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Nos ha sorprendido el anuncio de que las próximas elecciones no se permitirá tan solo votar a quienes carezcan de su cédula de identidad personal, sino también a los que la tengan vencida.
La cédula es un instrumento especialmente diseñado con el propósito de verificar la autenticidad de quien la porta. Aunque esté vencida, ello no despoja a nadie de su nacionalidad ni de su existencia.
Entendemos que a quien no la tenga se le impide votar porque no sabemos si es o no la misma persona que aparece en el patrón electoral. Pero nos resistimos a aceptar la disposición de negarle el derecho al voto a alguien por tenerla vencida. Esa fórmula va contra la libertad de expresión.
Resulta mucho más grave privar a un ciudadano del sagrado derecho a votar, lo que además es un deber, que el tener su cédula vencida.
Vamos más lejos aún: Cualquier documento, tal como una licencia de manejar o una fe de bautismo debe ser aceptado en una urna de votación como sustituto momentáneo de la cédula de identidad personal.
En el pasado tuvimos la amarga experiencia de que a muchos ciudadanos, una vez conocida su filiación política que no era la del partido del gobierno de turno, se les privó de la expedición y en algunos casos, alcaldes y corregidores se las retuvieron sin justificación alguna bajo directrices de los gamonales de sus comunidades.
Dicho sea de paso, las cédulas de identidad personal deben expedirse sin limitaciones de tiempo ni tener que renovarla temporalmente convirtiéndolas así en un instrumento crematístico que no se justifica.
Es entendible que una licencia para manejar auto requiera de renovación, ya que con el correr el tiempo la capacidad de visión, audición y actuar rápidamente si es necesario, merman.

101 años de Panamá América

 
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