A Materno agradecido
NUESTROS muchachos necesitan acicates y no alicates. Acicates para inspirarse en la vida y llegar a ser hombres y mujeres de éxito. Ellos demandan a gritos que les sean presentados modelos a seguir, patrones a emular. No todo está perdido. Hay un remanente de jóvenes que se esfuerzan, luchan y se enfrentan a los avatares de la vida con gallardía davidiana. No ven cuán gigantesco sea el problema, pues que en las agitadas manos de ellos flamea la llama del entusiasmo y del heroísmo. Entesan el arco, agudizan la vista y lanzan la flecha por derroteros de estudio, decencia, honestidad y trabajo. Son un remanente de jóvenes en cuyos puños está la salvación de la Patria. Sin embargo, insistimos, ellos exigen a gritos que los hombres y mujeres del Panamá de hoy les presentemos paradigmas dignos de encomio, de émulo y de admiración.
Cuando corrían los primeros años de la década de los ochenta, siendo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, nuestra siempre Alma Mater, recuerdo que, entre los condiscípulos: Juan Antonio Tejada, Aníbal Salas, Arturo González, Hilario Bellido, Joel Aguilar, Dimas Guevara, Alma Cortéz, Teresa Ibáñez, Rosendo Miranda, y otros, solíamos aprovechar las horas libres o los recesos para realizar émulos de audiencias penales: Uno hacía el papel del Magistrado que presidía la sala; otro el del imputado; la mayoría optábamos por ser el defensor del acusado; otro haría el papel del acusador particular (hoy día, el querellante); de pronto, alguien se jactaba de jugar el papel del fiscal y nos hacíamos de otros compañeros que se constituían en la audiencia. Teníamos nortes muy fijos: descollar en la oratoria forense, ser abogados de lustre y decoro para la Patria; producir en el mundo del derecho. Cuánto anhelábamos seguir las huellas de un Juan Materno Vásquez y de su fogosa retórica; emular a los Moncada Luna (Rubén y Gonzalo) y exhibir, así como lo hicieron ellos ante la faz del país, una larga lista de éxitos en las tribunas judiciales. Sonaban los nombres de José Manuel Faúndes, de Secundino Torres Gudiño, Fabián Echevers, Wilfredo Sáenz, Aura Emérita Guerra de Villalaz -maestra de generaciones-, Andrés Collado Mitre (el siempre bien recordado "Pecho de Tigre"), Adolfo Montero, Camilo Octavio Pérez y otros pronombres a quienes la Patria nunca podrá retribuirles las largas y fatigosas jornadas de trabajo, estudio, lucha y esfuerzo con que ellos galardonaron a la nación entera. De pronto, los años en la universidad pasaron raudos, fugitivos, y todos nos vimos inmersos en un diálogo etiquetado por los formalismos y en lugar de "Junín" (Rosendo), "Arturito" (Arturo), "Paquito" (Juan Tejada), etc., ahora nos decíamos solemnemente "¡Qué tal colega! Cada cual siguió, como corresponde a las cosas de Dios y del destino, su propio camino, descollando cada cual y aún los compañeros que no he mencionado, con no menos méritos que los nuestros, sobresaliendo en la profesión del dulce apostolado de la abogacía.
Yo, primeramente, por la fuerza de los hechos y de las circunstancias, y posteriormente por obligados estudios de postgrado, me hice "Penalista". ¡Vaya palabra con que se califican a los hombres de las tribunas judiciales que proclaman la inocencia y la libertad de los hombres! Siendo ya litigante en las lides tribunalicias, tuve que batirme en francas batallas y duelos judiciales, tras el empleo de una fogosa y enjundiosa oratoria, misma que tan sólo sabe distinguir a los hombres que ostentan el pico de oro, con los grandes titanes del foro panameño. Enfrenté a Rubén Moncada Luna, a Adolfo Montero, a Andrés Collado Mitre, a Juan Materno Vásquez, y a tantos fiscales superiores dotados de un no menos eficaz y brillante verbo. Se trataba de un cachorro, núbil leoncillo que para esos albores empezaba a rugir en los atrios del templo de Temis. Algunos de ellos trataron de minimizarme con la palabra "jovencito" -argumento de desajuste emocional que uno de los contendores, en el foro, suele emplear para indisponer a su adversario presentándolo así como incapaz, inexperto, neófito-. Pero sabía, en lo más profundo de mi conciencia y en lo más recóndito de mi espíritu, hacia dónde quería llegar. No me alimentaba la idea de ser mejor que ellos; tampoco la de superarlos en la forma o en el contenido de sus poderosos argumentos que eran como destellos fulminantes en medio de la oscuridad de la ignorancia. No, pues siempre me abrigó la palabra del Maestro del Calvario, cuando dijo "Bástale al discípulo ser como su maestro". Y me permitió la divina providencia que los jurados, en cada caso, me premiaran con la inocencia de mis defendidos. Y modestamente, cuando la perversa vanidad quería susurrarme la vanagloria de la vida, yo respondía así: "El haberles ganado los juicios no me hace superior a ellos".
