Los próximos: Puente del Rey y la Torre de Panamá Viejo
Más de tres siglos y medio de historia desparramada en el suelo, no tiene perdón. La pérdida es irreparable e invaluable. No hay dinero en el mundo que pueda reconstruir el Arco Chato de Santo Domingo. Claro, lo menos que podemos hacer es una réplica, usando parte del material que yace en el suelo, pero no será el mismo. Quizás mejor o peor, y ya no se caiga, pero no el mismo.
A la investigación de su caída debe seguir la sanción a los responsables. A las autoridades que otorgando permisos para usar su piso frágil en actividades ajenas, incluyendo la celebración de bailes, fiestas, matrimonios, filmaciones, quema de fuegos de artificio y otras atrocidades, contribuyeron al desastre. Igual a las que permitieron que en su proximidad se usaran los taladros mecánicos que hicieron vibrar sus cimientos hasta que se cayó. Y no menos que los anteriores, a los constructores, a los dueños de la obra y a la compañía de seguros de edificación, en lo que les quepa. ¡Y que no peleen ni se justifiquen! Sean discretos. Hicieron, al final, una linda casa, pero ¡a qué costo!
Fuera de eso, el Arco Chato nos deja un legado imperecedero, además de su recuerdo y añoranza, y es la conciencia de las medidas urgentes que tenemos que adoptar para preservar el resto del patrimonio arquitectónico que hemos heredado de nuestro pasado histórico. Su caída, si se quiere, es un sacrificio para enseñarnos a apreciar más lo que tenemos, así sea a través de su dolorosa caída. Antes que eso ocurriera, pensábamos que era indestructible, que nunca se derrumbaría.
¿Teníamos derecho los de la actual generación a permitir que se cayera en nuestras manos? ¿Con qué cara vamos a explicarlo a nuestros hijos y nietos? Demonios, ¿qué vale más, una fiesta, una mansión reconstruyéndose y estúpidos egos de falsa aristocracia o la historia recogida en aquél humilde y vetusto arco colonial?
Tenemos que terminar pronto con esto. Hay que parar los jolgorios, matrimonios, conciertos y similares en las ruinas de Panamá La Vieja. Hay que desviar el tránsito con urgencia, cubrir las ruinas con una estructura climatizada, reforzar su estructura, desalojar, previa indemnización a todos los vecinos y tratar su entorno como lo que es, una joya valiosa y endeble que requiere mucho más que amor y admiración, el más esmerado cuidado.
El mejor homenaje que podemos rendir al Arco Chato es salvar el Puente del Rey, que se nos va a caer también en cualquier momento, y la torre de Panamá la Vieja, para no hablar del Fuerte San Lorenzo y las abandonadas ruinas de Portobelo. Debemos volcar todo nuestro esfuerzo y requerir toda la ayuda internacional para salvar todo ese valioso patrimonio que, en las nuestras, está en muy malas manos.
A la investigación de su caída debe seguir la sanción a los responsables. A las autoridades que otorgando permisos para usar su piso frágil en actividades ajenas, incluyendo la celebración de bailes, fiestas, matrimonios, filmaciones, quema de fuegos de artificio y otras atrocidades, contribuyeron al desastre. Igual a las que permitieron que en su proximidad se usaran los taladros mecánicos que hicieron vibrar sus cimientos hasta que se cayó. Y no menos que los anteriores, a los constructores, a los dueños de la obra y a la compañía de seguros de edificación, en lo que les quepa. ¡Y que no peleen ni se justifiquen! Sean discretos. Hicieron, al final, una linda casa, pero ¡a qué costo!
Fuera de eso, el Arco Chato nos deja un legado imperecedero, además de su recuerdo y añoranza, y es la conciencia de las medidas urgentes que tenemos que adoptar para preservar el resto del patrimonio arquitectónico que hemos heredado de nuestro pasado histórico. Su caída, si se quiere, es un sacrificio para enseñarnos a apreciar más lo que tenemos, así sea a través de su dolorosa caída. Antes que eso ocurriera, pensábamos que era indestructible, que nunca se derrumbaría.
¿Teníamos derecho los de la actual generación a permitir que se cayera en nuestras manos? ¿Con qué cara vamos a explicarlo a nuestros hijos y nietos? Demonios, ¿qué vale más, una fiesta, una mansión reconstruyéndose y estúpidos egos de falsa aristocracia o la historia recogida en aquél humilde y vetusto arco colonial?
Tenemos que terminar pronto con esto. Hay que parar los jolgorios, matrimonios, conciertos y similares en las ruinas de Panamá La Vieja. Hay que desviar el tránsito con urgencia, cubrir las ruinas con una estructura climatizada, reforzar su estructura, desalojar, previa indemnización a todos los vecinos y tratar su entorno como lo que es, una joya valiosa y endeble que requiere mucho más que amor y admiración, el más esmerado cuidado.
El mejor homenaje que podemos rendir al Arco Chato es salvar el Puente del Rey, que se nos va a caer también en cualquier momento, y la torre de Panamá la Vieja, para no hablar del Fuerte San Lorenzo y las abandonadas ruinas de Portobelo. Debemos volcar todo nuestro esfuerzo y requerir toda la ayuda internacional para salvar todo ese valioso patrimonio que, en las nuestras, está en muy malas manos.