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Los pobres: Entre Sibaritas y Davos


Entre sibaritas y partidarios del Hombre de Davos –fieles creyentes de los llamados Global Leaders-, los primeros, guiados por un supuesto espíritu de “selectividad de lo mejor de lo mejor” y entregados a una vida de disfrute sin par –como si la vida fuera solamente placer y placer por lo material y las degustaciones- y los segundos, discípulos de una especie del hombre de las cavernas –según el mito platónico- y que solo se asoman al mundo de las realidades para entender cómo anda y como funciona el mercado y sus productos –tras una perversa invasión de todos los tipos de tecnologías-, solo resta o nos queda mirar a una colectividad, ejércitos incontables, gentes casi infinitas, de seres humanos que han caído, según ha sido llamado por algún filósofo contemporáneo, en la vida de las emociones, así sea que las emociones sean pasajeras y momentáneas –rock, cultura relativa, snobismo, vida glamorosa aún a costa de la propia subsistencia, lujo y superficialidad, entre otras cosas-.

Se trata de gente que se niega a pensar, que suele dar las espaldas a las realidades de un mundo gobernado por los global leaders –IFIS, Banco Mundial, etc.- y que prefiere considerar que la vida es pasajera, que puede perderse en un abrir y cerrar de ojos y que por ello “hay que disfrutarla”, porque “todo acaba”. Masas irredentas que subsisten en una cultura eclosionada por los antivalores y que tiene un concepto de Dios efímero, de conveniencia espiritual: “sé que existes y déjame vivir la vida”.

Se trata de un mundo que tras esa transnacionalización de todo –economía, delincuencia, tecnología, costumbres, política, etc.- se ha tragado su propia cultura y se han perdido las mores –costumbres-, el fas –religión- y todo cuanto otrora pudo inspirar a las generaciones pasadas. Masas que han hecho del fenómeno cultural una cultura sin materia, como si cultura fuera, todo cuanto conspira contra las reglas, normas éticas, morales, religiosas, sociales, en fin.

Queda preguntarnos, al final de cuentas, si acaso toda esa infinitud de gentes, de todas las partes del mundo, sin que Panamá escape de esas consideraciones ónticas, no son acaso víctimas de un minúsculo grupo, poderoso en todos los tipos de mercados, dominadores de costos, de precios, de las leyes de la oferta y la demanda, ahora inducidas solo en función del rédito y de las ganancias propias de un capitalismo irracional y perverso, y que cuales arlequines, son manipulados por esos llamados “dueños del mundo”.

Lo grave de todo esto es el riesgo que se viene dando y que se hace evidente: la pérdida, cada día más expresiva, de la dimensión humana en su faceta espiritual. Frente a este marasmo que erosiona nuestra identidad ontológica y que además es subversivo, instamos a los que piensan, a los que observan los fenómenos sociales y espirituales, a no abdicar, sino a tomar en cuenta a nuestra gente pobre que necesita ser orientada y dirigida.

101 años de Panamá América

 
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