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Los tres presos del Presidente


En entrevista transmitida por el Canal 4 de televisión, con ocasión a su primer año de gobierno, el presidente de la República, Martín Torrijos dijo que no le cabía responsabilidad alguna por el hecho de que no había caído ningún "mono gordo" preso, pues hacerlo no es facultad constitucional del Ejecutivo sino del Ministerio Público y del Organo Judicial.
En estricto sentido, tiene razón, pero no del todo. En un sistema presidencialista como el nuestro, que rige en todo Occidente, existe lo que se ha descrito como una "preeminencia del Ejecutivo" sobre los demás poderes del Estado, el Legislativo y el Judicial.
Montesquieu, que ideó el sistema, lo concibió de ese modo. Sabía que un gobierno tricéfalo no funcionaría y optó porque uno de los tres prevaleciera sobre los demás y asumiera el liderazgo. Ese papel lo tiene el Organo Ejecutivo, encabezado por el Presidente de la República.
Por eso, no es del todo exacto que el mandatario de la Nación, se divorcie de su responsabilidad por el pobre desempeño de la Administración de Justicia. El tiene la facultad de nombrar magistrados y procuradores, ejerce el control absoluto de la Fuerza Pública a título de Comandante en Jefe, tiene el control del Presupuesto Nacional, designa al Contralor General y a los ministros de Estado, conduce las relaciones exteriores y ostenta a título exclusivo el título de Jefe del Estado.
Néstor Kishner, tan pronto asumió la presidencia de Argentina, llamó a los nueve magistrados nombrados por su predecesor, Carlos Menem, cuestionados por producir fallos aberrantes y apadrinar la impunidad y la corrupción, y les pidió la renuncia.
Tres se fueron y el resto fue sometido a juicio por el Congreso. Al cabo de pocos meses, tres más fueron destituidos o renunciaron. El resto sigue con un paso en el abismo. Cuestión de tiempo.
Ernesto Pérez Balladares, ciertamente, no puso preso a nadie; pero se le atribuyen, por su liderazgo, tres presos de alto perfil. El primero fue un legislador de su gobierno, a los pocos días de asumir la presidencia, víctima de una celada que llevaba el sello inconfundible del aparato de seguridad del Estado.
El otro fue un prominente empresario de su partido, quien fue esposado en público, en el momento en que éste asistía, por invitación suya, a la inauguración de Expocomer.
Y el último, fue un copartidario suyo, Gobernador de provincia, a quien sugirió dirigirse a la PTJ a interponer una denuncia por unos cheques que se encontró, sólo para quedar preso en el acto y destituido del cargo. Después de eso, ejerció un control absoluto sobre su partido y sobre el Legislativo, lo cual le permitió gobernar con tranquilidad.

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