Maíz y seguridad alimentaria
Por más de una década hicimos de la seguridad alimentaria un punto aparte, una excepción a nuestro respaldo a la globalización y al libre mercado. Y aunque los partidarios de la nueva tendencia preconicen porque cada país se dedique a lo que mejor sepa, hemos sostenido que, por las particularidades del Panamá del campo y la ciudad, debemos apoyar al agro, mientras no le ofrezcamos otra alternativa mejor.
La seguridad ha sido otra de nuestras razones. Hemos dicho que los alimentos básicos tienen valor estratégico. Recordamos al respecto a Alejandro Magno quien tomó al mundo de su época no tanto por su indudable genio militar, como en su capacidad logística para pertrechar y alimentar a sus tropas, mientras combatían a años de marcha de sus centros de abastecimiento. En el Medioevo fue peor. Imitando a los romanos en Masada, los ejércitos sitiaban las ciudades estado, hasta rendirlas por hambre.
Siglos después, Napoleón, otro genio militar, decía que se olvidaran de sus maniobras en el campo de batalla y más bien recordaran "que los ejércitos marchan sobre su estómago". Y no faltaba más, el mejor soldado, por mejor entrenado que esté, come tres veces al día. Pero la lección más amarga la dieron las dos guerras mundiales. Las cosechas no sobrevivieron a la guerra moderna. Ganaron no los más fuertes, sino los que tuvieron más capacidad para abastecerse. Esa fue la esencia de la batalla del Atlántico.
Por eso, en Doha, en las reuniones de la Organización Mundial de Comercio, las grandes potencias empujan por una apertura de mercados, pero no los suyos sino los ajenos, para su producción de alimentos, que prefieren subsidiar, para no depender del aprovisionamiento extranjero. Ser potencia nuclear de nada les sirve con hambre.
Panamá no es distinto. Si abandona su agro y se dedica a importar alimentos, nada garantiza que en el futuro sean más baratos; y mucho menos que los haya disponibles en el mercado. El maíz es una muestra. Hace años paramos de producirlo y hoy casi lo importamos todo. Ahora resulta que en el mercado extranjero no hay; a más de que es caro, porque se le dedica para fabricar carburante; y porque China lo está comprando todo y no podemos competir con lo que ella paga. Ahora nos damos cuenta que somos dependientes. Y por los vientos que soplan, también lo seremos con el arroz, pues los productores locales están curados de espanto con el ácaro y otras plagas.