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Más sobre la corrupción


A raíz de mi artículo de la semana pasada, intitulado "Las multinacionales y la corrupción", en el que analizaba el libro de Andrés Oppenheimer, recibí por Internet varias reacciones positivas. Una de ella contenía comentarios particularmente interesantes.
"Estoy muy de acuerdo, me escribió el interlocutor, en cuanto a la responsabilidad de las transnacionales en la corrupción. Pero es importante establecer dónde está la responsabilidad primaria. Otro aspecto que me preocupa es que las grandes corrupciones opaquen la terrible realidad de los millares de corruptelas diarias. Sospecho que éstas hacen más daño que aquéllas. La mayoría de los actos de corrupción están basados en el aprovechamiento de leyes y controles que no sirven el propósito para el cual fueron creados, pero sí se prestan para dar lugar a coimas, que resultan ser impuestos escondidos."
Le contesté: "Depende de qué se entiende por responsabilidad personal. En el sentido de responsabilidad moral de primera línea, hay que concentrar en la conciencia personal. En efecto, no hay corrupción que no nazca, se desarrolle y culmine en una falla moral e incluso, para quienes somos creyentes, en un pecado. Pero por responsabilidad primaria podemos entender el mayor impacto de un agente particular sobre el entorno y en este caso, las multinacionales tienen una responsabilidad primaria, pues cuentan con inmensos recursos y se extienden a través del mundo. También podemos pensar que la responsabilidad primaria le incumbe a quien tiene más potencial para resistir a la tentación y entonces las instituciones tienen más responsabilidad que los individuos, pues tienen mucho más con que resistir. Me preocupa que tu enfoque conduzca a caerle encima a los pequeños por su corruptela y a tolerar a los grandes precisamente por el tamaño de su corrupción que se nos impone."
Como está sinceramente preocupado por la corrupción, mi interlocutor me volvió a escribir: "¡Qué difícil es la comunicación! Estuve pensando en el sentido de que el gobierno era el responsable primario. Estoy de acuerdo en que es la persona, pero el inicio de la corrupción gubernamental suele venir de la persona que representa al gobierno y tiene que aprobar alguna cosa que en la mayoría de los casos no debía requerir aprobación. Esto es así tanto en las corruptelas como en las grandes corrupciones. Me preocupan mucho las pequeñas, porque dificultan la vida ordinaria de los ciudadanos y de los que necesitan hacer los trámites básicos para el desarrollo de los negocios más pequeños. Es aquello que señala Hernando de Soto. Quien trate de conducir el negocio más sencillo termina haciéndolo fuera de las normas legales, no sólo por lo engorroso de los trámites, sino por las ordalías de manos que se extienden para ser cebadas. Las malas leyes son excusa para ambas corrupciones y mi manera de abordar el problema no me inclina tanto a castigar como a corregir las estructuras que obligan a muchos y tientan a muchos más. Creo que una de nuestras mejores armas es iluminar la realidad. La visibilidad hace mucho por disminuir la corrupción, la cual, por su misma naturaleza, se conduce en la oscuridad. Por eso no estoy de acuerdo con quien dice que se exagera lo de la corrupción. Sólo vemos la punta del témpano".
Debo agradecerle a mi interlocutor su estímulo inteligente a reflexionar sobre la corrupción. Noto que él da por sentado una cierta concepción de la corrupción que responde a la definición las más utilizada por Transparencia Internacional, de acuerdo con la cual "la corrupción es el abuso del poder público para una ganancia privada". Esta definición concentra la atención en la corrupción gubernamental. Además, tiende a enfocar sobre todo en los sistemas, que de por sí son impersonales, como generadores primarios de corrupción. En contraste con esta concepción, adopto por mi parte una concepción más amplia de la corrupción. En un artículo que escribí en este mismo espacio en 1996, intitulado "Filosofía de la corrupción", citaba a Alain Etchegoyen de la Universidad de Bruselas, quien en su libro Le corrupteur et le corrompu destaca que la corrupción "se localiza siempre en relación con un poder cualquiera", no sólo en relación con el poder público, y consiste en una "transformación de un intercambio no mercantil en un intercambio mercantil." Dicha concepción tiende a enfocar especialmente en las personas como fuentes primordiales de la corrupción.
La diferencia tiene su importancia. Quienes tienen la concepción sistémica de la corrupción, ven el problema en el ámbito político-gubernamental y proponen como solución casi exclusivamente cambios en las leyes, las instituciones y los ordenamientos organizativos, para "corregir las estructuras", como dice mi interlocutor. Se sorprenden entonces cuando, una vez realizados estos cambios, la corrupción reaparece bajo nuevas formas y no siempre en menor escala. Muchos de los intentos revolucionarios en la historia han sido parcialmente motivados por la corrupción de un antiguo régimen y la decepción ha sido grande cuando bajo el nuevo régimen se ha descubierto con el tiempo igual o mayor corrupción.
