Los valores invertidos
Desde los tiempos del episodio protagonizado por el coronel Roberto Díaz Herrera, los valores en el país parecen invertidos. Más validez posee la palabra de alguien implicado en acciones irregulares, por decir lo menos, que aquellos que podrían ser considerados como voces serias. Todo parece indicar que las voces serias han migrado, dejando espacio a quienes nadan en un lodazal apócrifo y corrupto. Si esa es la conclusión, cuánto favor puede prestarle la sociedad a este tipo de escenarios.
David Murcia fue extraditado de Panamá a una velocidad nunca antes vista. Como en otros casos, no medió respeto al debido proceso ni a la presunción de inocencia. Sencillamente, el hermano país lo solicitó y allá fue enviado. Nada extraño resulta que su ingerencia en la política local haya tenido la misma velocidad que su extradición. Si se considera que la primera tarea que se impone un detenido es la de salir de la cárcel, ¿cuánta validez pueden poseer las palabras de alguien que, como Murcia, tiene hoy como principal meta superar su detención, o evitar que lo extraditen a Estados Unidos?
En ese escenario, ¿cuánta validez puede tener su palabra, no sólo contra políticos, sino contra todas las personas y empresas que comienzan a mencionarse en declaraciones plagadas de alarma? Esto es, literalmente, lo que se denomina un enredo que flaco favor le hace a nuestra sociedad, aunque pueda servirle a Murcia o a alguna facción política. Por ello, para evitar cualquier morbo o especulación, la única salida institucional debe darla el Ministerio Público, investigando con prontitud y seriedad los señalamientos vertidos por el sujeto de marras, a fin de verificar su veracidad o su falsedad.