Maestro de la Normal
Todavía hay maestros con vocación. No abundan, pero los hay. La mayoría sale de la Escuela Normal de Santiago. La mística de su fundador, el presidente Juan Demóstenes Arosemena, no se ha perdido. Aún es posible hallar un educador en regiones apartadas, capaz de ir hasta la casa de un alumno que se ha ausentado por días, a preguntar qué pasa. Aún hay muchos que ganan merecidamente el respeto de la comunidad y que sienten que es su deber no sólo enseñar sino que sus alumnos aprendan, que no es lo mismo.
Todavía hay maestras que sacan de su bolsillo, pese a lo exiguo de su salario, para dar fotocopias del material didáctico. Las hemos visto, televisor y reproductor de vídeo al hombro, cargándolos desde su casa a la escuela, asumiendo el costo del pick up taxi, para impartir clases. Por allí andan cruzando ríos, subiendo cerros, a pie o a caballo, haciendo de proezas una práctica corriente. Más de una ha excedido la prudencia, casi más allá del deber, a riesgo de su seguridad personal, cuando se presenta a denunciar algún abuso cometido en casa contra un estudiante. Advierten a diario señales de golpes y reciben quejas de violaciones sexuales por parte de parientes y padrastros. El mayor riesgo viene de la gente cercana, que tiene fácil acceso a los niños. La directora les advierte que no se metan, pero ellas siguen su conciencia y su deber moral y legal. Vienen de la Normal.
Puede que no coleccionen diplomas, ni puntos, como otras, pero son los mejores, a más de que les sobran ganas. Ellas tan sólo aspiran que les sumen uno o dos años más de estudios superiores, de especialidad, en la misma Normal, sobre todo ahora que están viendo operar en su centro a la Universidad de las Américas, con la que tienen recíproca y beneficiosa interacción. Pero hay que formalizarla y superar la oposición absurda de algunos envidiosos.