Martinelli en su laberinto
A escasas 20 semanas de haber asumido el mando presidencial, tras una arrolladora victoria en las urnas, Ricardo Martinelli deberá tomar una decisión que podría marcar un declive definitivo de su imagen política. La designación de dos personas como magistrados que integrarán la Corte Suprema de Justicia, uno en la Sala Penal y otro en la Sala de lo Contencioso-Administrativo, es una de las más delicadas situaciones que pondrán a prueba su integridad política y develarán a la faz pública que tan profundas son sus convicciones acerca de la necesidad de moralizar la política. En este caso una decisión correcta parte de la premisa de que la justicia ha de ser independiente para que pueda llamarse justicia. Si la justicia no es percibida como independiente, entonces sus sentencias serán entendidas como actos de corrupción del poder político, que no es otro que el del Órgano Ejecutivo. Una escogencia acertada mantendrá los ánimos de la ciudadanía en alto y en actitud de respaldo hacia la figura del Presidente. La colocación de lacayos, o personas cuya solvencia moral y profesional está en tela de duda, tendrá un efecto contaminante en la gestión pública, pues será una señal de que no habrá controles reales por parte de quienes no son más que marionetas. Y antes de que se produzca el escándalo de previsibles vergonzosas decisiones judiciales, la ciudadanía habrá perdido el respeto por quien llegó a la Presidencia de la República por las altas expectativas que generó con su campaña contra los políticos tradicionales.