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Los tesoros de Napoleón


Hombres y mujeres, el pueblo hambreado y hastiado de las exacciones y vejámenes de la monarquía irrumpió furibundo, blandiendo bastones, picas y lanzas y se tomó La Bastilla, bastión de las fuerzas reales y lúgubres ergástula de los infortunados que osaban protestar de los despojos de la nobleza. Los irrepetibles tribunos populares Mirabeau, Dantón, Marat y Robespierre proclamaron la célebre protesta en la Asamblea: "Id y decid a vuestro rey que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que no saldremos de aquí sino por la fuerza de las bayonetas" Fue el inicio de la proclamación de "Los Derechos del Hombre y del Ciudadano" y luego del lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad".
Ante los horrores de la despiadada guillotina, el caos y la anarquía se enseñorearon junto con el Terror, haciendo peligrar la Revolución. Fue entonces cuando fue llamado para imponer el orden un joven militar corso, que se había distinguido en la expulsión de los británicos de Toulon. El joven oficial de artillería de la escuela de Brienne subió a la palestra pública y luego de fulminantes campañas en Italia y Egipto ascendió meteóricamente a Primer Cónsul y luego a Emperador de los franceses.
El barón Von Clauswitz, en su obra: "Sobre la Guerra" analiza las asombrosas hazañas militares de Napoleón, refiriéndose a él como Bonaparte únicamente, sin siquiera mencionar su primer nombre, con el que se bautizó una era: "La Era Napoleónica".
Como los grandes hombres, Napoleón tuvo en su época enemigos acérrimos, aún los que encumbró y fueron reyes, tales como su célebre canciller Talleyrand, el amarillento y sinuoso Fouché, el príncipe Bernadotte y su antes fiel mariscal Murat. Todos recibieron sus magnánimos favores y le pagaron con la traición.
No hay "gabarit" para medir la genialidad. Ni puede ser circunscrito por la envolvente de cualidades singularísimas. No hay parangón de mediocridad que, incrementando con coeficientes, logre por sumatoria reflejar la grandeza del genio.
Nadie mejor que él mismo puede señalar las acciones, gestas y virtudes que le granjearon la confianza, lealtad e inflamaron el alma de su pueblo. Escuchemos sus propias palabras, según la versión de la biografía: "Napoleón", del alemán Emil Ludwig:
"... Yo he colmado el abismo de la anarquía y desentrañado el caos. Yo he purificado la Revolución, ennoblecido a los pueblos, recompensado todos los méritos y hecho retroceder los límites de la gloria... Por otra parte, ¿en qué podrían atacarme que un historiador no pudiera defenderme? ...¿En mi despotismo...? El demostrará que la dictadura era una necesidad absoluta. Y si se alega que he puesto trabas a la libertad, él demostrará que la licencia, la anarquía y los peores desórdenes aún se hallaban en el umbral de la puerta. ¿Que me acusan de haber sentido una pasión excesiva por la guerra? El probará que siempre fui yo el atacado. Como si me reprochan de haber deseado la monarquía universal, él hará ver claramente que ello no fue sino la obra fortuita de las circunstancias... O bien, ¿será mi abdicación lo que me echan en cara? Sí, sin duda me encontrarán ambicioso, y mucho; pero mi ambición fue la más grande y más alta que hubo nunca; la de establecer y consagrar, por fin, el imperio de la razón y el pleno ejercicio, el libre goce de todas las facultades humanas".
"¿Queréis saber cuáles son los tesoros de Napoleón? Pues bien, aunque inmensos, se hallan expuestos a la luz del día y helos aquí: el magnífico puerto de Amberes y el de Flessinga, capaces de albergar las escuadras más numerosas y preservarlas de los hielos del mar; la obra hidráulica de Dunquerque, del Havre y de Niza; el gigantesco puerto de Cherburgo, las obras marítimas de Venecia, las soberbias carreteras de Amberes a Amsterdam, de Maguncia a Metz, de Burdeos a Bayona; los pasos de Simplón, del Mont-Cenis, del Mont-Génevre, de la Corniche, que abren los Alpes en cuatro dimensiones y superan en grandeza, en audacia y en esfuerzo y en arte a todos los trabajos de los romanos: los caminos de los Pirineos a los Alpes, de Parma a Spezia, de Savona al Piemonte; los puentes de Jena, de Austerlitz, de las Artes, de Sévres, de Tours, de Rouen, de Lyon, de Turin, del Isére, del Durante de Burdeos, etc. El canal que une el Rín con el Ródano..., la desecación de los pantanos de Bourgoin, del Contentin, de Rochefort, la restauración de la mayor parte de las iglesias demolidas durante la Revolución; la construcción de obras nuevas y de un montón de establecimientos industriales; la construcción del Museo del Louvre, de los graneros públicos, del Banco, del canal de Ourcaq; la distribución de agua de la ciudad de París; los numerosos alcantarillados, los muelles, los establecimientos y los monumentos de esta gran capital...; los fondos acumulados para crear más de cuatrocientas fábricas de azúcar de remolacha... cincuenta millones empleados en reparar y embellecer los palacios de la Corona; sesenta millones en mobiliario...; sesenta millones en diamantes de la Corona de Francia; todos ellos comprados con el dinero de Napoleón, incluso el mismo Regente, único que queda de los antiguos diamantes de la Corona de Francia, retirados por él de los judíos de Berlín, a los que fueran pignorados por tres millones; el Museo Napoleón, valorado en más de cuatrocientos millones; el Museo Napoleón, valorado en más de cuatrocientos millones y en el que todos los objetos habían sido legítimamente adquiridos con dinero o en virtud de ciertas cláusulas de los tratados de paz...; una porción de millones dedicados al fomento de la agricultura...; la institución de las carreras de caballos... He aquí lo bastante para constituir un tesoro de muchos millones, capaz de durar aún por varios siglos.¡ He allí los monumentos que harán callar la calumnia... Y la historia dirá que todo ello fue llevado a cabo en medio de guerras continuas, sin un solo empréstito.!.
Napoleón (desde Santa Elena)

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