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Mal paga el diablo a quien bien le sirve


Las declaraciones de la Sra. Embajadora de los Estados Unidos sobre la corrupción en Panamá, causaron ácidos comentarios en los círculos políticos del país. Por los predios del gobierno, con estupor, se planteó que se le declare persona non grata ya que ofendió lo que creen es la acrisolada conciencia y el prístino expediente de anticorrupción del gobierno de Mireya Moscoso. Algunos miembros de la oposición también han lanzando sus iras al cielo contra lo que consideran, con razón, un insulto e intromisión en los asuntos internos. Mientras, los simpatizantes de la embajada norteamericana, con actitud conciliadora, señalan que sólo se trata de comunicar nuestros feos defectos para que mejoremos la mala imagen de coimeros y corruptos que proyectamos los panameños.
Claro que los norteamericanos no hubiesen reaccionado de igual forma si a Roberto Alfaro se le hubiese ocurrido teorizar, públicamente, sobre la corrupción en los Estados Unidos, hablar de la legitimidad de la presidencia de Bush y del escándalo electoral de la Florida, sobre las fraudulentas quiebras que han protagonizado grandes consorcios norteamericanos y que vinculan a altos funcionarios del gobierno estadounidense, y señalar las mentiras y manipulaciones que sobre las supuestas armas de destrucción masiva esgrimieron Bush y Blair para caerle a bombazos a Irak y así controlar sus fuentes petrolíferas.
Lo que emerge con claridad, después de las declaraciones de la Sra. Embajadora, es el cinismo y la hipocresía que existe en el ambiente político que nos convierte en cómicos ante la comunidad. La hipocresía y el cinismo han penetrado de tal forma en nuestras sociedades que parece natural que se mienta desfachatadamente para impulsar percepciones, no importa que éstas hagan gala de la estupidez humana, cuando producen miles de muertos, o cuando tratan de favorecer a determinados figuras locales en sus aspiraciones electorales.
¿Acaso son nuevas las descaradas, unilaterales y abiertas intervenciones que han protagonizado los gobiernos de los Estados Unidos en Panamá y en el mundo, para hacerse los sorprendidos y adoptar poses teatrales cuando han impulsado acuerdos y leyes que desdicen del patriotismo que ahora dicen defender?
Veamos el pasado cercano. Cuando el Sr. Embajador Simón Ferro, a los inicios de este gobierno, en reuniones “discretas”, llamó la atención de altas figuras del gobierno y de la oposición sobre la ausencia de una estrategia de seguridad nacional, todos los partidos políticos, sin excepción y con el visto bueno de sus jefes, corrieron alegres al llamado de la Embajada de los Estados Unidos. Por medio del entonces ministro de Gobierno y Justicia Dr. Winston Spadafora, impulsaron un mamotreto, que más que velar por la seguridad de Panamá, lo que realmente hizo fue sentar las bases para que los Estados Unidos tuviesen prerrogativas en nuestro país a espaldas de los panameños.
A ello se le agregaron los acuerdos firmados por el Dr. Spadafora y por José Miguel Alemán con el gobierno de los Estados Unidos. Acuerdos aún desconocidos, que no pasaron por la Asamblea Legislativa como requieren nuestras leyes, pero que de hecho otorgan el control que los Estados Unidos tienen sobre nuestros mares y cielos, el sistema de escucha, comunicación y monitoreo que sigue operando en las instalaciones de Corozal y las concesiones que a través de leyes prácticamente han acabado con el centro bancario internacional.
A estos eventos se les suma el proyecto de ley, que en estos momentos se encuentra en tercer debate en la Asamblea Legislativa, en la que el Estado panameño acepta la exigencia de los Estados Unidos de que se le entregue a militares estadounidenses que puedan ser acusados por cometer crímenes de guerra en el suelo nacional, so pena de retirar ayudas financieras; gracioso compromiso que hizo la Sra. Presidenta con el Presidente Bush en su visita de julio pasado a la Casa Blanca.
Y así, podríamos seguir escribiendo sobre hechos que desenmascaran las poses teatrales de figuras políticas que hacen aspavientos sobre los señalamientos de la Sra. Watt; señalamientos que deben rechazarse por razones elementales de principios, ya que las autoridades norteamericanas no tienen autoridad para dar lecciones de moralidad y porque nadie les ha dado esas prerrogativas, aunque no dejan de ser verdades vergonzosas, harto señaladas y conocidas por todos.
Las declaraciones de la Sra. Watt, en el fondo, generan en el gobierno y en la oposición un sentimiento de traición y abandono, pues todavía algunos creen que para ser mandatario de este país se debe hacer carantoñas y contar con el visto bueno del Departamento de Estado. El gobierno se siente traicionado y utilizado, porque más no han podido complacer las solicitudes que los estadounidenses han hecho para moverse con absoluta libertad en el territorio nacional. Y, a la oposición cariñosa, también le duele porque es evidente que el mensaje de la Sra. Watt ayuda a la imagen de honradez que quieren proyectar de sus pupilos Guillermo Endara y Guillermo Ford. No ha sido gratis que el tema de la corrupción haya estado dando vuelta desde hace años. Esa teja tenía destinatarios.
De todas formas, el proyecto de ley sobre crímenes de guerra que se encuentra detenido en la Asamblea, será aprobado, independientemente de las teatrales exhibiciones antiimperialistas de algunos legisladores. De allí que el dicho de que mal paga el diablo a quien bien le sirve, viene como anillo en dedo a los protagonistas de este sainete.

101 años de Panamá América

 
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