Los premios Miró
El ahora denominado legalmente Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró ha fomentado con mucho éxito la producción literaria en nuestro país, aproximadamente desde 1942, cuando se inició dicho certamen, por medio de una Ordenanza del Consejo Provincial de Panamá, concurso del que fue autor el vate chorrerano Moisés Castillo, fallecido hace años. Desde entonces, y siguiendo el método eficaz de "ensayo y error", incrementó su galardón económico, desde quinientos balboas, a mil, a dos mil y recientemente a quince mil balboas, cantidad muy respetable.
La Ley No. 38 de 5 de agosto de 2002, reformatoria del Decreto de Gabinete No. 332 de 1970, le ha dado al concurso nombre definitivo y elevado significativamente su cuantía pecuniaria. El artículo 5º. de esa ley se refiere a la reestructuración reglamentaria del evento literario Miró, reglamento que debe aprobar el Instituto Nacional de Cultura (INAC), aunque el primero lo compartirá ese Instituto con el Consejo Nacional de Escritores. Este último tiene una ley que dará dolores de cabeza.
En los primeros años fue palpable que el Miró se resentía de proclividades non sanctas, por ausencia de reglamentación adecuada, en cuanto a la adjudicación de premios, "metodología" que se hizo más popular cuando se establecieron tres galardones (primero, segundo y tercero en cada sección del concurso). Hoy son premios únicos en poesía, cuento, novela, teatro y ensayo, éste dividido en literatura, filosofía, historia y ciencias sociales, en temporalidad anual, cada una, salvo error u omisión de detalle en nuestra contabilidad.
Buena medida fue, a mitad del camino, la de incorporar en el jurado a un miembro extranjero, mas algunas veces la persona cayó en manos de quienes lo abordaban para torcer su libertad de acción, con muchas atenciones personales y hasta acaparamientos. Ese jurado extranjero debe ser mantenido, excluyéndolo únicamente en el concurso de historia, que debería limitarse a la nacional, porque este último tema responde a situaciones del país que el chovinismo de un jurado extranjero puede dislocar, siendo preferible evitar el trauma.
El hecho capital de quince mil balboas como galardón determina que en el nuevo reglamento consten varias exigencias cónsonas con el volumen del premio. No se trata del Premio Nobel, ni del Premio Cervantes, pero una obra que merezca quince mil balboas no puede circunscribirse a un mínimo de cien o ciento cincuenta páginas mecanografiadas, sino a un número que no baje de doscientas páginas del concursante, con especificaciones especiales según resulte de las cinco secciones. Además, las exigencias relativas al contenido de las obras deben redactarse muy precisamente, a fin de que el nivel de calidad, en cada sección, sea de real altura. Ello es indispensable, porque lo que justifica el concurso y su premio es la producción original, selecta, esmerada y de un contenido literariamente valioso, o científica o técnicamente nutrido en materia de ensayos.
222Habrá y hay personas panameñas muy calificadas que podrían monopolizar un premio que, entre otros fines, tiene el de incrementar la producción de obras literarias valiosas, en nuestro medio.
Por otra parte, las reglas deben contener prevenciones formales para los jurados, a fin de que cumplan su cometido con la necesaria idoneidad y responsabilidad (leer todas las obras, exponer un juicio escrito de un mínimo de una página sobre cada obra), lo que no debe ser asunto de resentimiento en los jurados, sino comprensión de su papel. Sobre todo, tratándose de jurados panameños, habrán de ser intelectuales con obras publicadas o inéditas que demuestren su versación en la clase de obras que juzgarán, pues un título universitario de profesor, de licenciado, etc., no es suficiente para que la decisión se adopte con conocimiento de la disciplina o sección sobre que verse el concurso, o en materias afines, incumplimiento que ha sido bastante frecuente, entre nosotros.
Por ello, la Ley no tiene razón al señalar una cantidad fija de trescientos balboas para los jurados, sino que la cantidad debió ser de carácter básico, mínimo, para que el reglamento pueda contemplar situaciones especiales ocurridas. Juzgar con suficiencia intelectual y versación adecuada unas cien obras de poesía, no se remunera con trescientos balboas. El reglamento debe incrementar ese reconocimiento por razón del número de obras que concursen en una sesión, señalando un máximo de remuneración para evitar apreciaciones personales. El incremento del premio dinerario determinará que los próximos concursos serán oportunidad para "probar suerte" como si se tratara de "jugar a la lotería".
Ya que nos hemos referido a "acaparamientos", etc., es muy conveniente que se limite, en el tiempo, la obtención de premios por parte de una persona. Nos parece que, sin efectos retroactivos, e independientemente de las secciones en que la persona sea premiada, la obtención del premio Miró en tres ocasiones diferentes, debe estimarse como un impedimento para que "el triple campeón"; desde luego que también "campeona" triple; concurse u obtenga un cuarto premio Miró. Habrá y hay personas panameñas muy calificadas que podrían monopolizar un premio que, entre otros fines, tiene el de incrementar la producción de obras literarias valiosas, en nuestro medio.
Otro de los cuidados que debe tener el próximo reglamento es el de que se estudie la fórmula de evitar los "prestanombres", pues con el galardón pecuniario ahora fijado, un panameño puede conchabarse con quien haya obtenido tres veces el Miró, o con un autor extranjero, para lograr la premiación.