En una de esas grandes audiencias, se trataba de Juan Materno Vásquez y Silvio Guerra. Materno Acusador, Guerra Defensor. El verbo de Materno impactó en el salón de audiencias como rayo que al caer, en el cenit del día opacado por la niebla, despierta a las almas inermes. Sandra Huertas, Magistrada lumen, terminando Materno su primer alegato, con una sonrisa que rayaba en el reto, me cuestionó: ¿Va a intervenir abogado Guerra? Tuve miedo, quedé mudo, casi estupefacto. Materno había sido, simple y sencillamente genial, magistral. Allí Pericles, a través de él, se había apoderado del jurado, de la sala y de la multitud que abarrotaba el juicio. Revivió el espíritu de Demóstenes. Subió y ensalzó a cuanto personaje de la filosofía griega y romana encontró en el vasto diccionario jurídico que con destreza solía dominar. Era el hijo de Nombre de Dios. De raíces sencillas pero propias del linaje de los dioses. No sabía qué responderle a la presidenta de la audiencia. Anselmo, mi hermano, me susurró al oído y dijo: "¿Oye, vas a hablar? Su voz sonó lejana, en lontananza. De pronto me iluminó la diosa Sofía. Ella me extendió su diestra llevándome consigo al estrado. "No seas como Materno, sólo aproxímate a él". La historia se cuenta. El veredicto del jurado absolvió a Renato Calcagno. Materno, luego, se me acercó y dijo: "Usted me recuerda a mí". Luego, tras su muerte y previo a ello una estrecha amistad con el célebre jurista, a quien la Patria aún está en deuda y que todavía no ha ubicado en el sitial que le corresponde, me correspondió el inmerecido honor de ser orador de fondo en el acto de sus honras fúnebres.
Juan Materno Vásquez: Hoy no recordamos tu partida, pues no parten los que han sembrado para la eternidad, sino que al hacerlo tan solo nos expresan un "hasta luego". Hoy, en gesto de gratitud sublime, recuerdo tu inteligencia brillando a través de tus vivaces pupilas; rememoro el verbo ateniense plasmado en todo su esplendor en tu áureo rostro a través del cual los dioses mostraron sus límpidos dones. Materno, nunca quisimos superarte, sólo aproximarnos para contemplarte. ¡Usted, Materno, seguirá siendo grande y yo su modesto discípulo! En ti hemos sabido muchos tener el acicate y no los alicates que cortan los sueños.
(stekrakri@hotmail.com)
Cuando corrían los primeros años de la década de los ochenta, siendo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, nuestra siempre Alma Mater, recuerdo que, entre los condiscípulos: Juan Antonio Tejada, Aníbal Salas, Arturo González, Hilario Bellido, Joel Aguilar, Dimas Guevara, Alma Cortéz, Teresa Ibáñez, Rosendo Miranda, y otros, solíamos aprovechar las horas libres o los recesos para realizar émulos de audiencias penales: Uno hacía el papel del Magistrado que presidía la sala; otro el del imputado; la mayoría optábamos por ser el defensor del acusado; otro haría el papel del acusador particular (hoy día, el querellante); de pronto, alguien se jactaba de jugar el papel del fiscal y nos hacíamos de otros compañeros que se constituían en la audiencia. Teníamos nortes muy fijos: descollar en la oratoria forense, ser abogados de lustre y decoro para la Patria; producir en el mundo del derecho. Cuánto anhelábamos seguir las huellas de un Juan Materno Vásquez y de su fogosa retórica; emular a los Moncada Luna (Rubén y Gonzalo) y exhibir, así como lo hicieron ellos ante la faz del país, una larga lista de éxitos en las tribunas judiciales. Sonaban los nombres de José Manuel Faúndes, de Secundino Torres Gudiño, Fabián Echevers, Wilfredo Sáenz, Aura Emérita Guerra de Villalaz -maestra de generaciones-, Andrés Collado Mitre (el siempre bien recordado "Pecho de Tigre"), Adolfo Montero, Camilo Octavio Pérez y otros pronombres a quienes la Patria nunca podrá retribuirles las largas y fatigosas jornadas de trabajo, estudio, lucha y esfuerzo con que ellos galardonaron a la nación entera. De pronto, los años en la universidad pasaron raudos, fugitivos, y todos nos vimos inmersos en un diálogo etiquetado por los formalismos y en lugar de "Junín" (Rosendo), "Arturito" (Arturo), "Paquito" (Juan Tejada), etc., ahora nos decíamos solemnemente "¡Qué tal colega! Cada cual siguió, como corresponde a las cosas de Dios y del destino, su propio camino, descollando cada cual y aún los compañeros que no he mencionado, con no menos méritos que los nuestros, sobresaliendo en la profesión del dulce apostolado de la abogacía.
