Luz para el Museo Antropológico
Ya tenemos el Canal y de ello nos felicitamos todos y nos enorgullecemos. Ha sido la conquista tenaz del siglo XX y el principal bien geográfico está en nuestras manos.
Pero otra cosa es cuando se trata de los asuntos culturales. En eso sí que fallamos porque, a nivel oficial, la cultura da signos alarmantes de deterioro, de abandono, de postergación.
La primera instalación museográfica del país ha estado cerrada durante cuatro años. En otras palabras, a las puertas de la próxima centuria un segmento importante de nuestra identidad sigue oculto y desconocido para la mayoría de los panameños.
Todo da la impresión que tan lamentable circunstancia se prolongará por indefinidos tiempos. Todavía tengo presente en la memoria los trabajos agobiantes, la lucha terca y el poder de convicción de Reina Torres de Araúz para crear, entre otras, esa institución en el antiguo terminal ferrocarrilero. Y si preguntamos a muchos quién fue aquella panameña excepcional habrá mutismo porque hay tantos que desconocen o quieren desconocer su legado imperecedero.
Entre todos los museos estatales, el Antropológico es el principal por su contenido, por la variedad de sus salas, por el mensaje que transmitió. Escribo a propósito en tiempo pasado... esperando.
¿Cuándo veremos otra vez el Museo lleno de estudiantes, cuándo volverá a generar estudios, investigaciones, congresos, conferencias y publicaciones alusivas a nuestra rica historia, a los hallazgos arqueológicos, a divulgar la labor paciente de quienes se dedican en silencio a poner de relieve los rasgos del pueblo y de la nación? Ya ha pasado una generación de jóvenes que jamás pusieron el pie en el Museo y sólo conocen de referencia mediatizada el ancestro cultural precolombino, la fusión de los grupos humanos, las técnicas indígenas de la cerámica, y la orfebrería y las etnias que aquí se han establecido en el curso de los años.
Una y otra vez hay que insistir en que el Estado tiene como obligación primordial apoyar la cultura, presentar las características que nos definen entre otros conglomerados humanos y legar a las siguientes generaciones nuestra más cara herencia: valores, formas de vida, acontecimiento medulares de nuestro devenir, personajes trascendentales, en síntesis los atributos que son la panameñidad misma y no otra cosa.
En las instalaciones culturales del Estado, los patronatos ofrecen un apoyo necesario cuando -como de costumbre- los renglones presupuestarios resulten insuficientes para el desarrollo y divulgación de la entidad.
Bienvenidas las expresiones privadas de cultura; las necesitamos y están destinadas a llenar un vacío como ocurre en todas partes del mundo. Pero cae de su peso que el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz ha de pertenecer, por su naturaleza y función, al Instituto Nacional de Cultura. Este museo preside a todos los demás repartidos en el territorio nacional por su dignidad y contenido.
Quienes creemos que la cultura nos promete un porvenir de solidez espiritual y valorativa contemplamos impotentes el cierre prolongado y sin justificación del Museo. Rehabilitar una sala en cuatro años no parece ser un logro rimbonante. Llegará el siglo XXI, la globalización, el pleno disfrute de nuestra soberanía y el acceso masivo de nuevos panameños a un conocimiento incompleto de lo que realmente somos.
Reabrir el Museo de Reina es una prioridad porque desde su mutismo nos reclama que hemos de ocuparnos más y mejor de cimentar para la posteridad este pequeño país, codiciado en todas las épocas, pero con un ímpetu faústico de supervivencia.
Los Museos atesoran el pretérito, lo exhiben y explican y simultáneamente representan una póliza de seguros para que nuestros connacionales se sientan orgullosos de sus raíces y de que Panamá es de modo incontrovertible una Nación en el sentido pleno del vocablo.
Donde esté, Reina Torres de Araúz clama por la revalorización de su obra; el error de mantener el Museo cerrado es la mayor afrenta que hacemos a su memoria, pero también a la memoria histórica de la Patria.
