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MacArthur fue el Pinochet del Japón


En los años 80, muchos libros se publicaron sobre cómo Estados Unidos debería copiarse el modelo japonés. Los críticos del presidente Reagan insistían que la economía de mercado basada en la iniciativa individual estaba pasada de moda. Por el contrario, nos convenía copiar al Japón y que el gobierno decidiera quiénes eran los ganadores y los perdedores. Decían una y otra vez que el todopoderoso ministerio japonés de Comercio Internacional e Industria (MITI) era la ola del futuro.
Esa idea respecto al Japón culminó con la película "El sol naciente" de 1993. Esa producción cinematográfica presentó al MITI como una combinación de la CIA, la mafia y los más exitosos bancos de inversión, todos bajo un mismo techo. Sin embargo, poco se oye del tema desde entonces, cuando la economía japonesa comenzó a descender, algo que no ha dejado de hacer desde 1993.
Durante los primeros años del colapso japonés se asumía que pronto se recuperaría. Pero inclusive las expectativas de la recuperación colapsaron. Las teorías del Japón invencible eran estúpidas porque malinterpretaban las bases de su poder económico. Nada tenía que ver con el MITI y mucho con la competitividad de la economía japonesa. El general Douglas MacArthur tuvo mayor influencia en el éxito japonés que cualquier burócrata de ese país.
MacArthur fue nombrado comandante supremo en Japón al terminar la Segunda Guerra Mundial y asumió poderes dictatoriales, los cuales utilizó para reformar la economía y el sistema político japonés. Su principal contribución económica fue el sistema impositivo. Durante los 30 años siguientes, los impuestos en Japón fueron considerablemente más bajos que en Estados Unidos, lo cual fomentó mayor crecimiento.
De casi la misma importancia fue la desintegración de los carteles tradicionales que dominaban la economía japonesa. Conocido como el zaibatsu, estos oligopolios dificultaban que nuevos negocios se establecieran y crecieran. Al desmembrar el zaibatsu, el general MacArthur abrió la economía de una manera que hubiera sido imposible lograr sin la intervención externa.
En su libro publicado en 1999, "Embracing Defeat" (Abrazando la derrota), el historiador John Dower explica que muchas de las nuevas, más grandes y exitosas empresas japonesas no habrían surgido bajo las regulaciones de antes de la guerra. Y el profesor de la Escuela de Negocios de Harvard Michael Porter en su libro publicado en el 2000, "Can Japan Compete?" (¿Puede Japón competir?), concluye que Japón tuvo éxito a pesar de MITI, no gracias a éste.
Lamentablemente, MacArthur no reformó un elemento clave: el sistema bancario. En Japón a las empresas se les incitaba a que obtuvieran la mayor parte de su financiamiento de los bancos y a éstos se les permitía tener acciones de las empresas clientes. En Estados Unidos se le prohibía a los bancos tener acciones de las empresas, las cuales obtienen el grueso de su financiamiento emitiendo acciones y bonos. El resultado fue la inmensa concentración de la propiedad corporativa en Japón versus la descentralización de la propiedad accionaria en Estados Unidos.
Las empresas y los bancos japoneses se entrelazaron estrechamente. En los años 80, izquierdistas como el ex secretario del Trabajo Robert Reich apuntaban que esa relación de los bancos y las grandes empresas japonesas eran la fuerza económica de ese país, ya que se podían manejar las empresas con una visión del largo plazo y sin temor a ser adquiridas hostilmente por terceros, como sucedía a cada rato en Estados Unidos. Pero la consecuencia fue que no había presión alguna sobre el rendimiento empresarial.
A raíz de la recesión de 1990-1991, las empresas americanas se reestructuraron, mientras que las japonesas continuaron sin introducir mayores reformas. Cuando se produjo la crisis de los bancos de ahorro y préstamo en Estados Unidos, muchos de esos bancos cerraron y sus activos fueron vendidos. Cuando problemas similares ocurrieron en Japón, no hubo liquidaciones. Los bancos no querían asumir las pérdidas por créditos malos porque eran dueños de esas mismas empresas, por lo cual siguieron prestando a empresas quebradas.