Consideramos que ideas como las expuestas, y muchas otras, pueden contribuir a que los resultados del concurso Miró sean lo que con él se persigue, hasta donde pueden evitarse las "tentaciones de malas artes".
La Ley No. 38 de 5 de agosto de 2002, reformatoria del Decreto de Gabinete No. 332 de 1970, le ha dado al concurso nombre definitivo y elevado significativamente su cuantía pecuniaria. El artículo 5º. de esa ley se refiere a la reestructuración reglamentaria del evento literario Miró, reglamento que debe aprobar el Instituto Nacional de Cultura (INAC), aunque el primero lo compartirá ese Instituto con el Consejo Nacional de Escritores. Este último tiene una ley que dará dolores de cabeza.
En los primeros años fue palpable que el Miró se resentía de proclividades non sanctas, por ausencia de reglamentación adecuada, en cuanto a la adjudicación de premios, "metodología" que se hizo más popular cuando se establecieron tres galardones (primero, segundo y tercero en cada sección del concurso). Hoy son premios únicos en poesía, cuento, novela, teatro y ensayo, éste dividido en literatura, filosofía, historia y ciencias sociales, en temporalidad anual, cada una, salvo error u omisión de detalle en nuestra contabilidad.
Buena medida fue, a mitad del camino, la de incorporar en el jurado a un miembro extranjero, mas algunas veces la persona cayó en manos de quienes lo abordaban para torcer su libertad de acción, con muchas atenciones personales y hasta acaparamientos. Ese jurado extranjero debe ser mantenido, excluyéndolo únicamente en el concurso de historia, que debería limitarse a la nacional, porque este último tema responde a situaciones del país que el chovinismo de un jurado extranjero puede dislocar, siendo preferible evitar el trauma.
El hecho capital de quince mil balboas como galardón determina que en el nuevo reglamento consten varias exigencias cónsonas con el volumen del premio. No se trata del Premio Nobel, ni del Premio Cervantes, pero una obra que merezca quince mil balboas no puede circunscribirse a un mínimo de cien o ciento cincuenta páginas mecanografiadas, sino a un número que no baje de doscientas páginas del concursante, con especificaciones especiales según resulte de las cinco secciones. Además, las exigencias relativas al contenido de las obras deben redactarse muy precisamente, a fin de que el nivel de calidad, en cada sección, sea de real altura. Ello es indispensable, porque lo que justifica el concurso y su premio es la producción original, selecta, esmerada y de un contenido literariamente valioso, o científica o técnicamente nutrido en materia de ensayos.
222Habrá y hay personas panameñas muy calificadas que podrían monopolizar un premio que, entre otros fines, tiene el de incrementar la producción de obras literarias valiosas, en nuestro medio.
Por otra parte, las reglas deben contener prevenciones formales para los jurados, a fin de que cumplan su cometido con la necesaria idoneidad y responsabilidad (leer todas las obras, exponer un juicio escrito de un mínimo de una página sobre cada obra), lo que no debe ser asunto de resentimiento en los jurados, sino comprensión de su papel. Sobre todo, tratándose de jurados panameños, habrán de ser intelectuales con obras publicadas o inéditas que demuestren su versación en la clase de obras que juzgarán, pues un título universitario de profesor, de licenciado, etc., no es suficiente para que la decisión se adopte con conocimiento de la disciplina o sección sobre que verse el concurso, o en materias afines, incumplimiento que ha sido bastante frecuente, entre nosotros.
Por ello, la Ley no tiene razón al señalar una cantidad fija de trescientos balboas para los jurados, sino que la cantidad debió ser de carácter básico, mínimo, para que el reglamento pueda contemplar situaciones especiales ocurridas. Juzgar con suficiencia intelectual y versación adecuada unas cien obras de poesía, no se remunera con trescientos balboas. El reglamento debe incrementar ese reconocimiento por razón del número de obras que concursen en una sesión, señalando un máximo de remuneración para evitar apreciaciones personales. El incremento del premio dinerario determinará que los próximos concursos serán oportunidad para "probar suerte" como si se tratara de "jugar a la lotería".
Ya que nos hemos referido a "acaparamientos", etc., es muy conveniente que se limite, en el tiempo, la obtención de premios por parte de una persona. Nos parece que, sin efectos retroactivos, e independientemente de las secciones en que la persona sea premiada, la obtención del premio Miró en tres ocasiones diferentes, debe estimarse como un impedimento para que "el triple campeón"; desde luego que también "campeona" triple; concurse u obtenga un cuarto premio Miró. Habrá y hay personas panameñas muy calificadas que podrían monopolizar un premio que, entre otros fines, tiene el de incrementar la producción de obras literarias valiosas, en nuestro medio.
Otro de los cuidados que debe tener el próximo reglamento es el de que se estudie la fórmula de evitar los "prestanombres", pues con el galardón pecuniario ahora fijado, un panameño puede conchabarse con quien haya obtenido tres veces el Miró, o con un autor extranjero, para lograr la premiación.
Consideramos que ideas como las expuestas, y muchas otras, pueden contribuir a que los resultados del concurso Miró sean lo que con él se persigue, hasta donde pueden evitarse las "tentaciones de malas artes".