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Más de las escuelas particulares


Muchos opinan que la calidad de la educación pública en Estados Unidos es, en términos generales, mejor que la particular, y en Chile, con el esfuerzo de todos los gobiernos desde los tiempos de Pinochet y de antes, se logró casi equipar el nivel de ambos sectores. Emparejar la calidad contribuye a la igualdad de oportunidades y propicia la movilidad social, lo que a su vez reduce la pobreza.
En Panamá, en cambio, tenemos un país marcado por la desigualdad y la incultura. Eso nos va a hacer pagar un precio muy caro en términos de falta de competitividad en tiempos de globalización y de los TLC. Esto no es teoría, es dura realidad. Allí tenemos a los hermanos colombianos sacándonos ventaja en nuestro propio terreno. Ellos traen una educación mejor. Y en el terreno de los vicios y defectos que se les atribuye, no somos mucho mejores.
Conscientes de esa realidad, los padres de familia panameños han congestionado las escuelas particulares, haciendo esfuerzos descomunales para brindar a sus hijos una educación mejor. La enorme demanda, sin embargo, se presta a abusos. Casi todas las escuelas han acusado un incremento elevado en sus precios, a los cuales se suma la venta de libros caros, de uso obligatorio, que venden en la propia escuela. De ese modo, no es raro que a un niño de primero o segundo grado se le requieran 25 libros por un costo que excede los 300 balboas, aún a sabiendas que la mitad de ellos no será usado, salvo en la carátula. En el fondo, es parte del negocio de las escuelas, lo que en sí no está mal; lo negativo es el engaño. Si no se va a usar todo el material, entonces ¿para qué exigirlo?
Con los uniformes pasa igual. En todo o en parte, se venden también en la escuela; incluyendo calcetines, sobretodos, camisetas y agendas, obligatorios. Además, cobran por separado los laboratorios de informática y típico; fuera de las ferias, rifas y otras actividades, más propias de centros oficiales, que carecen de todo.
Otro nuevo gasto es el de los exámenes psicológicos, de los que suele depender la admisión o no dentro del centro. Si los resultados no son satisfactorios, la criatura no puede ingresar y punto. Con estas evaluaciones hay que tener especial cuidado y fiscalización, porque pueden prestarse a prácticas discriminatorias impropias en tiempos de educación inclusiva. Para colmo, como la competencia ha llevado a las escuelas a no a enseñar sino a atropellar, dando por resultado una enorme cantidad de estudiantes de pobre rendimiento, los tiempos han impuesto como una moda la contratación de tutores que, casi siempre, son educadores del mismo centro, en obvio conflicto de intereses.

101 años de Panamá América

 
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