Que en este mes de noviembre mis reflexiones no se esfumen en el vacío y volvamos por los fueros de una cultura firme que alimente y sostenga nuestra identidad.
Pero otra cosa es cuando se trata de los asuntos culturales. En eso sí que fallamos porque, a nivel oficial, la cultura da signos alarmantes de deterioro, de abandono, de postergación.
La primera instalación museográfica del país ha estado cerrada durante cuatro años. En otras palabras, a las puertas de la próxima centuria un segmento importante de nuestra identidad sigue oculto y desconocido para la mayoría de los panameños.
Todo da la impresión que tan lamentable circunstancia se prolongará por indefinidos tiempos. Todavía tengo presente en la memoria los trabajos agobiantes, la lucha terca y el poder de convicción de Reina Torres de Araúz para crear, entre otras, esa institución en el antiguo terminal ferrocarrilero. Y si preguntamos a muchos quién fue aquella panameña excepcional habrá mutismo porque hay tantos que desconocen o quieren desconocer su legado imperecedero.
Entre todos los museos estatales, el Antropológico es el principal por su contenido, por la variedad de sus salas, por el mensaje que transmitió. Escribo a propósito en tiempo pasado... esperando.
¿Cuándo veremos otra vez el Museo lleno de estudiantes, cuándo volverá a generar estudios, investigaciones, congresos, conferencias y publicaciones alusivas a nuestra rica historia, a los hallazgos arqueológicos, a divulgar la labor paciente de quienes se dedican en silencio a poner de relieve los rasgos del pueblo y de la nación? Ya ha pasado una generación de jóvenes que jamás pusieron el pie en el Museo y sólo conocen de referencia mediatizada el ancestro cultural precolombino, la fusión de los grupos humanos, las técnicas indígenas de la cerámica, y la orfebrería y las etnias que aquí se han establecido en el curso de los años.
Una y otra vez hay que insistir en que el Estado tiene como obligación primordial apoyar la cultura, presentar las características que nos definen entre otros conglomerados humanos y legar a las siguientes generaciones nuestra más cara herencia: valores, formas de vida, acontecimiento medulares de nuestro devenir, personajes trascendentales, en síntesis los atributos que son la panameñidad misma y no otra cosa.
En las instalaciones culturales del Estado, los patronatos ofrecen un apoyo necesario cuando -como de costumbre- los renglones presupuestarios resulten insuficientes para el desarrollo y divulgación de la entidad.
Bienvenidas las expresiones privadas de cultura; las necesitamos y están destinadas a llenar un vacío como ocurre en todas partes del mundo. Pero cae de su peso que el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz ha de pertenecer, por su naturaleza y función, al Instituto Nacional de Cultura. Este museo preside a todos los demás repartidos en el territorio nacional por su dignidad y contenido.
Quienes creemos que la cultura nos promete un porvenir de solidez espiritual y valorativa contemplamos impotentes el cierre prolongado y sin justificación del Museo. Rehabilitar una sala en cuatro años no parece ser un logro rimbonante. Llegará el siglo XXI, la globalización, el pleno disfrute de nuestra soberanía y el acceso masivo de nuevos panameños a un conocimiento incompleto de lo que realmente somos.
Reabrir el Museo de Reina es una prioridad porque desde su mutismo nos reclama que hemos de ocuparnos más y mejor de cimentar para la posteridad este pequeño país, codiciado en todas las épocas, pero con un ímpetu faústico de supervivencia.
Los Museos atesoran el pretérito, lo exhiben y explican y simultáneamente representan una póliza de seguros para que nuestros connacionales se sientan orgullosos de sus raíces y de que Panamá es de modo incontrovertible una Nación en el sentido pleno del vocablo.
Donde esté, Reina Torres de Araúz clama por la revalorización de su obra; el error de mantener el Museo cerrado es la mayor afrenta que hacemos a su memoria, pero también a la memoria histórica de la Patria.
Que en este mes de noviembre mis reflexiones no se esfumen en el vacío y volvamos por los fueros de una cultura firme que alimente y sostenga nuestra identidad.