Actualmente el sector bancario japonés está paralizado. Tiene tantas cuentas malas que no puede prestar a empresas en expansión. El circulante se disparó, pero el dinero no va a donde se necesita. Y en lugar de enfrentar la realidad, el gobierno japonés sigue esperando que las cosas se arreglen. En el mejor de los casos, es muy difícil que Japón vuelva a gozar de alto crecimiento económico, a menos que aparezca otro MacArthur.
* Economista y académico del National Center for Policy Analysis (NCPA).
(c) www.aipenet.com

Tres parejas de jóvenes suben al estrado invitados por el animador y una vez se dictan las instrucciones empieza el destape: los actores de la noche inician el juego con movimientos pélvicos, gemidos casi orgásmicos, caricias que invaden las partes más íntimas de la anatomía y, en los casos extremos, desvistes que pueden dejar al más osado solo con su ropa interior, si no es que desnudo.
Son las nuevas noches de diversión en Panamá, cada vez más comunes en las distintas discotecas del país y que tienen como protagonistas no a actores o desnudistas, sino a jóvenes comunes que por el afán de ganarse una jarra de cerveza, una botella de licor o, en el mejor de los casos, una estadía en un hotel playero del país o del exterior, son capaces de quedar "en pelotas" frente a cientos de personas.
Estos espectáculos son cada vez más frecuentes y pueden lograr que un lunes o martes de disco, parezca fin de semana coincidente con pago de la quincena.
¿Pero qué es lo más curioso de estos "shows"? Que están dirigidos en la mayoría de los casos para las chicas, por lo que no es de extrañar que sean éstas quienes de lunes a lunes abarroten las discotecas.
Según lo observado por El Panamá América, cuando el espectáculo es para hombres y mujeres, los juegos suelen ser más amplios y no se concentran únicamente en aspectos eróticos. Pruebas de resistencia entre géneros, mediante bebedera de cervezas o tragos, y competencias de bailes al ritmo del disco de moda, son sólo algunos de los juegos en los que intervienen los más osados de la noche.
No es lo mismo ir a una discoteca a bailar que ver a los demás bailando. Y en ese proceso de observación se confirmó un detalle que viene dándose con mucha frecuencia: A diferencia de tiempos pasados, cuando las personas llegaban a un lugar de diversión y bailaban toda la noche, ahora ¡la gente no va a la "disco" a bailar, sino a ver!
En los casos más optimistas pareciera que el placer de la danza, que en el pasado era disfrutado conjuntamente por el hombre y la mujer, se ha convertido en un desafío de sexos donde cada uno hace gala, por separado, de sus mejores dotes.
Por ello, no fue nada extraño observar en las discotecas a las chicas de un lado de la pista bailando entre ellas, y del otro a los muchachos tirando sus pasos y coreando la canción. No faltaron las parejas, siempre del mismo género, que en medio de la pista bailan entre sí haciendo denotar que una pieza de baile puede ser disfrutada tanto de manera individual o colectiva.
Aún así, las discotecas, dependiendo de sus respectivos ambientes, no pierden el encanto que siempre las ha caracterizado como sitios por excelencia para hacer ligues de pareja. Y la atenuante de esta época es que el galanteo no se circunscribe a la tradicional búsqueda, por parte de los hombres, de mujeres solitarias y solícitas.
Porque a diferencia de tiempos pasados, ahora son las mujeres quienes toman la iniciativa al momento de "levantarse" al chico que es de su agrado. Esto, utilizando frases como "sácame a bailar" o el "déjame pedir tu trago". Por supuesto que estas actitudes no incomodan para nada a los miembros del llamado sexo fuerte.
Verificar si se da o no la venta y consumo de drogas en las discotecas panameñas fue otro de los objetivos del equipo de periodistas de El Panamá América. Por ello, el trabajo también incluyó una amplia observación dentro de los locales visitados para ver si el ilícito se está cometiendo.
De acuerdo con lo observado, muchas discotecas han aplicado medidas para prevenir que sus locales sean utilizados para la venta de estupefacientes. Ello a raíz de que las autoridades policiales han arreciado con operativos de infiltrados para determinar si se da la anomalía y si ésta es aupada por los propietarios del negocio.