Yo, primeramente, por la fuerza de los hechos y de las circunstancias, y posteriormente por obligados estudios de postgrado, me hice "Penalista". ¡Vaya palabra con que se califican a los hombres de las tribunas judiciales que proclaman la inocencia y la libertad de los hombres! Siendo ya litigante en las lides tribunalicias, tuve que batirme en francas batallas y duelos judiciales, tras el empleo de una fogosa y enjundiosa oratoria, misma que tan sólo sabe distinguir a los hombres que ostentan el pico de oro, con los grandes titanes del foro panameño. Enfrenté a Rubén Moncada Luna, a Adolfo Montero, a Andrés Collado Mitre, a Juan Materno Vásquez, y a tantos fiscales superiores dotados de un no menos eficaz y brillante verbo. Se trataba de un cachorro, núbil leoncillo que para esos albores empezaba a rugir en los atrios del templo de Temis. Algunos de ellos trataron de minimizarme con la palabra "jovencito" -argumento de desajuste emocional que uno de los contendores, en el foro, suele emplear para indisponer a su adversario presentándolo así como incapaz, inexperto, neófito-. Pero sabía, en lo más profundo de mi conciencia y en lo más recóndito de mi espíritu, hacia dónde quería llegar. No me alimentaba la idea de ser mejor que ellos; tampoco la de superarlos en la forma o en el contenido de sus poderosos argumentos que eran como destellos fulminantes en medio de la oscuridad de la ignorancia. No, pues siempre me abrigó la palabra del Maestro del Calvario, cuando dijo "Bástale al discípulo ser como su maestro". Y me permitió la divina providencia que los jurados, en cada caso, me premiaran con la inocencia de mis defendidos. Y modestamente, cuando la perversa vanidad quería susurrarme la vanagloria de la vida, yo respondía así: "El haberles ganado los juicios no me hace superior a ellos".
En una de esas grandes audiencias, se trataba de Juan Materno Vásquez y Silvio Guerra. Materno Acusador, Guerra Defensor. El verbo de Materno impactó en el salón de audiencias como rayo que al caer, en el cenit del día opacado por la niebla, despierta a las almas inermes. Sandra Huertas, Magistrada lumen, terminando Materno su primer alegato, con una sonrisa que rayaba en el reto, me cuestionó: ¿Va a intervenir abogado Guerra? Tuve miedo, quedé mudo, casi estupefacto. Materno había sido, simple y sencillamente genial, magistral. Allí Pericles, a través de él, se había apoderado del jurado, de la sala y de la multitud que abarrotaba el juicio. Revivió el espíritu de Demóstenes. Subió y ensalzó a cuanto personaje de la filosofía griega y romana encontró en el vasto diccionario jurídico que con destreza solía dominar. Era el hijo de Nombre de Dios. De raíces sencillas pero propias del linaje de los dioses. No sabía qué responderle a la presidenta de la audiencia. Anselmo, mi hermano, me susurró al oído y dijo: "¿Oye, vas a hablar? Su voz sonó lejana, en lontananza. De pronto me iluminó la diosa Sofía. Ella me extendió su diestra llevándome consigo al estrado. "No seas como Materno, sólo aproxímate a él". La historia se cuenta. El veredicto del jurado absolvió a Renato Calcagno. Materno, luego, se me acercó y dijo: "Usted me recuerda a mí". Luego, tras su muerte y previo a ello una estrecha amistad con el célebre jurista, a quien la Patria aún está en deuda y que todavía no ha ubicado en el sitial que le corresponde, me correspondió el inmerecido honor de ser orador de fondo en el acto de sus honras fúnebres.
Juan Materno Vásquez: Hoy no recordamos tu partida, pues no parten los que han sembrado para la eternidad, sino que al hacerlo tan solo nos expresan un "hasta luego". Hoy, en gesto de gratitud sublime, recuerdo tu inteligencia brillando a través de tus vivaces pupilas; rememoro el verbo ateniense plasmado en todo su esplendor en tu áureo rostro a través del cual los dioses mostraron sus límpidos dones. Materno, nunca quisimos superarte, sólo aproximarnos para contemplarte. ¡Usted, Materno, seguirá siendo grande y yo su modesto discípulo! En ti hemos sabido muchos tener el acicate y no los alicates que cortan los sueños.
(stekrakri@hotmail.com)