"Los ricos también lloran"
Bajar en los aeropuertos de Los ¡ngeles y Miami debería ser rutinario, un sencillo proceso de pasar la aduana, para luego pasear por las paradisíacas calles de estas dos urbes norteamericanas. Pero algo se sentía en el ambiente: centenares de oficiales de Migración, personal encubierto y decenas de guardias del gobierno vigilaban la estafeta de entrada a esos aeropuertos. Luego, tuve cinco horas para salir a dar una vuelta, pero verifiqué inmediatamente que tanto los aeropuertos, como las avenidas y demás lugares públicos en Estados Unidos, vivían un terrible dolor de angustia.
Este mes de septiembre lo recordaremos mucho, pues vivimos dos terribles momentos fuera de nuestro país. El 11 de septiembre, fatídico día de mala suerte, acudíamos a un encuentro juvenil del China Youth Corps en Taipei. Cerca de 70 delegados de varios países del mundo visitaron la ultramoderna potencia insular china. Ese día, realizamos un acto para demostrar las facetas culturales de cada nación. Todo terminó en bien, hasta que vimos en televisión el ataque terrorista en Nueva York y Washington. Mis amigos, sentimos una terrible decepción, pero luego, continuamos nuestras actividades, pues la meta era lograr la integración de los diferentes grupos humanos, sin que nos desgastara la brutal agresión que acababa de ocurrir en Estados Unidos.
Días mas tarde, durante la visita a Kenting, el punto más meridional de Taiwán, sentimos los vientos de Tifón Nari, el cual había de golpear las ciudades de Keelong, Taipie, Kaosiung y destruir por completo con grandes inundaciones el distrito de Chiayi, en el centro de la isla. Pasamos en el autobús, de regreso a Taipei, cuando observamos que millares de personas se quedaban si hogar. Unas 68 personas murieron en las anegadas tierras del norte del país.
Estos dos eventos representan algo evidente: hasta las grandes potencias políticamente poderosas y económicamente fuertes, son también vulnerables a las catástrofes. En nuestro mundo latinoamericano, vivimos constantemente la violencia causada por la crisis social y el vandalismo. Cerca de aquí, Colombia se desangra en la guerra civil. Hasta los huracanes del Caribe, como el "Mitch" en noviembre de 1998, destruyeron Honduras y Nicaragua. Claro, las naciones más desarrolladas pueden crear planes de contingencia frente a las posibles tragedias, pero ha quedado en evidencia que es casi imposible prever el infortunio.
Estados Unidos de América tardará años para sobreponerse a semejante ataque terrorista en el corazón mismo de su poder financiero. ¿Y qué decir de la destrucción del símbolo militar, el Pentágono? Hasta un amigo panameño en viaje por Miami me decía que resultaba raro ver de cerca al majestuoso edifico militar norteamericano cuando el avión tomaba vuelo sobre la capital estadounidense. Increíble falta de seguridad aérea que nos demostró luego el peor atentado terrorista del siglo.
En contraste, los taiwaneses no se rindieron al desastre del Tifón Nari. El ejército y la población cooperaron en la limpieza de las calles de Taipei. Antes de regresar a Panamá, vimos que el metro comenzaba a trabajar parcialmente, mientras que las avenidas aparecieron bien aseadas y nuevamente congestionadas de las famosas motocicletas chinas. Todo volvía a la normalidad, como si nada.
Terminada la gira por Taiwán, nuestros amigos que eran delegados extranjeros en el curso nos sentimos muy identificados con los sucesos. Es más, hasta nos hicimos grandes compañeros de viaje. Increíble, la tragedia en el World Trade Center de Nueva York nos unió como nunca y el fenómeno del Tifón Nari nos permitió ver en directo la fuerza de la naturaleza. Los organizadores de la gira, todos pertenecientes al China Youth Corps, resultaron ser excelentes anfitriones. Fue el mejor viaje de nuestras vidas.
Pero algo aprendimos. "Los ricos también lloran...", me decía un amigo de República Dominicana. Es verdad, nuestro mundo globalizado es inclemente y todos sufrimos tragedias. Hay que seguir hacia delante y superar las duras pruebas que nos da la historia.
Este mes de septiembre lo recordaremos mucho, pues vivimos dos terribles momentos fuera de nuestro país. El 11 de septiembre, fatídico día de mala suerte, acudíamos a un encuentro juvenil del China Youth Corps en Taipei. Cerca de 70 delegados de varios países del mundo visitaron la ultramoderna potencia insular china. Ese día, realizamos un acto para demostrar las facetas culturales de cada nación. Todo terminó en bien, hasta que vimos en televisión el ataque terrorista en Nueva York y Washington. Mis amigos, sentimos una terrible decepción, pero luego, continuamos nuestras actividades, pues la meta era lograr la integración de los diferentes grupos humanos, sin que nos desgastara la brutal agresión que acababa de ocurrir en Estados Unidos.
Días mas tarde, durante la visita a Kenting, el punto más meridional de Taiwán, sentimos los vientos de Tifón Nari, el cual había de golpear las ciudades de Keelong, Taipie, Kaosiung y destruir por completo con grandes inundaciones el distrito de Chiayi, en el centro de la isla. Pasamos en el autobús, de regreso a Taipei, cuando observamos que millares de personas se quedaban si hogar. Unas 68 personas murieron en las anegadas tierras del norte del país.
Estos dos eventos representan algo evidente: hasta las grandes potencias políticamente poderosas y económicamente fuertes, son también vulnerables a las catástrofes. En nuestro mundo latinoamericano, vivimos constantemente la violencia causada por la crisis social y el vandalismo. Cerca de aquí, Colombia se desangra en la guerra civil. Hasta los huracanes del Caribe, como el "Mitch" en noviembre de 1998, destruyeron Honduras y Nicaragua. Claro, las naciones más desarrolladas pueden crear planes de contingencia frente a las posibles tragedias, pero ha quedado en evidencia que es casi imposible prever el infortunio.
Estados Unidos de América tardará años para sobreponerse a semejante ataque terrorista en el corazón mismo de su poder financiero. ¿Y qué decir de la destrucción del símbolo militar, el Pentágono? Hasta un amigo panameño en viaje por Miami me decía que resultaba raro ver de cerca al majestuoso edifico militar norteamericano cuando el avión tomaba vuelo sobre la capital estadounidense. Increíble falta de seguridad aérea que nos demostró luego el peor atentado terrorista del siglo.
En contraste, los taiwaneses no se rindieron al desastre del Tifón Nari. El ejército y la población cooperaron en la limpieza de las calles de Taipei. Antes de regresar a Panamá, vimos que el metro comenzaba a trabajar parcialmente, mientras que las avenidas aparecieron bien aseadas y nuevamente congestionadas de las famosas motocicletas chinas. Todo volvía a la normalidad, como si nada.
Terminada la gira por Taiwán, nuestros amigos que eran delegados extranjeros en el curso nos sentimos muy identificados con los sucesos. Es más, hasta nos hicimos grandes compañeros de viaje. Increíble, la tragedia en el World Trade Center de Nueva York nos unió como nunca y el fenómeno del Tifón Nari nos permitió ver en directo la fuerza de la naturaleza. Los organizadores de la gira, todos pertenecientes al China Youth Corps, resultaron ser excelentes anfitriones. Fue el mejor viaje de nuestras vidas.
Pero algo aprendimos. "Los ricos también lloran...", me decía un amigo de República Dominicana. Es verdad, nuestro mundo globalizado es inclemente y todos sufrimos tragedias. Hay que seguir hacia delante y superar las duras pruebas que nos da la historia.