Los baños casi siempre están escoltados por agentes de seguridad, los que no sólo evitarían la posible compra-venta de narcóticos, sino que también evitan que las parejas utilicen los baños como cubículos románticos.
Aún así, hay quienes aseguran que en ciertos casos los miembros de la seguridad actúan en contubernio con los vendedores de droga para facilitarles la tarea. Durante los días de observación y en los sitios visitados no se pudo determinar si esto es así.
Era temprano, las 10:00 de la noche y aún no empezaba "la tanda de la ponchera", que en la jerga discotequera se traduce en reggae o "plena". Los ánimos aún no se encendían y la calma reinaba al compás de una que otra salsa y merengue.
Los minutos transcurrían y poco a poco las mesas, curiosamente identificadas con un visible letrero de gran tamaño con la denominación de "reservada", empezaban a escasear, a pesar de que la condición para ocuparlas es la compra de una botella de licor y que para aquellos días, la quincena sonaba distante... lejana. La fecha: un jueves 10 de octubre.
Una visita por un sitio que parece llevar implícito el sello de "sala de reuniones"; el baño de damas, permitió presenciar una conversación que atrajo a cada una de las que entró en ese momento. Cada cual tenía su punto de vista.
"Dayra", de 22 años, como decidimos llamarla de manera ficticia, propició el tema. Mientras se miraba al espejo, presionaba sus senos, uno contra el otro con el consentimiento de la abertura de su blusa que lo sugería sin recato, al tiempo que decía en voz alta: "a veces pienso que tengo muchas, creo que me las debería operar... ¿ustedes qué creen?"...
"No, ni se te ocurra", respondió pronto una vendedora de cajetillas de chicle, estratégicamente ubicada en su silla, a un lado del lavamanos y de una canasta de "propinas". "¿Tú no sabes cuántas quisieran tenerlas así?".
Le siguieron varias jóvenes que entraban por un retoque del labial, después de varios sorbos del trago de su predilección o para verificar que cada cabello estuviera en su sitio. Impecable y regia, ese es el truco.
La noche avanzaba y pasada las 12:00 se hizo el anuncio: "el show está por empezar". Una primera ronda de "shot" de tequila para medir fuerzas, reunió a tres muchachos frente a una mesa en una tarima rodeada de un público considerable, aunque resultó imposible obtener la taquilla a pesar de múltiples esfuerzos. La prueba consistía en calificar su rapidez. Un empate produjo otra ronda. Esta vez fueron tres, pero la situación se repitió. No había jurados. La decisión de quién resultara ganador recayó en los aplausos y gritos de la audiencia que ahora pedía otra vuelta. Finalmente uno se alza con la victoria y se lleva a la mesa una botella de whisky, que esa noche se vendía en B/. 30.00
Ahora les tocaba a ellas. La selección de las participantes era voluntaria, igual que la anterior, pero tardó un poco más. Sólo una subió al instante, "Dayra".
"Que suba, que suba", repetían a coro un grupo de amigos instando a una, pero ella se negó. En medio de la insistencia, otra concursante se enlistó en la aventura.
"Una, dos, tres" y el tequila empezó a correr por sus gargantas. "Dayra" y otra joven se convierten en finalistas, pero empatan a cuatro tragos.
Sus rostros se compungían, sin embargo, levantaban sus brazos indicando: "que siga la cosa". A la segunda etapa se bebieron cuatro tragos más y nada.
El animador del certamen decide entonces que la decisión salomónica se daría según el contorneo de las curvas de "Dayra y su rival", al ritmo de "pica, pa" que piques".
La voluptuosa chica, de cabello rizado a media espalda, que no le teme al licor, demostró que, además de libar, sabía bailar. Sólo bastó la pregunta del animador "ésta o ésta", con sus manos sobre la cabeza de ambas, para que en coro se escuchara "Dayra, Dayra".
Curiosamente el anfitrión del evento se atrevió a preguntarle a la protagonista de nuestra historia, previo al inicio de la reñida competencia: "¿tú mamá sabe que estás aquí?" y ella, muy segura respondió: "sí... claro".