Por lo contrario, quienes tenemos una concepción personal de la corrupción en cualquier ámbito donde se ejerce poder (ya sea éste político, económico, social o aún cultural) y en toda circunstancia en la cual realidades no mercantiles (tales el cuerpo humano, la relación afectiva, la búsqueda de la verdad, la administración de justicia, el aprecio a la belleza, etc.) son sometidas a intercambios comerciales, no ven la actividad político-gubernamental como la causa por sí misma de la corrupción, sino como corresponsable por la corrupción en interacción con las otras fuentes de corrupción que se dan en la sociedad civil. En nuestra estrategia de lucha contra este mal proponemos cambios en la educación y en el estilo de vida como solución. Más hondamente ponemos el acento en la formación del carácter personal y en la adquisición de las virtudes sociales que configuren una sociabilidad basada en la confianza elemental de unos con otros, tanto en la vida civil como en la política. Porque reconocemos que la corrupción está inscrita como posibilidad en la naturaleza humana, sabemos que la lucha contra la misma no es simple obra de ingeniería institucional y social, sino un esfuerzo sostenido de transformación ético-cultural que requiere una paciencia histórica, así como el fortalecimiento de la conciencia moral y de la responsabilidad individual.
En el contexto panameño, los sistémicos denuncian primordialmente el sistema discrecional de la administración pública. Destacan el papel que debe jugar la creación de la oficina del zar-anticorrupción, con independencia institucional dentro del Ejecutivo, y exigen que quien denuncie la corrupción aporte pruebas documentales y formalice su denuncia ante el Ministerio Público. Sin demeritar estos medios de lucha contra la corrupción, los que aceptamos la concepción personal consideramos que más importante que semejante institución, sería el ejemplo y el liderazgo moral de la Presidenta y de los más altos funcionarios del Gobierno. Además, reconocemos que tan importante como las medidas judiciales a las que el Ministerio Público pudiera llegar de acuerdo con los procedimientos de nuestro sistema legal, que normalmente son lentos por las múltiples garantías que ofrece al acusado, son las sanciones de la opinión pública a través de los medios de comunicación. stos pueden y deben investigar, informar y opinar acerca de los casos de corrupción sobre la base de indicios serios y conjeturas razonables y no necesaria ni únicamente sobre la base de pruebas documentales, que con frecuencia son prácticamente imposibles de obtener desde afuera del gobierno.
Las condiciones moralmente ambiguas que la Presidenta ha dejado que cundan en derredor de ella, a propósito, por ejemplo, del regalo de los relojes Cartier, del acondicionamiento de la residencia oficial en Punta Mala, del uso de partidas discrecionales millonarias, del costo y objetivos reales de sus viajes al exterior, y a propósito de algunos asesores y allegados moralmente desprestigiados, que parecen participar en todas las actividades financieras provechosas, han creado lo que llamaría el hábitat original de la corrupción en su gobierno. Ella tiene la responsabilidad principal por las sospechas de corrupción que pesan sobre su gobierno. Sólo una acción fuerte de su parte podría contrarrestar el ambiente malsano que predomina. Esta acción debiera ser ejemplarizante, por ejemplo del alejamiento de algunos de los asesores o allegados más turbios.
Los sistémicos afirman que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, entendiendo por ello el poder público y atribuyéndole la responsabilidad mayor por este mal. Los que tenemos una concepción personal, como la tenía Thelma King, a quien cita una y otra vez Teresita, pensamos que el poder desenmascara. En otras palabras, las personas que, una vez llegadas al poder público, se revelan corruptas, ya lo eran antes, aunque las circunstancias no les hubieran dado la oportunidad de grandes actos de corrupción y, por ello, sus conciudadanos no lo hubieran sabido.
En sus mensajes de Internet mi interlocutor suscita otro tema en materia de corrupción. ¿Qué es los más grave, "las millares de corruptelas diarias", que involucran a la gente común y corriente, o las grandes corrupciones, que involucran sobretodo a figuras destacadas y poderosas. Mi interlocutor argumenta que las primeras le hacen más daño a los ciudadanos ordinarios y les dificultan sus pequeños negocios, los cuales se ven obligados a vivotear en la informalidad. Con razón llama la atención a esta dimensión de la corrupción que castiga a los sectores más desprovistos de poder y de recursos, aumentando así la injusticia social en nuestro país. Añado el hecho rara vez mencionado que los servicios públicos e incluso los privados cometen una forma de corrupción a costa de todos los usuarios cuando les hacen perder el tiempo en tramitar sus solicitudes. ste es un recurso que una vez perdido no lo podemos recobrar. Al malgastárselo por desidia, incompetencia o para suscitar una coima, se priva al ciudadano de lo muy poco que él tiene a su disposición, un trozo irrecuperable de su vida.
Sin embargo, me preocupa que la atención preferente a la corruptela se traduzca en una lucha contra la misma a expensas de la lucha contra la gran corrupción, pues es conocida la tendencia a arremeter contra a los peces chicos, mientras los peces gordos gozan de impunidad. Es más, las grandes corrupciones son las que sientan la pauta en una sociedad, pues las cometen figuras que de alguna manera sirven de modelo para bien o para mal y, además, sientan las principales relaciones socioeconómicas que enmarcan las demás. Las grandes corrupciones proyectan su daño ampliamente y crean un ambiente de anti-valores dentro del cual proliferan las corruptelas.
La discusión por sí sola no resuelve el problema de la corrupción. Pero sin la discusión, corremos el riesgo de no tomar conciencia de que por compleja que sea y por arraigada que esté, la corrupción es en última instancia obra de decisiones personales. Así como decisiones inmorales la generan, así también decisiones morales la pueden superar. ariyan@sinfo.net

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