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Mal estado de las calles


Periódicamente, los medios de comunicación nos ocupamos de este tema, harto trillado y las autoridades del ramo no reaccionan. Casi todas, al estrenar el cargo en el Ministerio de Obras Públicas, muestran algún grado de dinamismo; pero al poco tiempo se apaga. Tan pronto pasan algunos meses todos caen en la inercia, abrumados acaso por la magnitud del problema, la falta de recursos o por su propia incapacidad.
Cierto, nueve meses de lluvias no ayudan a la labor de mantenimiento y reparación de las vías; pero el hecho es que pocas veces se les nota al menos un esfuerzo para luchar contra el problema, que no para solucionarlo, que es otra cosa, aunque aspiramos también a ello.
Los impuestos han sido aumentados. La clase media paga hoy más que nunca, pero su queja es la misma. Su dinero no se ve. En verdad, el dolor y el peso de la carga impositiva se sentiría menor si se viera el producto del sacrificio, siquiera en la reparación de las calles, entre otras cosas. Pero no.
¿Qué se hace nuestro dinero? O mejor dicho, ¿Qué están haciendo con nuestra plata? No lo sabemos. Año tras año, cada gobierno rompe su propio récord y el de sus predecesores en la preparación de su presupuesto y, sin embargo, las obras no se ven. El puente Centenario, por ejemplo fue hecho con dinero del Canal, no el de los impuestos. La ampliación del Corredor Norte hacia Tocumen, se hará con dinero privado de la compañía PYCSA, prestado por los bancos estatales, no con nuestros tributos. Pero ojo, recordemos que otra vez lo pagaremos en la forma de peajes. ¿Y nuestra plata, qué?
El enojo del contribuyente se multiplica cada vez que su sufrido carro cae en uno de esos numerosos cráteres que aparece por las calles cada día. A veces llega por fin el MOP, pero no para repararlos sino para hacerlos más grandes y anchos, de modo que no podamos esquivarlos. Y otra vez surge la pregunta, ¿Qué demonios hacen con mi dinero?

101 años de Panamá América

 
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