre ha levantado su vista al cielo, a este mismo cielo que se nos está acercando peligrosamente con la radiación ultravioleta del sol.
Los astrónomos antiguos sospechaban que el cielo estaba inusualmente cerca; los egipcios imaginaban el cielo como un toldo inmenso amarrado a las montañas, un cielo muy cercano. La cosmología griega aportó dos importantes conceptos que caminaron de la mano, como hermanos siameses por más de mil años: el antropocentrismo y la visión geocéntrica del Universo.
El geocentrismo, es decir, la noción de que el Universo gira alrededor de la Tierra, achicó notablemente el tamaño y la dimensión de los cielos; pues si todo gira alrededor de la Tierra, es lógico suponer que las distancias del Universo deberían ser pequeñas para limitar a valores razonables la velocidad de las estrellas más lejanas. La explicación del movimiento del Universo, formulada por Eudoxo de Gnido en algún año alrededor del 350 A.C., a través de 27 esferas en perpetua dinámica, nos da una idea del ingenio y del coraje intelectual de los griegos para abordar estas interrogantes.
El otro concepto, el antropocentrismo, que supone que el hombre es el centro de todas las cosas y el fin último de la naturaleza, fue formulado escuetamente por otro griego, Protágoras, quien sentenció que el hombre es la medida de todas las cosas. Este concepto persiste hasta el día de hoy, y es la raíz inicial del desastre ambiental que padecemos y una de cuyas aristas severas es el problema de la radiación solar, potencialmente mortal que se nos está acercando por medio de enormes parches en el cielo en forma de agujeros en la capa de ozono.
La atmósfera de la Tierra tiene varias subdivisiones: la capa inferior está compuesta por el aire que respiramos, tiene un límite vertical de 15 kilómetros desde la superficie terrestre, pero para todos los efectos prácticos la altura del monte Everest es la cota superior, pues a todos nos es común las escenas de alpinistas pegados a tanques de oxígeno durante el ascenso. La segunda capa, la estratósfera, se eleva hasta los 50 kilómetros y es ahí donde se encuentra la capa de gas ozono que detiene gran parte de la radiación ultravioleta del sol impidiéndole llegar al planeta.
El sol es un dínamo de energía, emite una gama específica de frecuencia de luz llamada rayos ultravioletas. La radiación ultravioleta de onda larga es conocida como ultravioleta B o biológicamente activa. Es la radiación que percibimos en días soleados, que pone morena la piel y que en exceso produce el desprendimiento de jirones de piel muerta.
La radiación de onda corta o ultravioleta C es potencialmente mortal, ya que tiene la capacidad de destruir las proteínas y de alterar el ADN (código genético) de los seres vivos. La radiación ultravioleta C es detenida químicamente por el gas ozono y transformada en calor, evitando que llegue a la tierra.
La capa de ozono es destruida por la acción del hombre. Actualmente las industrias liberan a la atmósfera los compuestos clorofluorocarbonados (CFCs) utilizados como refrigerantes de aires acondicionados, solventes químicos y otros usos.
Estos CFCs, una vez liberados, se elevan hasta la estratósfera donde son atrapados por la fuerza gravitatoria del planeta, quedando en suspensión hasta que empieza a reaccionar químicamente con el gas ozono que es muy parecido al oxígeno.
El oxígeno común tiene dos átomos de oxígeno, el gas ozono tiene tres átomos de oxígeno, un átomo más. Los CFCs le roban un átomo de oxígeno al ozono y lo convierten en oxígeno diatómico u oxígeno común. Es sencillo, ganamos oxígeno y perdemos ozono, y aumenta la cantidad de radiación dañina que llega al planeta.
A la fecha los científicos han localizado un enorme parche, un agujero en la estratósfera justo sobre el polo sur, que tiene la superficie de los estados continentales de los Estados Unidos de América y una profundidad de varios kilómetros. Además hay parchecitos en el cielo sobre Brasil y el noroeste de Norteamérica y otras partes del mundo.
Las estadísticas médicas del estado australiano de Queensland, que tiene la desdicha de colindar con el parche de ozono sobre el Polo Sur, revelan un aumento dramático en la incidencia de cáncer maligno de piel a una tasa superior al mil por ciento respecto al promedio mundial de casos de esta enfermedad. Los australianos presentan una combinación desfavorable de variables: piel blanca, larga exposición solar por factores culturales y el agujero en el ozono sobre sus cabezas. Es lo que se llama en matemáticas una correlación lineal directa y multivariable.
En Panamá debemos entrar a la política internacional de control sobre los CFCs, lo básico que como nación debemos hacer. Debemos restringir la agricultura de roza y quema y la cultura de la potrerización de las selvas. Debemos dejar en paz a los bosques que son organismos maravillosos que limpian el veneno del aire y nos regalan oxígeno puro como subproducto de la fotosíntesis.
Este oxígeno común de dos átomos que producen los bosques, va a parar en cierta cantidad nuevamente a la estratósfera donde la energía del sol los revienta en partículas de un solo átomo. Estas partículas monoatómicas se unen a las del oxígeno común de dos átomos creando oxígeno de tres átomos; es decir gas ozono, que preserva la vida en el planeta, regenerando los parches en el cielo con la ayuda de los bosques, en un ciclo de exactitud maravillosa y gratuita.
Debemos proteger los bosques, son amigos leales y están indefensos. Debemos entender que, en cierta medida, Protágoras erró y que los seres humanos somos sólo un eslabón más en la cadena trófica del planeta. Debemos dejar que los parques nacionales sean precisamente eso, lugares de recreo y estudio para los jóvenes panameños, santuarios de vida donde el miserable afán de lucro de nuestra sociedad sea detenido y revertido a mejores fines. Debemos dejar de talar irresponsablemente en Darién, en Bocas del Toro, en los remanentes de bosques nubosos de Azuero. Debemos dejar de lado proyectos insensatos y oscuros intereses en bienes raíces y turismo de alto impacto como los que están detrás de la decisión política de construir la carretera entre Boquete y Cerro Punta en el Parque Nacional del Volcán Barú.
En el Centenario de nuestra República ocupamos con urgencia proteger a una especie endémica, amenazada de extinción al igual que los bosques y el resto de la biota del país, la especie de jóvenes panameñas y panameños que en un futuro muy cercano heredaran sólo los jirones depredados de la patria de sus mayores.

101 años de Panamá América

 
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