Después de su ardua tarea frente a la barra improvisada, "Daira" no perdió un segundo para moverse incesante en la pista, merengue tras merengue, en una "tanda retro" como la denominó el "dj".
No obstante, uno de los tres participantes que antecedieron al evento de las damas, no corrió la misma suerte. Sentado en una mesa colindante a la pista, luchaba en el borde de una silla por no irse al piso, en el que ya se dejaban ver las primeras muestras de los estragos del alcohol que había salido del estómago por su boca.
Sus amigos luchaban porque no se cayera, pero cada vez la lucha se tornaba más titánica. Al punto que poco después no les quedó más remedio que retirarse de la disco.
Un miembro del equipo de este medio logró infiltrarse en un grupo de jóvenes que tenía planeado divertirse en una de las discotecas.
Un contacto sirvió de puente para llegar al grupo. Una vez en él, se detectó que sus miembros pretendían "entonarse" antes de entrar a la disco, pues allí es difícil introducir droga, debido a que se sabe que hay agentes infiltrados en estos centros, además de que cada cliente es revisado al entrar.
La residencia de uno de los muchachos sirvió de escenario para la "entrada en calor".
De manera indolente, uno de ellos sacó un paquete con marihuana y procedió a confeccionar los cigarrillos de esta droga. Sin más, él y sus amigos la fumaron con placer.
Ese momento fue aprovechado para, sigilosamente, fotografiar la acción con una diminuta cámara digital. Una vez cumplido su cometido, el grupo se dirigió a la discoteca.
Detrás de un ritmo pegajoso, el humo y una noche de fantasía en una discoteca, podría estar el peligro latente. Los jóvenes que hoy día asisten a estos centros nocturnos del país, en lo que menos piensan es que podrían corren un gran peligro, por lo menos en las que pudo visitar El Panamá América.
Y es que la diversión que buscan los jóvenes hoy día debe ir acompañada con la seguridad que garantice la integridad personal en caso de desastre, incendios u otro evento que pueda causar el pánico entre las personas.
Por ejemplo, en el caso de las cuatro visitadas por este medio, sólo una tiene dos puertas, mientras que tres cuentan con una puerta, de dimensiones muy estrechas para la cantidad de gente que las frecuenta. Y lo que es peor: En dos de ellas se accede a sus instalaciones por un estrecho pasillo, y en otra es necesario subir dos pisos por estrechas escaleras.
De llegar a ocurrir algún tipo de emergencia en un local como éstos, habría pánico, y las personas que allí se encuentren embriagadas y en una semi oscuridad no podrían evacuar el local a tiempo.
Generalmente, según pudo constatar este medio, los concurrentes a estos centros de diversión no tienen presente el factor seguridad. Sólo les interesa la diversión y el desenfreno.
Una irregularidad latente dentro de una de las discotecas fue la presencia de tanques de gas para la venta de tacos, a un costado de la pista, sin tener las medidas de seguridad como los extintores.
Unicamente una de ellas tiene un extintor de incendios visible, pese a que en el local en que menos clientes se observó había unas 200 personas. El que presentaba mayor número de clientes era visitado por unas 500 personas.
Por otro lado, internamente existen agentes de seguridad privados que laboran para las discotecas, y esporádicamente se aparecen policías de menores a primeras horas de la madrugada para hacer sus rondas.
Un agente de seguridad de una de las discotecas, que prefirió permanecer en el anonimato, informó que "sí asisten menores de edad a las discotecas", pero por lo general "la competencia", es decir, propietarios de otras discotecas cercanas, denuncian la situación a la policía mediante una simple llamada telefónica.
Según la seguridad de este establecimiento, a pesar de que se solicita la cédula en la entrada, los menores de edad que conocen y tienen algún tipo de confianza en el lugar pueden ingresar, especialmente a los denominados "saraos" universitarios de los viernes.
Una de las noches de la investigación periodística, la Policía de Menores ingresó a una discoteca pasada la media noche, pero no encontró menores de edad, por lo menos dentro del local. Sin embargo, en los alrededores del establecimiento, la policía detuvo a una menor.

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